Política

EL OTRO HUMO

Por: Tomás  González Pondal

Antes que nada, debo presentar al personaje que llamaremos “ogro”. Y desarrollaremos la nota imaginando al susodicho dentro de una casa. Alguien más vive en la morada –usted o yo-, y en pieza contigua duerme el ogro. El feo personaje tiene la costumbre de mantener todo con mucha prolijidad, incluso se lo ve por la mañana esparciendo desodorante de ambiente por las habitaciones. Pero más allá del grato olor y del orden material, sucede frecuentemente algo: que deseamos que el ogro no esté ahí, o, la otra variante, que deseamos que ahí ya no estemos nosotros.

Pienso que con el tema ambiental sucede algo parecido a lo anterior. Una gran mayoría de esos para quienes tirar un sorbete en un río resulta algo así como una calamidad espantosa, son quienes a la vez sostienen pensamientos horrendos como si se tratase de ideas loables. Se parecen al “ogro”, y se parecen no solo en la limpieza sino en esto: que quiebran la paz social por varias razones. De poco me servirá respirar buen oxígeno, si en el lugar donde debo trabajar hay alguien que se encarga de tornar al ambiente en tóxico; de poco me sirve una ciudad limpia, si me encuentro asediado por un gobierno que persigue a quien no admite sus posiciones destructoras de verdaderas leyes; y por más que la casa de uno sea un destello de blancura, uno querrá huir si sus moradores son insoportables. Se reduce el medio ambiente a lo material de él, sin advertir que, en realidad, lo más peligroso radica en el quiebre –no el único – de la concordia social debido a la práctica y defensa de ciertos males. No le temo al humo material. Hay otro humo, el realmente dañino: el espiritual.

En un colegio, más precisamente en una puerta de un aula, estaba pegado la siguiente leyenda: “No tendremos una sociedad si destruimos el medio ambiente”. Y también: “Cuidemos el medio ambiente porque es el futuro de nuestras vidas”. No concuerdo ni con la primera ni con la segunda frase. Más bien me parece que “no tendremos un medio ambiente si destruimos a la sociedad”. Pienso que por aquí pasa todo, por dónde se pone el acento de lo que intenta cuidarse de una posible destrucción. El ambientalista pone el acento en cuidar que el medio ambiente no sea destruido. Y yo, según colijo, creo que el punto capital estriba en cuidar que la sociedad no sea la destruida. Si descuido a esta última, mal podrá cuidarse aquél. Jerarquizar las cosas llevará al orden debido. Por ejemplo, hoy la paz social está quebrada, porque el salmón tiene la protección legal que no tiene la criatura humana por nacer.

Es desesperante pensar que un durazno sin gusanos es el futuro de mi vida. Es desesperante pensar que un mar, por muy azulado que se encuentre, es el futuro de mi vida. Y es desesperante imaginar que un cielo celeste libre de contaminación es el futuro de mi vida. Pienso que mi futuro, así sea que acabe en una hora, es mucho más trascendente que un medio ambiente, pues no solo “en la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Jn 14, 1), sino que en la morada está mi Padre. Mi vida no acaba en el durazno, ni en el mar ni en un celeste cielo. Alguien podrá pensar que estoy exagerando, pero cuando se advierte que hoy se enseña por todos lados y con insistencia especial en los colegios, que la gran batalla de estos tiempos consiste en “mantener limpia una plaza”, no hay demasiadas dudas de que el futuro que proponen acaba en limitaciones materiales.

Desde el ecologismo, lo sagrado para el hombre ya no será Dios, sino las cosas sin él. La vaca será sagrada y el roble será sagrado. No podrán darnos razones de cómo hablar de algo sagrado cuando todo queda reducido a un “mero ambiente”. No obstante, ahí tienen ustedes la propia redacción de esa denominada Carta de la Tierra: “La protección de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la Tierra es un deber sagrado.” Se trata de la diosa Tierra a la cual habría que venerar: de ahí su carácter de sagrado. Si bien la referida carta hace intentos valorativos del ser humano, -recurso simplón para luego dar el golpe-, su mira es la adoración terráquea. Cuando habla de sus “Principios”, en I-b, literalmente expresa: “afirmar la fe en la dignidad inherente a todos los seres humanos” (¿La fe? Verán que sí es un credo todo eso); y, tras eso, meter el guadañazo en su punto II – 7 – e: “Asegurar el acceso universal al cuidado de la salud que fomente la salud reproductiva y la reproducción responsable.” Digamos que la Planned Parenthood es una excelente cumplidora de este punto de la Cartita. Y no es azaroso que al punto anterior lo siga el siguiente, II – 7 – f: “Adoptar formas de vida que pongan énfasis en la calidad de vida y en la suficiencia material en un mundo finito.” Nueva forma de vida; calidad de vida equivalente a confort sin descendencia, y en consideración egoísta de que los recursos son para unos pocos. Eso sí… aunque poco se sepa, la Carta de la Tierra en miras a un medio ambiente “sano”, incluye en su punto III -12- a, a la Ideología de Género. ¡¿Qué?! ¡¿Bromeas?!. Aquí va: “Eliminar la discriminación en todas sus formas, tales como aquellas basadas en la raza, el color, el género, la orientación sexual, la religión, el idioma y el origen nacional, étnico o social.” Ya quedaba establecido como derecho el visto bueno hacia cualquier orientación sexual. ¿Ahora se entiende más por qué en párrafos anteriores hablé del ogro y del quiebre de la paz social por la defensa de postulados destructores del orden?

Finaliza la citada Carta expresando: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo (…).El proceso requerirá un cambio de mentalidad y de corazón”. Hoy más que nunca se sabe de qué se trató y de qué se sigue tratando ese cambio de mentalidad y de corazón. Rechazo de rondón toda esa nueva mentalidad. Elijo seguir otra Carta. Una Carta maestra. Una Carta no pensada por hombre. Una Carta dictada. Una Carta para Timoteo: “vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (II Timoteo 3-4).

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