
Por: Luciano Revoredo (Candidato a Diputado – Renovación Popular #30)
El muro del Caribe finalmente ha empezado a desmoronarse. En un mensaje que destila la derrota de un modelo hambreador y tiránico, Miguel Díaz-Canel ha confirmado lo que ya no podía ocultar tras meses de apagones masivos y una crisis energética terminal: el régimen cubano ha hincado la rodilla ante los Estados Unidos. No estamos ante un gesto de “diplomacia” voluntaria, sino ante una capitulación forzada. Es el reconocimiento oficial de que el comunismo, tras 67 años de parasitismo, se ha quedado sin huéspedes que saquear.
La caída de la dictadura en Cuba no ocurre en el vacío. Es el resultado directo de una estrategia de máxima presión liderada por la administración de Donald Trump y ejecutada con precisión quirúrgica por figuras como Marco Rubio. Han demostrado que con los tiranos no se dialoga; se les asfixia. Tras la reciente captura de Nicolás Maduro, el último gran financista del régimen, el flujo de petróleo venezolano se cortó en seco, llevando a la isla a la hora cero. Sin energía para sostener su aparato represivo, el control social se disuelve. Hoy, el régimen ya no negocia reformas para sobrevivir; negocia el exilio y las condiciones de su propia salida. Es el final lógico de una tiranía en descomposición, hasta las ratas desarrollan habilidades de sobrevivencia al verse acorraladas.
Lo que presenciamos en Cuba es la demostración científica del fracaso socialista. En siete décadas, han destruido la industria, expropiado la dignidad y convertido lo que fue la joya del Caribe en un cementerio de basura, hambre y prostitución. El anuncio de las negociaciones en Washington es el inicio de la limpieza ideológica que nuestra región reclama a gritos. Las izquierdas trasnochadas de la región, que hipócritamente, durante años sirvieron de tontos útiles para blanquear a esta dictadura, deben tomar nota de que su tiempo se ha agotado.
Iberoamérica está despertando de la pesadilla populista. Lo que comenzó con el aluvión de Milei en Argentina y se consolidó con la firmeza de Kast en Chile, hoy se fortalece en el Perú como una marea imparable de libertad. Cuba ha sido, por décadas, el centro neurálgico de la inestabilidad y el adoctrinamiento en la región. Su caída significa que las guerrillas, los partidos de izquierda radical y los “colectivos” financiados por La Habana han perdido su cerebro operativo y su principal fuente de validación ideológica.
Es imperativo celebrar este hito, pero sería un error histórico bajar la guardia. Mientras en Cuba el comunismo exhala su último aliento, en el Perú todavía operan infiltrados que abusando de las bondades de la democracia, buscan implantar recetas de miseria y saqueo moral y económico. El colapso del castrismo es un recordatorio de que la libertad no se hereda, se defiende todos los días.
Hoy Cuba empieza a ser libre. Mañana, seremos nosotros quienes aseguremos, con coherencia y firmeza, que el comunismo y sus variantes encubiertas nunca más vuelvan a pisar suelo peruano.






