La columna del Director

EL FUJIMORISMO Y LAS ILUSIONES PERDIDAS

Por: Luciano Revoredo

Alberto Fujimori fue la encarnación del Perú emergente. Fue el hijo de migrantes que llegó a gobernar el país en el momento más difícil. Fue la última carta de un pueblo desesperado. Agobiados por el desempleo, la pobreza, la violencia y la anomia social, los peruanos dieron un salto al vacío votando por un casi desconocido nisei que, ofrecía honradez, tecnología y trabajo.

Vano es extenderse en los méritos y deméritos de la década de gobierno de Alberto Fujimori. Ambos son harto conocidos y gozan del afecto y recordación de unos y del más encarnizado odio de otros. Frente a Fujimori no caben posiciones neutrales. Quizá convenga solo recordar que un extraño destino político le llevó a derrotar en sendas elecciones a los dos peruanos más universales del siglo XX, Mario Vargas Llosa y Javier Pérez de Cuellar.

Lo cierto es que en torno a su figura, a su escasa oratoria pero eficiente pragmatismo surgió un caudillismo de aquellos a los que los peruanos somos tan proclives. El fujimorismo no lo creó Fujimori, lo creó el pueblo. Fue el resultado de esa conexión entre el “Chino” siempre dispuesto a viajar a los pueblos más remotos a resolver cualquier problema y un pueblo que finalmente encontraba alguien que lo escuche y lo atienda.

Los caudillos que beben de las fuentes del poder y disfrutan del siempre generoso vínculo con las masas suelen paradójicamente vivir momentos de profunda soledad y no pocas veces apoyarse en algún “eficiente” colaborador que será su ruina. El caso que nos ocupa no fue una excepción y la performance de Montesinos confirma esa regla.

Fujimori cayó. Pero conforme su distancia era mayor, se consolidaban también fuerzas políticas de diverso signo en torno al ausente. La polarización alrededor de su figura de caudillo populista y exitoso en la derrota del terrorismo, la inflación y la reinserción del Perú en la escena mundial y a la vez acusado de haber cometido excesos e interrumpido el proceso democrático, da pie al fortalecimiento del fujimorismo, pero también a la aparición de una herramienta poderosa en manos de la izquierda: el antifujimorismo.

Hoy dos décadas luego de la caída de Fujimori y del inicio de lo que podemos llamar el fujimorismo posalbertista, podemos concluir que quienes heredaron su valioso patrimonio político no supieron mantenerlo y lo dilapidaron.

Vimos como se perdió a lo largo de dos décadas la fisonomía original de una tendencia popular. El fujimorismo estaba llamado a convertirse en un movimiento de derecha popular que enfrentara con ideas claras y con la defensa de valores como la vida, la familia y la libertad a las izquierdas. Y es cierto que lo quiso hacer, pero intermitentemente. Es también verdad que en muchas ocasiones ha servido de freno a iniciativas aberrantes del progresismo. Pero también es verdad que muchas veces cedió a la corrección política, al triste afán de gustarle a la izquierda caviar, de parecer moderado, de caer en la nostalgia de la orilla opuesta. Un intento vano en el que solo se pierde identidad, pero no se gana nada, porque el progresismo nunca cree en esos ensayos y siempre pide más.

Esa es la realidad del fujimorismo hoy. Un intento desaprovechado de articular una derecha popular, sin liderazgo y lleno de ilusiones perdidas. Alberto Fujimori sin embargo seguirá presente en el recuerdo de millones de peruanos y objetivamente ocupará un lugar en la historia, más allá de apasionamientos e intereses ideológicos.

 

 

Artículo publicado originalmente en el suplemento CONTRAPODER del diario Expreso

 

1 comentario

  1. Es que no formó un partido político, sino movimientos, no había gente preparada, y sus políticas educativas, nos han conducido a la toma de las universidades por la caviarada, faltó visión, lo mismo con su regreso de Japón apresurado sin planeación, también la terquedad de Keiko, como bien dicen, la candidatura presidencial es una enfermedad que solo se cura con la muerte, y qué digo, con candidatos a alcalde, que parece que ese fuera su trabajo, candidatear. Si tan solo se hubiese abstenido en la del 2016 y se hubiera dedicado a su familia en lugar de ir dando tumbos y pena, el fantasma antifujimorista se hubiera disuelto, pero el ansia de poder puede más.

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