La columna del Director

EL CASCO Y EL CHALECO: MODA ABSURDA EN LA POLÍTICA PERUANA

Por: Luciano Revoredo

En los últimos años, una peculiar costumbre se ha instalado en la escena política peruana, probablemente nacida de la “genial” ocurrencia de algún asesor de imagen con más creatividad que sentido común. Todo apunta a que alguien, en un momento de inspiración dudosa, decidió que vestir a los funcionarios públicos con chalecos fluorescentes adornados con logos institucionales y cascos de construcción sería la clave para proyectar una imagen de trabajo, compromiso y cercanía con la ciudadanía.

Lo que comenzó como una estrategia de marketing político se ha degenerado en un espectáculo casi caricaturesco, donde ministros, alcaldes y demás autoridades desfilan como extras de una versión local de Bob el Constructor, sin que ello necesariamente signifique un aporte real a las soluciones que el país necesita.

Esta tendencia ha evolucionado de manera sorprendente. Ya no basta con el casco y el chaleco; ahora también vemos camisas cuidadosamente bordadas en el pecho con los emblemas institucionales, como si fueran uniformes de un equipo deportivo o camisas de instaladores de servicios, en lugar de prendas de funcionarios públicos. Lejos quedaron los ministros y funcionarios vestidos formalmente, a la altura de su investidura. La idea detrás de este vestuario parece ser que, al lucir estos atuendos, los políticos se acercan mágicamente a la percepción del trabajador común, ese ciudadano de a pie que supuestamente se sentirá identificado con un ministro o un alcalde disfrazado de obrero. Nada más lejos de la realidad: el peruano promedio no se deja engañar tan fácilmente por estas puestas en escena.

A este circo se suma otra creencia absurda: la de que un ministro o alcalde debe estar presente en cada evento, emergencia o desastre natural, aunque su asistencia no resuelva absolutamente nada. En un desborde, un huaico o un incendio, allí estará el funcionario de turno, casco en cabeza y chaleco bien puesto, declarando a los medios que “está cumpliendo las indicaciones presidenciales” o que “está supervisando las labores”. Por supuesto, el ministro no empuña una pala ni diseña un plan técnico; eso lo hacen los ingenieros, bomberos y especialistas que trabajan en el terreno. Sin embargo, la foto con el casco y el chaleco es imprescindible para jugar con la percepción pública, como si la mera presencia del político fuera garantía de solución.

Esta práctica ha alcanzado niveles ridículos en los últimos tiempos, y un ejemplo reciente lo pone en evidencia: el incendio que azotó Lima en días pasados. La prensa caviar, con esa mezcla de sensacionalismo y mala fe que la caracteriza, ha cuestionado insistentemente por qué el alcalde Rafael López Aliaga no ha estado “figureteando” todo el día en el lugar del siniestro. La crítica ignora un detalle elemental: la Municipalidad de Lima ha estado permanentemente presente con los técnicos y especialistas que, con el respaldo del alcalde, han trabajado en contener el desastre. Porque, al final del día, quienes apagan el fuego y gestionan las emergencias no son los políticos con chaleco, sino los profesionales capacitados para ello.

Sin embargo, el colmo del despropósito periodístico llegó cuando un reportero “caviar” tuvo la osadía de espiar la vivienda del alcalde López Aliaga, violando no solo la privacidad del funcionario, sino incurriendo en conductas que podrían calificarse como delictivas. Este episodio no solo refleja el nivel de desesperación por generar titulares, sino también la desconexión de algunos medios con la realidad: mientras los técnicos municipales trabajaban en el incendio, este periodista prefirió montar un show mediático en lugar de informar sobre lo que realmente importa.

El casco y el chaleco, entonces, se han convertido en símbolos de una política superficial, donde la imagen pesa más que los resultados. Es hora de que los peruanos exijamos menos disfraces y más acción concreta. Que los ministros y alcaldes dejen de lado el vestuario de utilería y se concentren en lo que de verdad necesitan los ciudadanos: soluciones reales, no fotos para el álbum. Porque, al final, el trabajo de verdad no lo hace quien posa con el casco, sino quien se arremanga la camisa —con o sin logo bordado— para enfrentar los problemas de fondo.

1 comentario

  1. Se ha vuelto un lugar común repetir una frase de gringolandia traducida “at the end of the day” o lo que es lo mismo “al final del día” en mi infancia se usaba “a fin de cuentas”. Cosas del lenguaje.

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