
Por Francis W. Butters.
La naturaleza, sabia como es, siempre encuentra maneras de recordarnos no sólo cómo nos relacionamos con ella, sino además, cómo nos relacionamos entre nosotros mismos.
Los recientes fenómenos naturales han puesto al descubierto, no solo la falta de previsión, la dejadez, la ineptitud y la corrupción de un momento en la historia, sino que además han revelado que estas conductas son endémicas, y trascienden a un régimen, arrasando con su torrente, a zurdos y diestros, lamentablemente sin excepción.
En medio de esta lluvia, lodo y miasmas, se presenta en el Congreso la idea de aumentar el número de parlamentarios (algo necesario si se pretende que la población esté debidamente representada), y que por un tema puramente circunstancial, sería en este momento una locura. El problema no creo que sean las normas, el presupuesto, el gasto, el número, o la forma; sino la mentalidad que se ha asentado y solidificado en la población, en el sentido de qué hay una expectativa de cuál debe de ser el modus operandi de quienes acceden al poder político. El problema no es Perú Libre, APP, o Fuerza Popular, o el partido de la lampa, no son los niños, los púberes, o los viejos zorros de la política. El problema es la cultura del pillaje que subyace y repta dentro de un país resquebrajado. Es una pus que supura por cada úlcera de nuestro tejido social. Es una secreción viscosa y maloliente, que a duras penas es detenida por los pocos muros de contención de nuestra débil institucionalidad, que está llena de rajaduras. Es una sustancia que espantaría al propio Gonzales Prada.
Es por estas quebradas de la moral pública, que irrumpen incontrolables los huaicos de la corrupción, que como los de la naturaleza, arrasan con todo a su paso. No es pues, un fenómeno aislado, es un problema de calentamiento global de la moral pública. Hay un “efecto invernadero”, en nuestro país, en donde todo el que entra a la política, parece impregnarse de ese ambiente húmedo y caliente que asfixia cualquier aspiración a la honestidad en la administración pública, recirculando la pestilencia e infectado a otros a su paso. Es una suerte de epidemia, contra la cual no parece haber vacuna posible, o en donde cada dosis es insufrible para controlar la mutación de este virus.
Lamentablemente existen en nuestro país, miles de compatriotas deambulando por los pasillos del poder, que tienen bajo el brazo, uno de esos tantos títulos fantasmas, falsos, huecos, plagiados, o pagados; a los que una cutra más, un chanchullo más, una coima más, no los inmuta. Es más, el dueño de una universidad que tiene expedidos más títulos que la universidad más antigua de España, es una de las figuras gravitantes de la política nacional. El mismo que, sin ningún desparpajo, tiene a toda su familia en pleno ejercicio de su aspiración de ser una dinastía política. Hasta el nombre de su partido es plagiado de un programa del Presidente Kennedy, algo que el propio “plata como cancha”, ha reconocido públicamente.
La mal llamada clase política está dividida en varios grupos. Unos en pleno proceso judicial por su libertad, otros en procesos de investigación por delitos que son bastante comunes entre los políticos, y otros más, en pleno proceso de ubicar donde está el yacimiento, cuál es su filón, cuál es su veta, donde estará la fuente de sus futuros negocios turbios. No veo a muchos idealistas, no veo a muchos preocupados por el futuro.
Como cuando los chilenos estaban a las puertas de Lima, hoy el país necesita del concurso de sus mejores hombres, pero no para sacrificar a una generación, no para marcarla con los horrores de la guerra; sino para que el fervor patriótico que impulsó a quienes empuñaron las armas ese día para defender a la patria, se repita entre los jóvenes de hoy. Su misión es tan heroica como la de nuestros antepasados. Su meta es tan importante y necesaria, o más, que la de aquellos. La patria está sin duda en peligro. Creo qué hay que decirlo cuantas veces sea necesario, para que se despierten todos aquellos que quieren tener su granito de arena en la forja de un futuro para sus hijos.





Pero si desde que un extranjero gobernó en la última década del siglo XX, el Perú, estamos así, la patria sufre lo que ese hombre ha dejado como llegado tvbasura y diarios chicha, es lo que hay en las mentes de tantos jóvenes peruanos 30 años después. Tantas referencias a la retórica cambioclimatica tampoco hacen bien, esa agenda es antiperuana y debe ser rechazada. No jugar con el lenguaje del enemigo es imprescindible, porque el lenguaje fija los términos y de algún modo la realidad.