La columna del Director

INCOHERENCIA DE UN OBISPO PROGRE

Por: Luciano Revoredo

La semana pasada se realizó en Lima una Asamblea Sinodal arquidiocesana, convocada por el arzobispo de Lima Mons. Carlos Castillo. Durante tres días estuvieron reunidos en las instalaciones del Colegio San Agustín todos los delegados, párrocos, religiosos, vicarios parroquiales y obispos de la arquidiócesis de Lima para conversar “juntos sobre cómo vamos a anunciar el Evangelio en las nuevas circunstancias, búsquedas, sueños, heridas, intereses y necesidades de los limeños” (Mons. Castillo).

En el primer día de conferencias, uno de los obispos auxiliares de Lima, Mons. Ricardo Rodríguez decía: “Ser obispo no es subir, será siempre bajar. Si miramos desde arriba solo será para ayudar a levantar al caído. Ser siervos de Dios pero también siervos del pueblo”. Una mirada a la realidad de los obispos que están al frente de nuestra arquidiócesis, consideró el citado obispo auxiliar, es necesaria. Es interesante notar los esfuerzos por hacer cercana al pueblo la figura del obispo. En ese sentido, Mons. Castillo y sus colaboradores ha hecho denodados esfuerzos por desmarcarse de cualquier herencia precedente. Se comenta que esto respondería a una visión eclesial más cercana al pueblo humilde, que no se casa con una imagen de Iglesia poderosa, rica o con privilegios.

Esta línea discursiva y los gestos realizados, bien publicitados muchos de ellos, reclaman coherencia. Si lo que pregonan los obispos, curas y demás miembros de la jerarquía, no se refleja en los demás aspectos de su vida, estamos en problemas. Evidentemente todos somos pecadores, frágiles e imperfectos. Pero hay ciertos hechos públicos que, en opinión de quien escribe, no pueden pasarse por alto. En este caso nos referimos a la imagen precisamente de un pastor de la arquidiócesis de Lima haciendo un vuelo intercontinental en clase ejecutiva. Alguno podrá pensar que es una banalidad centrarse en un hecho así. Sin embargo, pensamos que no lo es. Por dos razones. Primero porque fue Jesús quien dijo: “El que es fiel en lo poco lo es en lo mucho”. Si tanto se predica la opción por el pobre y que el obispo debe siempre bajar y no subir, ¿cómo se explica un hecho así?

La ponencia de Mons. Guillermo Elías, el obispo ejecutivo, acentúa que la labor pastoral debe darse contextualizada. Se debe procurar, dice, “un presbiterio identificado con la historia, desafíos y capacidades del pueblo y territorio de Limacapaz de generar procesos de diálogo en las comunidades, de convivir y sentir con los laicos sus propias debilidades y retos, porque sino a veces el sacerdote termina siendo un ser extraño, una casta, y esto es sumamente peligroso”. Una imagen vale más que mil palabras, dicen. Ver al obispo que hace un lúcido análisis sentado en una butaca cuyo billete no baja de los ocho mil soles, es ciertamente bizarro. ¿En qué contexto limeño se puede entender que un obispo suba para viajar con la esfera alta? ¿Cómo entendemos la tan pregonada opción preferencial por los miles de pobres que pueblan nuestra diócesis? ¿Así se puede ser “siervo del pueblo”? Como dijo alguna vez el tan citado Papa Francisco, «la doble vida de los pastores es una herida en la Iglesia».

 

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