
Po: José Gálvez Kruger*
No hay baile hispanoamericano malo. Todos son encantadores. La cueca chilena es ágil, ligera y festiva, la zamacueca limeña es pretenciosa, digna señorial y entretenidamente aburrida y el baile mexicano tiene un encanto especial: es enérgico, desafiante, despreocupado coqueto y circular. Lo peor que les puede pasar a todos es caer en el vicio de la coreografía y el automatismo. Que al parecer es la tendencia.
Alguien que sabía mucho, me explico hace años que los bailes sudamericanos , en todas las versiones que conocemos incluyendo la cueca paceña y la zamba argentina, son tributarias de los bailes barrocos de cortejo, con pañuelos.
El baile mexicano, tanto el Jarabe tapatío de exportación como los bailes regionales, son para mí una incógnita.
Como tengo edad más que suficiente para hacer comparaciones, debo lamentar con una pesadumbre que ya quisiera Jeremías para un día de duelo, la forma en que se ha estropeado y se sigue estropeando la marinera norteña. Era inmensamente placentero verla bailar. Siendo el mismo baile una manera de enamorar, la forma de bailarlo era irrepetible y única según las parejas. Era natural que así fuese porque entraba dentro del rubro del Arte del Cortejo. Más amplia en sus evoluciones que la limeña, discretamente saltarina, abiertamente seductora, era elegante y displicente en la hembra e insistente en el hombre. Ni rápida ni lenta, lo que permitía que la bailara el viejo, el joven y el mozo; dejando apreciar el primor del vestido y lo fino del poncho. Como todo que pertenece a la tradición, se aprendía en la casa. Aprendían en las academias los que iban a los concursos.
Hubo un momento (que por algún motivo asocio con el que fue un joven campeón de marinera) a partir del cual el baile se afeminó, se mecanizó, se llenó de requiebros y morisquetas. Cosas tan ridículas como levantar el dedo meñique al sujetar el ala del sombrero. Se hizo más rápida. Más vulgar. Zapateos y taconeos, y un juego estático de los pies, como el que hacían los Picapiedras cuando echaban a andar el troncomóvil. Como si se estuvieran vengando del suelo a punta de patadas.
Luego averigüé la razón. Las academias se transformaron en algo así como en un gimnasio para hombres. La instrucción era sin mujeres – lo que es absurdo si se quiere aprender un baile cortejo- mirándose al espejo sujetando mancuernas, debiendo levantar las rodillas hasta la altura de una varilla. A la cuenta de “X”, giro a la derecha; a la cuenta de “Y”, a la izquierda, , a la cuenta de “Z” tal otra y así. ¡Como los movimientos de orden cerrado de los soldados! O el katá de las artes marciales. La tontería llegó a su paroxismo al bailar en grupo de parejas.
Después, bailar solamente los hombres brincando como los irlandeses, girando como trompos y haciendo adefesios con el sombrero: ¡y lo que es peor! avanzando en línea recta. Mala costumbre que introdujo un coreógrafo mexicano que se contrato alguna vez para no sé que presentación internacional.
Ha degenerado hasta el punto de equiparse a esas destrezas deportivas de nuestros tiempos: algo de lo cual poder presumir en tik tok y una baratija presuntuosa que le hace creer que es campeón como San Miguel Arcángel, que ha derrotado a los incontables milicias infernales. ¡En fin! ¡Feliz 28!






Menos mal que se sabe la causa, y conocida está, se puede empezar a solucionar, esperemos que haya cultores de la marinera norteña de viejo cuño, que puedan ir enseñando y removiendo los vicios a los que ha quedado reducida según el autor