
Por: José Antonio Anderson
Una de las solemnidades más importantes del año litúrgico es la Festividad de Todos los Santos, en la cual se celebra a todos aquellos que ya participan propiamente de la vida divina y gozan de la plena comunión con Dios. No son seres excepcionales ni extraordinarios, dotados de nacimiento con poderes sobrenaturales, ni que realizan milagros por sí mismos, sino que son hombres y mujeres comunes que han decidido seguir y hacer vida las enseñanzas del Señor Jesús en su vida diaria.
No todos los santos han sido canonizados o reconocidos por la Iglesia. Existe un enorme número de santos anónimos que permanecen desconocidos. En el día de todos los santos celebramos precisamente a todos ellos. Así lo menciona el Canon Litúrgico Romano: “Reunidos en comunión con toda la Iglesia, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; la de su esposo, San José; la de los santos apóstoles y mártires Pedro y Pablo, Andrés, Santiago y Juan, Tomás, Santiago y Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo; Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián, y la de todos los santos; por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección… (Plegaria Eucarística del Canon Litúrgico Romano)”.
Ningún santo posee dones sobrenaturales por su propia virtud, ni son personas que realizan grandes prodigios por sí mismas; sino que únicamente son personas que han optado por ser fieles a Cristo en la sencillez de su existencia, pero con sus oraciones realmente interceden ante Dios, por ello el Canon realza este aspecto al señalar “… por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección…”
La intercesión de los santos y del cuerpo de la Iglesia es real. Se hace manifiesta en el pasaje de la prisión del apóstol Pedro: “Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Así pues, Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios. Cuando ya Herodes le iba a presentar, aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con dos cadenas; también había ante la puerta unos centinelas custodiando la cárcel. De pronto se presentó el ángel del Señor y la celda se llenó de luz. Le dio el ángel a Pedro en el costado, le despertó y le dijo: «Levántate aprisa.» Y cayeron las cadenas de sus manos. Le dijo el ángel: «Cíñete y cálzate las sandalias.» Así lo hizo. Añadió: «Ponte el manto y sígueme.» Y salió siguiéndole. No acababa de darse cuenta de que era verdad cuanto hacía el ángel, sino que se figuraba ver una visión. Pasaron la primera y segunda guardia y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad. Esta se les abrió por sí misma. Salieron y anduvieron hasta el final de una calle. Y de pronto el ángel le dejó. (Hch. 12,1-10)” Mientras Pedro estaba preso, la Iglesia se encontraba reunida en nombre de Jesús, y oraba insistentemente por Pedro a Dios; es decir, las oraciones de la Iglesia, al producirse en un estado de confianza y súplica, son eficaces ante Dios, porque precisamente lo dijo Jesús “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:20).
Las oraciones de los santos suben a la presencia de Dios como incienso perfumado de calmante aroma (Ex. 40,26-27). Así lo ratifica también el apóstol san Juan en su visión tenida durante su destierro en la Isla de Patmos hacia el año 95 d.C., relatada en el Libro del Apocalipsis: “Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, como degollado; tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios, enviados a toda la tierra. Se acercó y tomó el libro de la mano derecha del que está sentado en el trono. Cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. (Ap. 5,5-8). Las oraciones de los santos son pues como el humo fragante que asciende a la presencia de Dios, como dice el salmista: “Que mi oración sea como incienso para ti, mis manos alzadas, como ofrenda de la tarde (Sal. 141, 3).”
Regresemos al Canon Litúrgico Romano, el cual más adelante menciona “Y a nosotros, pecadores, siervos tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia, admítenos en la asamblea de los santos apóstoles y mártires Juan el Bautista, Esteban, Matías y Bernabé, Ignacio, Alejandro, Marcelino y Pedro, Felicidad y Perpetua, Águeda, Lucía, Inés, Cecilia y Anastasia y de todos los santos; y acéptanos en su compañía, no por nuestros méritos, sino conforme a tu bondad. (Plegaria Eucarística del Canon Litúrgico Romano)”. Reconocemos pocos nombres de estos santos que se mencionan, pero la mayoría nos son desconocidos. Son santos y mártires de los primeros siglos del cristianismo.
Santa Felicidad y santa Perpetua, por ejemplo, fueron dos mujeres muy jóvenes, madres ambas, quienes vivieron a principios del siglo III d.C., durante el Imperio romano, quienes, constreñidas a la apostasía o al martirio, sin dudarlo, entregaron sus vidas al martirio al negarse a renunciar a su fe en Jesucristo y a adorar y sacrificar a los dioses paganos. Ello ocurrió en la ciudad romanizada del norte de África llamada Cartago, el 7 de marzo del año 203, durante las persecuciones del emperador Septimio Severo. Al negarse a abjurar de su fe, se mantuvieron firmes y fueron arrojadas a las fieras en el anfiteatro, finalmente rematadas a espada. Hoy son patronas de las madres parturientas y lactantes. Se conservan las actas del martirio de ambas.
Pero la lista de los santos es abierta, el Canon Litúrgico Romano no menciona a todos ni puede mencionarlos porque la lista es enorme. Por otro lado, hay santos que permanecen en el anonimato. Debemos entender que los santos no nacieron santos, sino que se hicieron a sí mismos por la gracia de Dios, por opción de adherirse a su voluntad y a su plan salvífico. Un santo puede tranquilamente haber sido un pecador empedernido, delictivo, lleno de terribles defectos y miserias. Pensemos en San Agustín, que a los 16 años era un ladrón por el puro placer de robar. Entregado a los placeres sexuales, puede decirse que se convirtió en un esclavo sexual, como él mismo diría en sus Confesiones “el frenesí había hecho mella en mí y me rendí por completo a la lujuria”; finalmente, como él refiere, llegó a cometer un sin número de pecados de diversos tipos, pues aún no era cristiano. Sin embargo, el ejemplo de un santo que no tuvo reparo de enfrentarse al emperador Teodosio, lo conmovió interiormente. En efecto, San Ambrosio, que por esa época era arzobispo de Milán, lo ayudó en su conversión y encuentro con Dios. Tiempo después San Agustín exclamaría “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. (Confesiones Libro X Capítulo 27)”
El Apóstol Juan, como hemos mencionado, encontrándose desterrado en la Isla de Patmos por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús durante la persecución del Emperador Domiciano (Ap. 1,9), tuvo la dicha de ver a todos los santos reunidos en el Cielo, como él mismo narra: “Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero». Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.» (Ap. 7,9-12).”
Juan prosigue describiendo su terrible y excepcional visión: “Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?» Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.» Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed; ya nos les molestará el sol ni bochorno alguno. Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.» (Ap. 7,13-17).” La sangre del Cordero tiene la eficacia de blanquear las vestiduras. Es una clara alusión a la Eucaristía, por la cual el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo es la verdadera comida y la verdadera bebida que da vida eterna.
Otros santos también han tenido semejantes visiones del Cielo y de los santos delante de la presencia de Dios. Así, santa Faustina Kowalska narra: “Veo a los coros de ángeles que te honran incesantemente y a todas las potencias celestiales que Te alaban sin cesar y que Te dicen continuamente: Santo, Santo, Santo… (Diario 80)” Esta visión nos trae remembranzas del Libro de Isaías cuando los serafines que están delante de la presencia de Dios se gritan el uno al otro “«Santo, santo, santo, Yahveh Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria.» (Is. 6,3).” Es el trisagio o trísagion, por el que se repite tres veces la aclamación a la santidad de Dios en referencia a las tres personas de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), y que aparece también en el Apocalipsis “Los cuatro Vivientes… repiten sin descanso día y noche: «Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso, Aquel que era, que es y que va a venir.» (Ap. 4,8).” Hoy en día lo recitamos también bajo la invocación: «Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, ten piedad de nosotros».
Santa Faustina prosigue describiendo su magnífica visión: “El viernes, después de la Santa Comunión fui trasladada en espíritu delante del trono de Dios. Delante del trono de Dios vi las Potencias Celestiales que adoran a Dios sin cesar. Más allá del trono vi una claridad inaccesible a las criaturas; allí entra solamente el Verbo Encarnado como Intercesor. Cuando Jesús entró en esa claridad, oí estas palabras: «Escribe en seguida lo que vas a oír: Soy el Señor en Mi Esencia y no conozco mandatos ni necesidades. Si llamo a las criaturas a la vida, esto es el abismo de Mi misericordia» (Diario 85).”
El Señor no solo llama a los hombres a la vida por su misericordia, sino que llama a la santidad de vida: “«Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré» (Jr. 1,5).” Nos llama a la perfección: “«Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn. 17,1).” Nos llama en una palabra a la santidad: “«Porque yo soy Yahveh, vuestro Dios; santificaos y sed santos, pues yo soy santo» (Lv. 11,45).” Y más adelante prosigue “Sed, pues, santos para mí, porque yo, Yahveh, soy santo, y os he separado de entre los pueblos, para que seáis míos. (Lv. 20,26).”
Este llamado a la santidad es universal, nadie está excluido conforme enseña la Constitución pastoral Lumen Gentium: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre (Lumen Gentium,11).”
La santidad es un llamado lleno de esperanza a decir del Apóstol Pedro “Por lo tanto, ceñíos los lomos de vuestro espíritu, sed sobrios, poned toda vuestra esperanza en la gracia que se os procurará mediante la Revelación (1 Pe. 1,13).” Y más adelante prosigue “Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de vuestra ignorancia, más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: «Seréis santos, porque santo soy yo» (1 Pe. 1,14-16).”
El llamado a la santidad es un llamado a la pureza, pues “¿Quién subirá al monte de Yahvé?, ¿quién podrá estar en su santo recinto? El de manos limpias y puro corazón, el que no suspira por los ídolos ni jura con engaño (Sal 24, 3-4).”
La santidad es además un llamado a la alegría “No estéis tristes: la alegría de Yahveh es vuestra fortaleza (Ne. 8,10)”
A nosotros, el Señor Jesús nos da una seguridad: “«Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn. 15,11)”. Más adelante añade: “«En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn. 16,20)”; y agrega: “«También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn.16,22)”.
Las Bienaventuranzas reflejan todo un programa de vida, de conducta, para hacerse acreedor del Cielo. Ese es nuestro norte. Por ello hay que aprender a no devolver el mal por mal, a no dejarse vencer por el mal, sino a vencer al mal con el bien. Necesitamos “desterrar de nosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad (Ef. 4,31).” Debemos aprender a ser mansos y humildes según nos lo enseña el mismo señor Jesús “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas (Mt. 11,29).”
Para finalmente presentarnos ante el Señor y ser juzgados en el amor, a decir del místico español y doctor de la Iglesia san Juan de la Cruz: “«Al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor» (San Juan de la Cruz “Dichos de Luz y Amor, dicho 60”).” Santa Teresa de Lisieux conocida también como Teresita del Niño Jesús lo expresa con otras palabras: “«En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que Tú mismo, Amado mío…» (Santa Teresa de Lisieux, “Acto de ofrenda al Amor misericordioso” Quinta parte).”
Que esta festividad de Todos los santos nos anime a convertirnos, a mantener encendidas nuestras lámparas, para que el lucero matinal las encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos.





