
Por: Luciano Revoredo
La muerte del almirante Luis Giampietri enluta a los peruanos de bien. Fue un héroe de nuestros tiempos. Participó en el sometimiento de la asonada terrorista del Frontón y fue el héroe que arriesgando su vida permitió el rescate de los rehenes de la embajada de Japón.
Estos dos actos heroicos nunca le fueron perdonados por la izquierda. Por eso fue calumniado y perseguido. Persecución de la que nunca se corrió. Siempre la afrontó valientemente y jamás claudicó en sus principios para caer bien o contentar a nadie.
Sin embargo, esa figura pétrea de quien fuera fundador de las Fuerzas Especiales de la Marina de Guerra (FOES), en el trato personal dejaba paso a una persona afable, de trato cordial y sonrisa fácil.
El año pasado cuando el totalitarismo marxista amenazaba las libertades en nuestro país, con un par de amigos, Pancho Pásara y Eduardo Lavalle, lo visitamos en su casa de La Punta para escuchar su opinión. Eran los días de las marchas y de las peores tropelías del gobierno de Castillo. Nos recibió con la amabilidad de siempre, aunque ya estaba algo disminuido físicamente por la enfermedad. Sus análisis de la situación fueron brillantes, en todo momento lamentó el fraccionamiento de las fuerzas democráticas. En un momento dijo algo conmovedor: “Si tuviera unos años menos estaría en las calles protestando con ustedes”. Ese era Luis Giampietri.
Al momento de la despedida me dijo algo que guardo como una condecoración: “Siempre te leo en La Abeja”. Tenía esos detalles.
Hoy ya no está más entre nosotros. Pero nos queda su ejemplo de hombre bueno, heroico y coherente. Es lamentable que una personalidad de su magnitud no haya recibido por parte del gobierno un trato a la altura de su dignidad. A su muerte se debió declarar duelo nacional y rendido los honores que le corresponden como el exvicepresidente de la República que fue.





