La columna del Director

EL HUMO DE SATANÁS

Por: Luciano Revoredo

No cabe duda que tras la elección del Papa Francisco se produjo un reverdecimiento de los sectores progresistas de la iglesia. La teología de la liberación y la llamada teología del pueblo, vieron en su elección el vehículo para desde la iglesia latinoamericana volverse a encaramar en las más altas instancias  de la Iglesia Universal. A esto se sumó un pernicioso activismo jesuita.

Si bien es cierto que el Santo Padre no lo impulsó abiertamente, también es cierto que estos sectores radicales han venido tomando el control.

Recordemos como en el caso peruano por ejemplo, Gustavo Gutiérrez salió de la congeladora a la que décadas atrás fue confinado cuando la SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, entonces a cargo de Monseñor Ratzinger, durante el reinado de San Juan Pablo II, publicó un documento que en la práctica era una severa condena a sus teorías.

Sin embargo en 2013, tras la elección de S.S. Francisco, será un compatriota de Ratzinger, Mons. Gerhard Ludwig Müller, quien ocupando el mismo cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, señale «Los aportes de Gustavo Gutiérrez han hecho evidente una cosa para nosotros que nos encontramos aquí en Europa, la injusticia en el mundo es un factor que permanece y que solo puede ser superado con la disponibilidad de todos los hombres para dirigir la mirada hacia Cristo». Y con estos argumentos absolutamente pueriles, desbarate décadas de búsqueda de ortodoxia y en la práctica levante la condena al pernicioso e insano pensamiento de Gutiérrez, invitándolo al Vaticano e iniciando la publicación de una serie de sus textos en L’Osservatore Romano.

Definitivamente, la política eclesiástica debe ser de movimientos muy lentos y meditados. No se anda a tontas y locas. Se sabe que un gesto o una palabra de más o de menos pueden traer consecuencias insospechadas en la vida de millones de católicos en el mundo. Siempre se ha dicho que la Iglesia ha de ver el mundo con ojos de eternidad. Por eso no deja de llamar la atención la aparente premura con que se iniciaron estas contramarchas teológicas.

Mucho se ha dicho que la política vaticana al respecto se orienta más hacia la Teología del Pueblo que hacia la Teología de la Liberación ya que esta última se basaba en el análisis marxista, lo que como es obvio lleva a conclusiones marxistas, mientras que la Teología del pueblo sería como una versión más light, más acorde con los tiempos y que se centraría fundamentalmente en la opción por los pobres. Sin embargo en la práctica esta frontera prácticamente no existe. Es claro que el liberacionismo clásico, hijo de la Nouvelle Theologie y basado en la praxis revolucionaria marxista, que desde hace décadas difundió Gutiérrez en el Perú y otros “teólogos” en el resto de Latinoamérica, es la base sobre la que se construye la teología de los pobres. Es decir estaríamos hablando siempre de una misma perversión teológica que mantiene una especie de columna vertebral o hilo conductor.

Fue en esta línea y a través del tiempo se fueron formando corrientes y grupos como por ejemplo el  Movimiento Sacerdotes para el tercer mundo que surgió como uno de los resultados de la Asamblea del CELAM en Medellín. No olvidemos que el CELAM, bajo la presidencia de Manuel Larraín tuvo como vicepresidente nada menos que a Helder Cámara. Otro caso es de los Cristianos por el socialismo, creado por un grupo de ochenta sacerdotes chilenos, que, dejando a Cristo de lado, adhirieron al pensamiento del presidente comunista Salvador Allende.

Se empezó así a enseñar desde muchos púlpitos no lo que nos une al prójimo sino lo que nos separa: la revolución. Se dejó entrar en la Iglesia al mundo y no al revés, que es lo que corresponde, que es llevar la Iglesia al mundo. Se pretendió centrar la reflexión teológica en lo social, en lo político, cuando la vivencia cristiana nos debe poner por encima de todo eso, precisamente por aquello de mirar al mundo con ojos de eternidad.

Se creó  luego el Secretariado Nacional de Cristianos por el Socialismo, al que se fueron sumando laicos, muchos de ellos herederos de los desvaríos de mayo del 68. Parte la estrategia revolucionaria fue tomar las Conferencias Episcopales e inicialmente lo lograron, aunque también es cierto que un excelente manejo de los engranajes de la Iglesia durante los sucesivos reinados de San Juan Pablo II y Benedicto XVI lograron mantenerlos a raya. Sobre todo luego del discurso de Juan Pablo II en Puebla al inaugurar la III Asamblea del CELAM donde dejó en claro que no había lugar para sueños revolucionarios ni falsificaciones liberacionistas, revertiendo mucho de lo establecido en Medellín.

Lamentablemente hoy los vemos redivivos, muchos de ellos entre la propia Curia Romana, atrás han quedado los tiempos en que un sector progresista latinoamericano o alemán enfrentaban a una iglesia “reaccionaria” en Roma, hoy están ya enquistados en el mismo Vaticano, pero como quiera que la revolución va trocando de máscaras, hoy lucen convertidos al ecologismo, con un altar para Cristo y otro para la Pachamama u otros muy comprensivos con el mundo LGTB, como confirmando aquello que dijera Paulo VI en la festividad de San Pedro del año 1972: “…se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”.

La Iglesia peruana obviamente no es ajena a esta tendencia, ese humo hace rato que enrarece el ambiente de la Conferencia Episcopal Peruana y del propio Arzobispado de Lima, donde ha llegado nada menos que uno de los más aprovechados discípulos de Gutiérrez al trono de Santo Toribio.

No resulta raro entonces que se estén trastocando las prioridades y tengamos una jerarquía más preocupada de hacer de corifeos del gobierno sosteniendo medidas fracasadas de aislamiento antes que preocuparse por abrir los templos y restituir la Misa.

Si es cierto que los movimientos marxistas y socialistas dentro de la Iglesia requirieron del adoctrinamiento y participación de amplios sectores laicales, hoy podemos reclamar lo propio y como laicos iniciar un movimiento que restituya las cosas en su lugar.

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