
Por: Pedro Luis Llera
El cardenal Hollerich pide que los no vacunados no puedan asistir a Misa en Europa. Así titulaba InfoCatólica la noticia.
El cardenal Jean-Claude Hollerich, arzobispo de Luxemburgo y presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE) ha pedido que se exija un pasaporte Covid a todo aquel que desee acceder a los servicios religiosos en Europa, en lo que supone el último paso, por ahora, hacia un respaldo general de la Iglesia a unos controles más estrictos.
Si aplicáramos la doctrina de la obediencia ciega, todos tendríamos que vacunarnos y presentar, con una sonrisa en los labios, nuestro pasaporte Covid al párroco o a su lugarteniente encargado del negociado. Y así, con el pasaporte en una mano y el carnet de identidad en la otra, se nos permitiría entrar en el templo a celebrar la Santa Misa, con la mascarilla en la boca, la distancia de seguridad y empapados en gel hidroalcohólico.
A mis cuñados y a mi sobrino, de hecho, ya les han prohibido entrar a misa el pasado domingo en Luxemburgo porque no tenían el pasaporte. La Iglesia de puertas abiertas, que no rechaza a nadie y donde todo el mundo es bienvenido; la Iglesia de la fraternidad universal; el hospital de campaña; la Iglesia que tiende puentes y derriba muros… Resulta que esa Iglesia hace exactamente lo contrario de lo que predica. Y ahora solo es la iglesia de los vacunados. Los que no se vacunen quedarán excluidos de la comunión eclesial en la práctica.
Resulta que Nuestro Señor Jesucristo no rechazaba a nadie y curaba a ciegos, a paralíticos; incluso a los leprosos, que eran los apestados de su época. Comía con corruptos, con pecadores… A nadie rechazaba. Y esta Iglesia “de puertas abiertas” y con “olor a oveja” ahora exige la vacunación obligatoria y los no vacunados se quedan fuera del templo.
¿Por qué?
Los vacunados contagian la enfermedad igual que los no vacunados.
Los vacunados se pueden contagiar exactamente igual que los no vacunados.
La única diferencia, según los medios de propaganda del sistema, parece ser que los no vacunados, cuando enferman, tienen mayor riesgo de acabar hospitalizados o de morir que los vacunados. Así pues, los que no se han vacunado por la razón que sea se juegan su propia vida pero no ponen en riesgo la vida de los demás.
Independientemente de que estemos a favor o en contra de las vacunas, lo que parece cada día más evidente es que esta emergencia sanitaria está siendo utilizada para “legitimar las restricciones a las libertades fundamentales, la segregación de quien no cede al chantaje y la criminalización de los disidentes”.
Así lo explica Mons. Viganò :
“Así como la Virgen quiso mostrarles a los pastorcillos de Fátima las penas del Infierno y las almas condenadas, también a nosotros se nos ha mostrado el modelo de sociedad infernal que la élite mundialista quiere instaurar en el mundo: una sociedad sin Dios, sin verdad, sin Bien, en la que reinan la muerte, el odio, la impiedad, el vicio y el pecado, y en la que la criatura se rebela contra el Creador.
Para librar una batalla espiritual hacen falta armas espirituales. Lo han entendido bien millares de católicos, hombres sobre todo, que en varios lugares del mundo han empezado a rezar públicamente el Rosario por la liberación de su patria. Tan loable y valerosa iniciativa es el comienzo de un contraataque cristiano y un resurgir de la Fe, además de un acto solemne de veneración a la Madre de Dios.
Las fuerzas humanas son incapaces por sí solas de hacer frente al peligro que nos acecha. Por eso, es preciso que entendamos lo importante e insustituible que es recurrir a la oración y la ayuda de Dios con el arma invencible que nos ha dado la bienaventurada Virgen María para combatir al enemigo del género humano.
Convoco una cruzada mundial del Rosario a fin de obtener mediante la poderosa intercesión de la Virgen Santísima la intervención y el triunfo de Dios sobre las fuerzas del mal desencadenadas.
Álcese confiado y firme en todas las naciones y ciudades del mundo el clamor de nuestra plegaria. Como hijos atribulados, nos arrojamos a los pies de nuestra Madre invocándola con la certeza de que nos dará oídos. Hagamos nuestras las palabras de San Bernardo: «Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro haya sido abandonado de ti».
Postrémonos de rodillas a rezar en nuestra casa, en los templos, en las calles y plazas de nuestras ciudades. Reconociendo que todos necesitamos la ayuda de la Virgen y del Santo Rosario, honremos el orden divino ante el caos infernal cifrando nuestra esperanza en Aquella que nos fue dada como Madre al pie de la Cruz, y que como Madre nos ama y socorre, como ha hecho siempre a lo largo de la historia.”
Yo ya rezaba el rosario todos los días antes de este llamamiento. Ahora tengo un motivo más para seguir rezándolo. Aunque razones para rezar, no me faltan… Supongo que a ustedes tampoco.
Pidamos a Dios que se digne regir y gobernar su Santa Iglesia, que se digne conservar en su santa religión al Sumo Pontífice y a todos los órdenes de la jerarquía eclesiástica; que se digne abatir a los enemigos de la Santa Iglesia y que devuelva a la unidad de la Iglesia a cuantos viven en el error y en el pecado; y que el Señor traiga a la verdad del Evangelio a todos los impíos, los infieles y los herejes.





