Iglesia y sociedad

EL ESTRUENDO DE LAS CATEDRALES *

Por: Cajetanus

La catedral en llamas de Nuestra Señora de París ha sembrado en los corazones y en las mentes de todos una sensación de desesperación: muchas personas entre los católicos ven en esa residencia venerable en llamas casi el fuego de la apostasía vaticanosegundista y las llamas iconoclastas de Bugnini (el demoledor de la liturgia milenaria de la Iglesia romana y arquitecto de la Nueva “Misa”; N.d.T) que desfiguran y ennegrecen los Misterios Divinos; muchos de aquellos que católicos no lo son (más) en cambio, experimentan una sensación inquietante, pero no saben bien lo que es, no lo pueden explicar o no quieren hacerlo realmente.

Aquellas imágenes les impactan muy negativamente, transmiten una agitación que los pone en crisis y saben, dentro de ellos, que lo que experimentan es un dolor que no atañe a un simple edificio que cae o se quema, sino a algo que está allí desde hace siglos y que ahora se derrumba sobre sí mismo y casi parece que desaparece: es el ruido sordo de la Iglesia que, incendiada, cae al suelo y retumba en los corazones de cada criatura. Aquello que desde siempre fue cierto y estable, que dominaba con sus agujas, su doctrina y sus rituales, un edificio del todo singular, ahora está en ruinas, consumido por un fuego misterioso.

Quien no es católico no entiende, sin embargo, estas cosas, y las experimenta realmente sólo de modo inconsciente, no se puede dar cumplida cuenta de todo ello, ergo, no lo puede reconocer, porque hacerlo lo conduciría a la conversión y a la penitencia, entonces ¿qué hace? Y, bueno, nos dice que esa catedral en llamas es una pérdida para la cultura y la historia de Europa, que es un daño para la belleza de este mundo, para el arte, para la inteligencia humana y para los sentimientos de una nación. La verdad, sin embargo, es mucho más terrible, y  -aun cuando los corazones de los europeos, ya alejados de Dios y endurecidos por el pecado no puedan verlo-  su grito de dolor resuena en las vísceras, y quienes, sea desde la derecha o la izquierda, asisten a este espectáculo, lloran como si de un gran museo dado a las llamas se tratase; pero dentro de cada uno de ellos  –en un punto remoto de sus corazones–  resuena el clamor de Dios con las palabras del salmista: «Han dado a las llamas Tu santuario, han profanado y han demolido la residencia de Tu Nombre»» (Salmo. LXXIII, 7).

 

*Traducido de la Redacción de Radio Spada por Gianfranco Sangalli Ratti

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