
Por: Luciano Revoredo
El 23 de febrero de 2025, hemos sido testigos de un momento histórico en las elecciones federales de Alemania. Los resultados preliminares, con 150 de los 299 distritos contabilizados, reflejan un cambio radical en el panorama político: la Alternative für Deutschland (AfD) se ha consolidado como la segunda fuerza más grande en el Bundestag, obteniendo un impresionante 20,6% de los votos y proyectándose a 150 escaños. Este avance duplica su representación anterior y posiciona al partido como la cara visible de un giro populista claramente de derecha contra un establishment agotado y desconectado. Mientras tanto, la CDU/CSU, aunque victoriosa con un 28,5% y 208 escaños, registra uno de sus peores desempeños en décadas, y el SPD socialista se hunde al 16,5% con 121 escaños, su mayor derrota desde la década de 1880. Este escenario no solo nos muestra el ascenso de la AfD, sino que abre la puerta a su llegada al gobierno en un futuro cercano, un prospecto que llenaría de esperanza a quienes compartimos su visión de un occidente y por supuesto una Alemania soberana, segura y fiel a sus valores.
El crecimiento de la AfD no es un accidente, sino el reflejo de un pueblo que exige ser escuchado. Con líderes como Alice Weidel y Tino Chrupalla al frente, el partido ha sabido canalizar el hartazgo de millones de alemanes ante la inmigración descontrolada, la inseguridad creciente y las políticas económicas que priorizan agendas globalistas sobre las necesidades de los ciudadanos.
Una encuesta de Tagesschau reveló que el 46% de los votantes apoya las restricciones migratorias de la AfD, y un contundente 55% cree que el partido comprende mejor la inseguridad que aqueja al país. Entre sus votantes, el respaldo es aún más abrumador: el 99% respalda su política migratoria, y el 94% exige la deportación inmediata de inmigrantes ilegales. Lo más alentador es que la mayoría de sus votantes y partidarios son jóvenes.
Con un apoyo que trasciende generaciones, con un aumento notable de 13 puntos porcentuales entre los jóvenes de 18 a 24 años, demostrando que la AfD no es un eco del pasado, sino una fuerza del futuro. Su victoria en regiones como Brandeburgo, donde lidera con más del 33%, y su avance en estados con alta población extranjera como Renania del Norte-Westfalia (del 7,3% en 2021 al 16,3% hoy), confirman que su mensaje resuena en todos los rincones de Alemania. Líderes conservadores europeos, como Herbert Kickl (FPÖ, Austria), Tom Van Grieken (Vlaams Belang, Bélgica) y Geert Wilders (PVV, Países Bajos), han celebrado este resultado como una señal del “cambio patriótico” que recorre el continente, un reconocimiento al liderazgo de la AfD en la defensa de la soberanía y la libertad.
Weidel y Chrupalla han sido claros: la cancillería está a su alcance, y no necesariamente en 2029. Predicen que una coalición de “perdedores electorales” —como la probable alianza CDU-SPD-Verdes— colapsará mucho antes, abriendo las puertas a un gobierno fuerte y de derecha liderado por la AfD. Este escenario es más que una posibilidad; es una necesidad. Las políticas de la AfD, centradas en cerrar fronteras, reducir subsidios a solicitantes de asilo y ejecutar deportaciones masivas, responden directamente a las demandas del pueblo alemán. Frente a un establishment que insiste en ignorar estas prioridades, la AfD ofrece una alternativa coherente y decidida, una que no solo promete estabilidad, sino una recuperación de la identidad nacional.
Sin embargo, el triunfo de la CDU/CSU bajo Friedrich Merz amenaza con perpetuar el statu quo. A pesar de su victoria, el 28,5% es un resultado magro, y el silencio de líderes europeos como Ursula von der Leyen sugiere que incluso sus aliados cuestionan la fortaleza de este mandato. Merz ha expresado su intención de formar un gobierno antes de Pascua, pero las señales apuntan a otra “gran coalición” con el SPD y, posiblemente, los Verdes. Esta alianza sería un desastre para Alemania: un pacto entre partidos debilitados, divididos y comprometidos con las políticas de izquierda que han llevado al país a la crisis actual y que recuerda a los pactos infames de Pedro Sánchez en España, que llegó a formar alianzas hasta con separatistas para conservar el gobierno.
El SPD, con su histórica derrota al 16,5%, y los Verdes, con un modesto 11,8%, representan lo peor de la vieja política: una obsesión por el multiculturalismo forzado y una economía subordinada a agendas climáticas utópicas. Robert Habeck, líder verde, admite que su inclusión en el gobierno es improbable, especialmente por la oposición de la CSU bávara, pero la historia demuestra que la CDU no duda en ceder ante las presiones de la izquierda para mantenerse en el poder. Una coalición así no solo traicionaría la voluntad de los votantes —que han elevado a la AfD como segunda fuerza—, sino que condenaría a Alemania a más fragmentación y parálisis. Como señaló Jorge Buxadé de VOX, formar otra coalición con los socialistas sería “una gran estafa”, un desprecio a los millones que han respaldado a la AfD.
La realidad es innegable: la AfD está a un paso de transformar Alemania. Su ascenso no solo desafía la muralla mediática y condena artificial que la CDU/CSU ha mantenido contra ellos, sino que expone la fragilidad de las coaliciones tradicionales. Expertos como Marcel Fratzscher advierten que la polarización y el fortalecimiento de la AfD son inevitables si las reformas necesarias no llegan, y una coalición CDU-SPD-Verdes, con sus divisiones internas, difícilmente las logrará. Chrupalla lo dijo con claridad: un gobierno de “perdedores” no durará, y cuando caiga, la AfD estará lista para asumir el mando.
Celebramos el avance de la AfD como un triunfo de la democracia directa, un grito de los alemanes que exigen seguridad, prosperidad y soberanía. Es enorme el apoyo a sus políticas migratorias y económicas, que anteponen los intereses del pueblo a las élites globalistas. La posibilidad de que lleguen al gobierno pronto no es solo una esperanza, sino una certeza que se construye con cada voto, con cada distrito que se pinta de azul. Mientras la CDU titubea y las izquierdas se aferran a un poder menguante, la AfD se alza como el futuro de Alemania.





