
Por: Luciano Revoredo
En el multiverso de la izquierda radical, las matemáticas han sufrido una transformación. Aquellas viejas nociones de que “el que tiene más votos gana” han sido relegadas al archivo de las antigüedades burguesas. Ahora, asistimos a la era de la Aritmética Variable.
El principio es sencillo, la mayoría estadística es una ilusión óptica. Si los resultados electorales no favorecen a quien detenta la “verdad histórica”, entonces esos votos no son votos. Son, en realidad, un error del sistema, una anomalía capitalista o, peor aún, una prueba de que el pueblo ha sido abducido por oscuras fuerzas neoliberales y fascistas. Así sería el nuevo teorema: La mayoría es un concepto reaccionario y burgués que no existe.
Así, cuando Keiko Fujimori gana en el Perú, el veredicto de las urnas es inmediatamente denunciado como un “triunfo de la mafia”, una mafia tan imaginaria como los extraterrestres de Spielberg y que ahora va a detentar todos los poderes. La verdadera “voluntad popular” no reside en el recuento oficial y la suma de los votos, sino en una asamblea de trescientos activistas encapuchados que cortan una carretera bien financiados por el narcotráfico, la minería ilegal o cualquier otro delito asocioado al progrtesismo. Esa minoría vociferante, por el simple hecho de no aceptar su fracaso, se autoproclama entonces como la voz del pueblo. ¿Quién necesita actas electorales cuando tienes un megáfono y un balcón?
Esta vocación antidemocrática se ha materializado recientemente en las palabras de Roberto Sánchez, quien sin el menor pudor ha sentenciado: ‘Nosotros no reconoceremos el gobierno de la señora Fujimori’. Es la confesión absoluta de su modelo: el desconocimiento del adversario no es una postura política, es un acto de soberbia totalitaria. Para Sánchez y los suyos, la democracia solo es válida si ellos tienen la llave del Palacio de Gobierno; fuera de eso, cualquier resultado es considerado una usurpación que ellos, en su infinita ‘superioridad moral’, se sienten con derecho a invalidar.
En el caso colombiano, el ejercicio llega a niveles de surrealismo inimaginables. Se trata de que se ignore el triunfo de quien ganó en las urnas para, en su lugar, “respetar la voluntad popular” una voluntad popular tan exótica y minoritaria que solo se convierte en mayoritaria y dominante en algún afiebrado momento propio del realismo mágico de la imaginaria Macondo..
Lo más peligroso de este fenómeno es la subversión de la legitimidad. Al instalar la idea de que cualquier resultado adverso es ilegítimo, la izquierda radical no solo cuestiona al ganador, sino que dinamita los cimientos mismos de la convivencia democrática. Cuando la derrota no se acepta como un evento normal de la alternancia, sino como un ‘crimen contra el pueblo’, se justifica de antemano el uso de la violencia y la desobediencia civil como métodos legítimos de acción política. Han convertido la democracia en una tómbola donde, si no ganan, queman el local.
Es un juego semántico sorprendente: el “voto popular” ya no es el sufragio universal, libre y secreto; es un eufemismo para decir las cosas deben ser como queremos o no ser. Si el resultado no encaja con la agenda, simplemente se cambia la definición de democracia.
Es el eco de los viejos autoritarismos vestidos con ropajes posmodernos. Como bien decía el viejo adagio soviético, “si los hechos contradicen la teoría, peor para los hechos”. Aquí podríamos decir “…si los votos contradicen la ideología, peor para el electorado.”
La democracia ya no es el gobierno de la mayoría, es el gobierno de la “corrección moral” ejercido por una vanguardia autodesignada que se siente lo suficientemente iluminada como para ignorar al electorado cuando este se “equivoca”.
Es un ejercicio de soberbia tan absoluto que llega a lo ridículo. Se pretende imponer la dictadura de una minoría radical bajo el pretexto de salvar a la mayoría de sí misma. Es el sueño de todo aspirante a comisario político, es mandar sin tener que convencer a nadie, solo haciendo ruido suficiente para que la realidad sea algo negociable y maleable.
Al final, este modelo de “democracia” no es más que una confesión de derrota intelectual. Cuando no puedes ganar en la cancha, te inventas un nuevo deporte o cambias el reglamento a mitad del partido y, si aun así pierdes, declaras que el árbitro es un fascista y que el marcador es ilegítimo.
Es una estrategia audaz, ciertamente. Solo tiene un pequeño problema de diseño, el día que los ciudadanos tengan claro que su voto no cuenta porque alguien decidió que no es lo suficientemente “popular”, el estruendo de la verdadera voluntad popular podría resultarles bastante menos agradable que la que ellos intentan fabricar en sus laboratorios de ideología totalitaria.





La pregunta es qué están diciendo los medios sistémicos, o sea americatv, latinatv, atv? Si ellos en sus editoriales apuntalan a Sánchez, se va a poder responder a Zavalita, que en este momento estamos permitiendo que se j… el Perú y los cómplices serán esos medios. Ahí está todo lo que debemos saber