La columna del Director

JERÍ Y EL DESAFÍO DE GOBERNAR BAJO PRESIÓN

Por: Luciano Revoredo

La política peruana tiene una característica implacable: consume rápido a sus presidentes. Ningún gesto, por más acertado que sea, alcanza si no viene acompañado de resultados que la ciudadanía pueda sentir en su vida diaria. José Jerí lo sabe. Su llegada al poder se produjo en medio de un clima crispado, un Congreso debilitado y una población que ya no distingue entre transición, sucesión o renovación: solo quiere que el país funcione.

Sin embargo, Jerí ha logrado algo poco común en tiempos de polarización: sus primeros gestos fueron bien recibidos por sectores políticos, empresariales y buena parte de la opinión pública. La decisión de reunirse inmediatamente con las Fuerzas Armadas y la Policía para encarar la inseguridad envió un mensaje claro: este gobierno se quiere comprar el pleito. Y su discurso en CADE, orientado a reconstruir confianza, ordenar la casa y reactivar la economía, se recibió de manera positiva en quienes ven en la estabilidad y el mercado instrumentos indispensables para sacar al país del estancamiento.

En contraste con la frivolidad y el desgobierno que marcaron gestiones previas, Jerí se muestra como un presidente que busca devolver profesionalismo a la administración pública. Ese solo cambio de tono —sobriedad, orden, presencia institucional— ya marca una diferencia importante. Pero en política los gestos tienen fecha de caducidad. El capital simbólico dura días, a veces horas. Y Jerí enfrenta justamente ese límite.

Hoy se perfila un gobierno que podría recuperar autoridad sin caer en autoritarismos, que podría ordenar la economía sin populismos y que podría restituir mínimos de convivencia democrática. Ese es el potencial. Pero el peligro es claro: si en las próximas semanas no se concreta ninguna victoria tangible —una operación contundente contra el crimen organizado, una medida económica que reactive la confianza, un avance institucional verificable—, la narrativa del “buen inicio” se desinflará rápida e indefectiblemente.

Además, Jerí carga con un problema que no depende solo de él: su llegada al poder por sucesión parlamentaria lo obliga a demostrar de inmediato que no es una prolongación de la crisis, sino un punto de quiebre. La ciudadanía ya no concede plazos largos, y la oposición, que no tardará en surgir, no le dará tregua. Si sus resultados no lo acompañan, los mismos actores que hoy saludan su moderación podrían, en poco tiempo, reprocharle falta de liderazgo.

La libertad, la ley, el orden, la familia son valores no negociables. Y Jerí parece entenderlo. Pero comprenderlo no basta: debe traducir esta comprensión en acción. Su gobierno todavía puede ser un punto de estabilización tras años de inercia y conflictividad. Puede reinstalar la autoridad  y devolver estabilidad a la vida nacional. Puede. Pero solo si actúa rápido, con claridad y sin falsas promesas ni titubeos.

La oportunidad existe. Es breve, pero existe. Si Jerí quiere que su gobierno sea recordado como el inicio de la reconstrucción institucional —y no como un capítulo más de la decadencia—, los próximos días serán decisivos. Hoy tiene buena recepción. Mañana, sin resultados, esa recepción será solo un recuerdo.

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