
Por: Luciano Revoredo
La polémica Haya-Mariátegui marca un hito en la política peruana, desde que en 1928 lo que fue una inicial convergencia en ideales revolucionarios se convirtió en una clara divergencia. Mariátegui objetará a Haya el programa y el carácter de clase de la idea hayista de partido, pero en el fondo estará su rechazo al intento de los seguidores de Haya de lanzarlo a la presidencia con el experimento del Partido Nacionalista Libertador que propugnaba un programa radical con la unión de todas las clases trabajadoras, es decir, el proletariado, el campesinado, los intelectuales y la clase media.
Se pueden decir muchas cosas de esta ruptura, pero el fondo es ese. Para Mariátegui el Partido Nacionalista Libertador era un engaño, un bluf, no un movimiento surgido de las masas sino de un grupúsculo de conspiradores pequeñoburgueses. Veía como el viejo discurso eleccionario, las prácticas que declaraba reprobar servían para encumbrar a Haya. Para Mariátegui era la vieja política criolla rediviva con lenguaje revolucionario funcional a un caudillo. Por otra parte, y tal vez esto era lo más serio, él no era ese caudillo.
Lo cierto es que mientras Mariátegui se refugió en el periodismo y la reflexión ideológica, Haya se convertiría en el más importante líder de masas del siglo XX en el Perú. Por otra parte, la temprana muerte del Amauta nos privó de conocer su evolución, que a juzgar por diversos indicios hubiera sido cada vez más lejana de la vida política. En su epistolario hay algunas cartas en que muestra hastío político y habla de marcharse del Perú para dedicarse a la literatura. Por su parte Haya hizo de la política su vida.
El APRA irrumpió así en la escena nacional. Hoy mirando hacia atrás cuesta definir su trayectoria. De los tiempos aurorales ya no queda nada. Pero se puede afirmar que en su casi centenaria existencia el APRA fue una escuela de política y aportó figuras de primer orden al debate nacional. Sánchez, Seoane y Prialé son sólo tres nombres a los que se podría añadir decenas y cientos de nombres de personajes anónimos de los años de conspiraciones, revueltas, prisión y persecución, del viaje de posiciones e ideas radicales, a una posición socialdemócrata y luego a un gobierno populista y fracasado y un segundo y exitoso gobierno de clara fisonomía liberal, hay saltos de una evolución difícil de entender en toda su magnitud. Pero ya lo había sentenciado Haya: “El aprismo no es un dogmatismo cerrado o arbitrario sino una línea de acción hacia el infinito”.
Hoy esa línea de acción se ha truncado. Una reforma política absurda y a la medida de ciertos traficantes del poder ha dejado al partido aprista al margen del registro de partidos políticos y ha de volver a tramitar su inscripción en condiciones adversas. Es el destino que impone a los grandes partidos la mediocridad, la ramplonería y la vulgaridad imperantes y necesarias para ejercer un poder enfangado y lumpenesco.
Hoy más que nunca la democracia requiere de políticos e instituciones sólidas. La crisis de los partidos y la falta de liderazgo solo pueden servir de escenario para que se consolide el poder de los que han tomado el país por asalto.






Hizo mal Alan en quedarse en el Perú, tras su segundo gobierno, debió salir a un nuevo exilio francés, con Federico Danton, ese fue su talón de Aquiles, el mismo consejo para Keiko, debieron dejar pasar 10 años, mientras sus partidos se dedicaban al quehacer local, 15 años lo borran todo. Ahora estamos en manos de “platacomocancha” y todos los que ha decidido alojar cómo candidatos a alcaldías en Lima, si copan la ciudad, vamos a peor.