
Por: Luciano Revoredo
En la política peruana, la verdad se ha convertido en un artículo de lujo. El reciente escándalo del candidato Grozo y sus reuniones negadas con Samir Villaverde no es solo un “malentendido” fotográfico; es un síntoma de una enfermedad moral que carcome nuestras instituciones: la creencia de que se puede llegar a la presidencia sobre un camino de falsedades.
Kant sostenía que la verdad es un deber absoluto. En política, si un candidato miente sobre una taza de café, ¿por qué no mentiría sobre un contrato de millones o sobre el futuro de la nación? La mentira de Grozo no es un error de cálculo, es una falla de carácter. Quien oculta a sus amigos por conveniencia, mañana más tarde podría ocultar sus delitos por supervivencia.
La historia está llena de cadáveres políticos que cayeron no por el error, sino por la mentira. Basta recordar el caso de Richard Nixon que cayó por el Watergate, principalmente por la red de mentiras que tejió para ocultarlo. Terminó renunciando en desgracia. O el de Bill Clinton quien se empeñó en negar sus relaciones sexuales con Mónica Lewinski, mentira que lo llevó al impeachment. En el Perú, hemos visto presidentes jurar por sus hijos diversas mentiras, para luego terminar en Barbadillo cuando las fotos y los audios (como los de Villaverde ahora) salieron a la luz.
El elector no busca la perfección, pero exige coherencia. Un error se puede perdonar; una mentira sostenida revela un plan de engaño. Grozo ha quedado expuesto. Cuando un candidato dice “no lo conozco” y luego aparecen álbumes de fotos, ese candidato deja de ser una opción y se convierte en un peligro.
Por su parte los defensores del candidato intentan desviar la atención atacando al mensajero. Dicen que Samir Villaverde tiene un pasado oscuro, que fue condenado, que su palabra no vale. Pero se equivocan: en política, lo importante no es quién cuenta la historia, sino lo que puede demostrar. Las fotos no tienen antecedentes penales y los hechos no necesitan buena reputación para ser reales. Intentar ‘matar al mensajero’ es el último refugio de quien no puede explicar el mensaje. Si hay fotos, hay relación; y si hay relación, hay una mentira de Grozo, a quien el ingenio popular ya bautizó como mentigrozo.
Pero lo más grave no es la mentira, sino la incoherencia profesional. Resulta irónico, por no decir sospechoso, que Villaverde fuera expulsado y degradado de la Fuerza Aérea del Perú, la misma institución donde el señor Grozo fue Jefe de Inteligencia. Aquí solo hay dos caminos: o el ‘experto en inteligencia’ es incapaz de detectar el pasado de quienes se sientan a su mesa, lo cual lo descalifica por incompetencia; o lo sabía perfectamente y decidió estrechar esa mano a pesar de todo, lo cual lo descalifica por falta de ética. ¿Un Jefe de Inteligencia que no sabe con quién toma café? Eso no se lo cree nadie. En inteligencia no existen las coincidencias, existen las complicidades.
El Perú ya no aguanta más “amnésicos” ni mentirosos en Palacio de Gobierno. Necesitamos políticos que se muevan en el ámbito de la verdad, que tengan el valor de reconocer errores, pero sobre todo, que tengan principios innegociables.
Votar por alguien que miente para llegar al poder es darle permiso para que te mienta cuando esté sentado en el sillón presidencial. Este 2026, elijamos valores, elijamos coherencia, elijamos a quienes no tengan que esconder sus fotos de ayer para poder mirarnos a la cara hoy.





