La columna del Director

LA TRISTE VOCACIÓN DE LIMPIACULOS

Por: Luciano Revoredo

En los siglos XV y XVI, tiempos de los Tudor en Inglaterra, Enrique VII y Enrique VIII institucionalizaron el oficio conocido como “Groom of the Stool”, que traducido al español sería algo así como “mozo de las heces“.

Se trataba de un codiciado cargo en la corte que tenía como principal tarea acompañar al rey al cuarto de baño para que haga sus necesidades y limpiarle el trasero, entre otros cuidados, abluciones y enjuagues.

Este cargo era muy codiciado porque permitía una gran cercanía y confianza con el rey. Tal era la cercanía y confianza de semejante tarea que, en determinado momento aparte de ocuparse de las reales deposiciones, que además examinaban para determinar humores y estados de ánimo del monarca, les correspondió ser simultáneamente tesoreros de la casa real, lo que les daba más poder aún y hacía el cargo más codiciado. Esto hizo que surgiera una auténtica vocación de limpiaculos entre los más destacados caballeros de la corte.

Este tipo de costumbres desaparecieron con la llegada de la modernidad. Pero el poder sigue siendo una suerte de droga codiciada. Hay en nuestros días quienes están dispuestos a renunciar a toda dignidad por estar cerca al poder. Por otro lado también enferma y desequilibra a los que nunca lo tuvieron. A los que jamás imaginaron detentar autoridad alguna. Así es el poder. Deslumbra al lumpen. Hipnotiza a la canalla.

Es así como para nuestra más grande sorpresa hemos visto como el impresentable ocupante de la presidencia detiene su paso, muestra su asombro ante un zapato desatado y dos personas de su guardia caen súbitamente a sus pies para atarle los cordones. Terminada la acción siguen la marcha como si no hubiera pasado nada, solo faltaban los trompeteros, perros de caza y caballos enjaezados para estar ante una escena de la vida cotidiana de la más antigua monarquía. Por supuesto que este acto humillante con dos humildes miembros de la seguridad presidencial no merece la condena de los defensores de la dignidad humana, de los exaltados promotores de la igualdad, de los indignados que ven discriminación por todas partes.

Nadie hubiera imaginado que tantos siglos después y en medio de nuestra vapuleada y bicentenaria república surgiera un personajillo despreciable, pero con repentinas ínfulas regias y menos aún que, en su corte, según hemos podido ver entre los más altos funcionarios,  también resurgiera la triste vocación de limpiaculos, sin el acicate de llegar a manejar tesorería alguna, pero si probablemente acercarse a las pellejerías de una banda criminal y pesetera. No sería nada extraño que ya algunos ministros, lejos de ocuparse de lo propio, estén postulando para limpiaculos del innombrable.

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