La columna del Director

LA GENUFLEXIÓN, UN ACTO DE ADORACIÓN QUE HAY QUE PRESERVAR

Por qué una venia no sustituye a la genuflexión

Por: Luciano Revoredo

“…al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos” (Flp 2, 10)

La genuflexión ,el acto de doblar la rodilla derecha hasta tocar el suelo,  es mucho más que una costumbre piadosa; es un lenguaje corporal de adoración que la Iglesia Católica ha indicado para reconocer la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Hoy que los gestos de reverencia parecen estar perdiéndose, redescubrir el significado profundo de este acto es vital para recuperar la centralidad de la Cristo presente en la Eucaristía.

La norma litúrgica vigente, recogida en la Instrucción General del Misal Romano (IGMR, n. 274), es clara y precisa, Ante el Santísimo Sacramento: Se hace genuflexión al entrar y salir de la iglesia si el Sagrario, que contiene la Eucaristía, está presente. Asimismo, se debe realizar siempre que se pase delante del Sagrario.

Este gesto es un acto inobjetable ante la majestad inconmensurable de Dios. Al doblar la rodilla, el fiel reconoce que Cristo está allí, verdaderamente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Es una confesión de fe silenciosa pero elocuente.

Sin embargo, es innegable que hemos sido testigos de un progresivo descuido de esta norma. En muchos templos, el acto de adoración ha sido sustituido por una leve inclinación de cabeza o una “venia” superficial , venia que recuerda los gestos de cortesía oriental pero que  que ignora por completo la presencia del Redentor vivo en el Sagrario. Esta tendencia se manifiesta de formas preocupantes,  hoy es común ver a laicos, incluidos aquellos con roles litúrgicos activos (lectores, salmistas, ministros extraordinarios), caminar por la nave central o atravesar el presbiterio como si transitaran por un espacio público cualquiera, sin dirigir una mirada al Sagrario, menos aún cumplir con la obligatoria genuflexión.

Al tratar la iglesia como una sala de conferencias o un espacio de reunión social, se pierde la noción de lo sagrado. La falta de genuflexión es un síntoma de una fe que, sin darse cuenta, ha dejado de considerar el templo como la “Casa de Dios” para verlo simplemente como una casa de oración comunitaria, o peor aún el auditorio de los servicios protestantes. Resulta especialmente grave cuando quienes tienen la responsabilidad de servir en el altar no observan la genuflexión. Si aquellos que están llamados a guiar la liturgia omiten el respeto debido, ¿qué mensaje reciben los fieles en los bancos?

Generalmente entre los fieles hay tres que salen al ambón para encargarse de las lecturas y el salmo responsorial y luego uno más para las peticiones. De un tiempo a esta parte salen en cuidadosa coreografía y coordinan una venia desagradable. Y luego de la comunión algunos espontáneos se ponen de pie cuando el sacerdote guarda las hostias en el sagrario, gesto moderno y sin ningún asidero en la tradición con el que probablemente una religiosidad popular se pone de manifiesto.

Se está olvidando también que ante la exposición del Santísimo no corresponde la genuflexión sino hincar ambas rodillas antes de desplazarse a los reclinatorios.

La genuflexión no es una carga pesada; es un privilegio. Nos permite detener nuestro ritmo acelerado y rendirnos ante el Dios Vivo que se quedó con nosotros bajo las especies del pan.

Reemplazar la genuflexión por una ligera inclinación, a menos que exista una imposibilidad física real, es privar a nuestro cuerpo de participar en la adoración. La fe católica es encarnada: lo que creemos se manifiesta en cómo nos movemos, cómo nos vestimos y cómo nos comportamos en la presencia de lo Divino. Ante la presencia real de Cristo no solo deberíamos doblar la rodilla sino caer postrados de amor.

La “venia” que ha reemplazado a la genuflexión, ese leve movimiento de cabeza que ni siquiera logra pausar el paso, es el retrato de una piedad que ha perdido su centro. La reverencia no es una opción de estilo; es la respuesta natural de la criatura ante su Creador. Si nuestra fe es encarnada, es decir, si nuestro cuerpo debe participar en la oración, la genuflexión es el gesto que pone a nuestro cuerpo en sintonía con la verdad más grande de nuestra religión.

Es hora de una rectificación. Recuperar la genuflexión no es un ejercicio de nostalgia o de tradicionalismo estéril; es un acto de justicia hacia el Santísimo Sacramento. Debemos educar de nuevo, con el ejemplo y con la palabra, a quienes sirven en el altar y a todos los fieles, para que cada entrada y cada salida de la iglesia sea, ante todo, un acto de adoración. Que nuestra rodilla, al tocar el suelo, nos recuerde a nosotros mismos y a quienes nos observan  que hemos entrado en tierra santa, y que ante el Rey que se ha hecho pan, no hay otra respuesta posible que la humildad, el silencio y la adoración profunda.

“…cada genuflexión que hacéis ante el Santísimo Sacramento, es importante porque es un acto de fe en Cristo, un acto de amor a Cristo”. (San Juan Pablo II)

1 comentario

  1. Sr. Director, sería conveniente, dar a conocer en estas columnas, la normativa que rige para cada parte de la misa, como la comentada de la reserva, qué es lo que corresponde, tampoco he leído nada respecto de la invocación “Cordero de Dios”, de pie o sentados.

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