
Por: Francisco de Piérola
Los caviares están en pánico. Sienten que el poder se les escapa de las manos, y cada nueva encuesta es un clavo más en el ataúd de su hegemonía. Rafael López Aliaga ha subido en aprobación y ha reducido su desaprobación, un dato fundamental considerando que las elecciones generales de 2026 están cada vez más cerca. Esto no es casualidad: el alcalde de Lima está ejecutando obras, ordenando la ciudad y mostrando que la eficiencia es mejor que el progresismo efectista. Y eso les duele.
Es por eso que han decidido atacarlo con cualquier pretexto. Recientemente, lo “denunciaron” por no haber estado en el epicentro de un incendio, como si su rol fuera disfrazarse de bombero y lanzarse a apagar las llamas. Es el absurdo en su máxima expresión. Un alcalde tiene cientos de responsabilidades y no puede ni debe estar en todas partes. No es San Martín de Porres para tener el don de la ubicuidad. Pero en su desesperación, los caviares han recurrido a la narrativa más infantil posible: preguntar cada cinco minutos “¿Dónde está el alcalde?”, como si esperaran que en cada incidente apareciera flotando sobre una nube, con su casco amarillo y una manguera en mano.
En primera fila del ataque está, cómo no, la congresista Susel Paredes, quien pareciera que no tiene otro oficio más que interrumpir su tiempo en redes sociales para preguntar por la ubicación de “Porky”. Se le olvida que no todo es figuretismo. A ella le encantaba pasearse por La Victoria cuando era regidora, simplemente para que le tomaran fotos. Pero López Aliaga no es como ella.
Curioso también que Susel Paredes sea tan rápida para exigir responsabilidades ajenas, pero tan poco dispuesta a responder por las propias. Como cuando contrató a un violador de menores disfrazado de mujer como asesor en su despacho. ¿Dónde estaba la congresista caviar cuando ocurrió eso? Más aún, ¿dónde estaba su cordura, si es que la tiene? Pero qué cordura y sentido común se puede esperar de alguien asidua a marchas “antifascistas” y con sexualidad minoritaria quien suele defender el fanatismo de Hamas y su barbarie homofóbica, todo en nombre del progresismo.
La desesperación caviar no es solo por López Aliaga. Es porque el mundo ha ha abandonado el progresismo. La ridiculez de la agenda woke ha ido demasiado lejos: atenta contra el sentido común, la vida y la familia. Y en el Perú, los caviares sienten que se les acaba el tiempo, porque el ciudadano común ha dejado de creer en sus dogmas. Quiere techos que no se caigan antes que talleres de deconstrucción masculina y políticas con enfoque de género. Es por eso que figuras conservadoras, pro vida, patriotas y soberanistas con capacidad de gestión, como López Aliaga, representan una verdadera amenaza para su estructura de poder.
Tratan de incendiar su imagen porque saben que está creciendo y consolidándose como un líder para 2026. Y como no pueden derrotarlo con ideas, buscan desgastarlo con escándalos inventados. Pero la estrategia les está fallando.
Y, como siempre, en cada proceso electoral aparecen los oportunistas de turno. Ese candidato que será ungido por los medios tradicionales como “el elegido” para formar un círculo vicioso de felación y mermelada. El ejemplo perfecto es Rafael Belaunde, quien tiene careta amarilla, pero un corazón morado. Si algún día pudo tener oportunidad, la destruyó cuando se juntó con el peón de Gorriti, el policía de Lego, Harvey Colchado. Y no le bastó esa reunión porque el segundo disparo al pie sería con el odiador de policías e insignia morada, Gino Costa. “Por qué los enfrentamientos son tan desiguales donde los delincuentes mueren en todos los casos y ni un solo policía magullado”. Esta es una cita literal del ex congresista y CPP profesional de Vizcarra y Sagasti, quien también fue ministro del Interior en la época del corrupto Toledo.
Belaunde está muy lejos de su abuelo. Si bien lleva un apellido ilustre, no tiene el liderazgo ni la claridad ideológica para convertirse en una figura de peso. En realidad, su carrera política parece destinada a naufragar en la irrelevancia. No sería extraño que terminara en una lista congresal como relleno o, peor aún (mejor para el Perú), en una candidatura presidencial de esas que no pasan del 1%.
Los ataques a López Aliaga no son casualidad. Son una declaración de guerra por parte de la izquierda caviar y los oportunistas de siempre, que ven en su ascenso una amenaza real para el 2026. Pero, a diferencia de lo que ellos creen, este tipo de ataques burdos no debilitan su imagen, sino que la refuerzan.
El ciudadano de a pie ve los resultados de su gestión, nota la diferencia entre un alcalde que trabaja y una clase política acostumbrada a la demagogia y al ensanchamiento del aparato público en nombre del amiguismo. Y si la tendencia sigue, podría convertirse en una de las figuras clave para definir el futuro del Perú.
Los caviares lo saben, y por eso están aterrados, y cuando los caviares tiemblan, es porque algo bueno está por venir.




