
Disney ha vuelto a estrellarse con Blancanieves 2025, un live-action que prometía “reimaginar” el clásico de los Hermanos Grimm, pero que en realidad lo ha convertido en un desastre woke de 250 millones de dólares. La película, estrenada el pasado febrero, apenas recaudó 48 millones en su primer fin de semana global y ha sido masacrada por críticos y audiencia por igual, con un lamentable 23% en Rotten Tomatoes. ¿La razón? Una mezcla tóxica de cambios progresistas forzados y una narrativa que abandona la magia por sermones políticos.
Olvídense del príncipe azul que despierta a Blancanieves con un beso de amor verdadero. En esta versión, ese personaje es reemplazado por un ladrón izquierdista llamado “Raúl”, un supuesto “héroe del pueblo” con dreadlocks y una bufanda roja que recita frases como: “El verdadero veneno es el sistema, compañera”. En una escena particularmente absurda, Raúl convence a Blancanieves de robar manzanas del huerto real para “redistribuirlas entre los oprimidos”, mientras le da un discurso de 3 minutos sobre la desigualdad que suena sacado de un mitin de revolucionarios panfletarios. El romance, si se le puede llamar así, culmina no en un baile bajo la luna, sino en una fogata donde ambos planean una revolución. ¿Resultado? Una química nula y un público que bosteza.
La reina malvada, antes una figura de envidia y poder sobrenatural, ahora es una caricatura fascistoide con diálogos tan sutiles como un ladrillo. En una escena, aparece frente a un espejo mágico rediseñado como una pantalla de vigilancia, gritando: “¡Mi reino blanco prevalecerá sobre los subversivos!”. Su vestido, cubierto de símbolos que recuerdan vagamente a insignias militares, y su obsesión con “mantener el orden” la convierten en un cliché de villana derechista que parece escrita por un guionista con una cuenta de Twitter demasiado activa. La película dedica una secuencia entera a Blancanieves y Raúl pintando grafitis con aerosol rojo sobre los muros del castillo, con mensajes como “Abajo el privilegio”. ¿Profundidad? Cero. ¿Subtexto? Inexistente.
Los siete enanitos, parte esencial del encanto original, han sido reemplazados por criaturas CGI (Imágenes generadas por computadora) bautizadas como “espíritus del bosque”, una decisión que Disney justificó como “inclusiva” para evitar estereotipos. El problema es que estos seres —con nombres como “Luz”, “Raíz” y “Viento”— parecen sacados de un videojuego de bajo presupuesto y tienen voces generadas por IA que suenan robóticas. En una escena, “Raíz” (un enano con forma de arbusto) da un monólogo sobre “la explotación de la naturaleza por el colonialismo”, mientras Blancanieves asiente con cara de epifanía. Actores con enanismo, como Peter Dinklage, han criticado públicamente esta elección, señalando que se les robó la oportunidad de interpretar roles icónicos por un cambio que nadie pidió.
El clímax de Blancanieves 2025 no involucra una manzana envenenada ni un despertar milagroso. En cambio, tras derrocar a la reina en una batalla mal coreografiada donde Raúl usa una honda para lanzar piedras a los guardias, la película termina en una fiesta al estilo de las extravagancias de Diddy. Todos visten de blanco —supuestamente un guiño a la “pureza de la revolución”— y bailan al ritmo de una canción pop genérica con letras como “Somos libres, somos uno”. Hay champán (¿en un cuento medieval?), luces estroboscópicas y un cameo de un rapero famoso que no aporta nada a la trama. La escena dura 8 minutos y cuesta 15 millones de dólares, según filtraciones de producción. El público en los cines se levantó a mitad de la secuencia para irse.
Blancanieves 2025 es un monumento al fracaso de la obsesión woke de Disney. Eliminar al príncipe no empodera a Blancanieves; la reduce a una marioneta de un ladrón con agenda. Convertir a la reina en un símbolo político no es audaz; es ocioso y divisivo. Y la fiesta final no es moderna; es una burla a la esencia de los cuentos de hadas. Los datos lo confirman: la película perdió más de 200 millones de dólares en su primera semana, y las encuestas de salida muestran que el 68% de los espectadores la encontraron “confusa” o “ideologizada”. Incluso en X, donde los hashtags #SnowWoke y #DisneyFail se volvieron virales, usuarios como @CineSinFiltros escribieron: “Disney mató a Blancanieves y la reemplazó con un folleto de activismo barato”.
Blancanieves 2025 no es solo un fracaso financiero; es una traición a la magia que Disney una vez representó. Al sacrificar la narrativa por una ideología progresista mal ejecutada —con un ladrón sermoneador, una reina de caricatura y una fiesta fuera de lugar—, la película demuestra que “ser woke” no solo aleja al público, sino que entierra a los clásicos bajo escombros de pretensión. Los niños no necesitan revoluciones en sus cuentos; necesitan esperanza. Y los adultos no necesitan sermones; necesitan historias bien contadas. Disney, despierta: este desastre es tu espejo mágico diciéndote que ya no eres el más bello del reino.
añadir un comentario





