Vida y familia

La patulea se pone de uñas

Que haya tantas residencias de viejos es una prueba sobrecogedora del enfriamiento de la caridad

Por: Juan Manuel de Prada

Siempre me han despertado gran hilaridad (pero mezclada de ternura) esos cretinos que no creen en Dios mientras disfrutan de una vida apacible pero que, cuando se abate sobre ellos la desgracia, blasfeman contra Él y lo acusan de ser su causante. En ese atavismo reactivo que los empuja a execrar y culpar al Dios en el que no creen o del que abominan siempre he pensado que se halla una de las pruebas más evidentes de su existencia; pues a nadie que descree, pongamos por caso, de los marcianos o de Papá Noel se le ocurre andarlos poniendo como chupa de dómine cuando vienen mal dadas.

Hace unos días, todos los cretinos que pululan por las cochiqueras de tuiter  se pusieron de uñas porque a Santiago Abascal se le ocurrió invocar la ayuda de Dios. Fue una invocación que, hace apenas unos años, se habría considerado retórica; pero toda esta jauría se la tomó como una ofensa personal, prueba de que están espolvoreaditos de azufre. Y sospecho que la invocación de Abascal les jodió especialmente porque sospechan que ese Dios en el que afirman no creer (aunque todos ellos «creen y tiemblan», como su dueño y señor) podría ayudar en esta plaga, si se le invocase con algo de fe. En lo que se prueba, una vez más, que el poseso tiene mejor teología que el meapilas, por estar más cerca de las realidades sobrenaturales (aunque sean azufrosas).

En efecto, las plagas no son sino prefiguraciones de la tribulación final que precederá a la Parusía; y el clima de la época en que tales plagas se desenvuelven anticipa los signos que precederán al final de los tiempos. El clima de nuestra época ya sabemos que consiste, en resumidas cuentas, en convertir los cuatro pecados que claman al cielo en virtudes democráticas legalmente blindadas. Esta es la «abundancia de la iniquidad» a la que se refiere Jesús (Mt 24, 12) en su sermón escatológico, a la que inevitablemente acompaña un «enfriamiento de la caridad», que en estos días adquiere unos contornos en verdad demoníacos. Así lo demuestra, por ejemplo, esa mortandad incesante y sobrecogedora de pobres viejos hacinados en residencias o morideros donde los metieron sus hijos, que -en la mayoría de los casos- podrían haberse encargado de su cuidado perfectamente. Pues los hijos están obligados (por moral natural y por ley divina) a limpiar el culo de sus padres, como sus padres se lo limpiaron antes a ellos. Que haya tantas residencias de viejos, y tantos viejos hacinados en ellas, es una prueba sobrecogedora del enfriamiento de la caridad al que nos referimos.

Y todavía hay otra prueba más sobrecogedora, cual es la naturalidad vomitiva (y sacrílega) con que estamos aceptando que los enfermos de coronavirus agonicen aislados y mueran en soledad, apartados de sus familiares, impedidos de recibir consuelo espiritual y sacramentos, para finalmente ser arrojados al fuego como si fuesen muebles viejos. Bastaría con que los familiares de esos moribundos, o los sacerdotes encargados de llevarles consuelo espiritual y los últimos sacramentos, fuesen revestidos con un traje antiséptico para evitar tal impiedad, que agrede las bases constitutivas de la civilización. Pues si hay un hecho medular y constitutivo de cualquier civilización (y no sólo de la cristiana) es la reverencia ante la muerte y el amoroso respeto debido a quienes mueren. Pero estas aberraciones propias de una civilización que ha dejado de serlo, infernada hasta el tuétano, no molestan a los cretinos que se ponen de uñas cuando alguien se atreve a invocar a Dios. Algún día, patulea, lo veréis volver en gloria y majestad desde el chalecito con vistas que vuestro dueño y señor os está construyendo al pie de su lago de fuego y azufre.

 

 

Artículo publicado originalmente en ABC. Reproducido en La Abeja con autorización expresa del autor

 

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