La columna del Director

DE BLUE LOCK AL MUNDIAL, DEL ANIME A LA REALIDAD

Por: Luciano Revoredo

Hace algunos años, si alguien me hubiera dicho que terminaría esperando con entusiasmo el estreno de una nueva serie de anime, probablemente habría sonreído con incredulidad. Sin embargo, los hijos tienen esa extraordinaria capacidad de abrirnos puertas a mundos que jamás imaginamos explorar. En mi caso, fue Nicolás, mi hijo adolescente, quien me abrió la puerta de entrada a ese fascinante universo. Pero pronto descubrí que no estaba solo. José Antonio, mi hijo mayor, ya era un apasionado  del anime y terminó convirtiéndose en una especie de guía adicional en este nuevo territorio. Más tarde se sumó Joaquín, el menor de la casa.

Así llegaron a mi vida Death Note, Fullmetal Alchemist, Chainsaw Man y muchas otras producciones que terminaron convirtiéndose en una afición compartida. Incluso desarrollamos la práctica de ir al cine cada vez que se estrena alguna película importante de anime.

Pero hubo una serie que marcó el inicio de todo: Blue Lock. Fue el primer anime que vimos juntos de manera sistemática y el que me abrió de par en par la entrada al mundo maravillosos de ese arte japonés, desde el principio al avanzar en cada capítulo, me pareció una auténtica locura. La premisa que planteaba era casi una herejía futbolística. El misterioso Jinpachi Ego, creador del Proyecto Blue Lock, sostenía que el gran problema del fútbol japonés era su exceso de espíritu colectivo. Según él, Japón producía excelentes jugadores de equipo, pero carecía de delanteros capaces de asumir la responsabilidad de decidir un partido cuando todo estaba en juego.

Como amante del fútbol, aquella idea me chocó. Siempre había creído en el juego colectivo, en el sacrificio por el equipo y en la importancia de la solidaridad dentro del campo. Sin embargo, conforme avanzaban los capítulos, empecé a comprender que Blue Lock no defendía el egoísmo entendido como arrogancia o individualismo vacío. Hablaba de algo distinto: de la capacidad de asumir riesgos, de tener confianza en uno mismo y de tomar la responsabilidad cuando todos los demás dudan.

Recuerdo especialmente las conversaciones después de cada episodio.  Comentábamos  la evolución de Isagi Yoichi,  la creatividad imprevisible de Bachira o intentábamos entender cómo un personaje tan aparentemente despreocupado como Nagi podía esconder semejante genialidad futbolística. Aquellas discusiones terminaban siendo tan entretenidas como la propia serie.

Con toda esta experiencia a cuestas añadí un elemento más a mi visión de Japón. Y por otro lado llegó el esperado Mundial de Fútbol. Ese mes que llega cada cuatro años en el que somos tan felices los futboleros, fue ahí cuando Nicolás me dice que preste atención al equipo japonés, que será una sorpresa. Lo cierto es que me resultó imposible no encontrar paralelos entre la ficción y la realidad. Al observar a la selección japonesa tenía la sensación de estar viendo una versión real del Proyecto Blue Lock. Parecían haber incorporado una dosis nueva de ambición, una confianza que antes no asociábamos con el fútbol japonés. Ya no era aquel equipo que esperaba el error del rival. Ahora buscaba provocarlo.

Lo más interesante es que esta transformación no parece apoyarse únicamente en el talento. Según he averiguado Japón ha convertido la tecnología en una ventaja competitiva extraordinaria. En Blue Lock existe un concepto fascinante llamado “metavisión”, una capacidad que permite a los jugadores analizar todo el campo y anticipar las jugadas antes de que ocurran. En el anime parece casi un superpoder. En la realidad, Japón ha encontrado una manera de acercarse bastante a ello.

La selección trabaja con análisis de datos, inteligencia artificial, sistemas de seguimiento de movimiento, simulaciones de realidad virtual y herramientas capaces de medir desde el desgaste físico hasta los patrones tácticos del rival. Cada partido es estudiado como si fuera un problema matemático. Cada escenario posible es analizado antes de que el balón empiece a rodar.

Por momentos, viendo sus partidos, uno tiene la impresión de que los futbolistas japoneses conocen la siguiente jugada antes que sus propios adversarios. Pero lo verdaderamente admirable es que no han sacrificado su esencia. Japón sigue siendo Japón. Continúa siendo una selección organizada, disciplinada y respetuosa de los principios colectivos que caracterizan a su cultura. La diferencia es que ahora utiliza esa disciplina para potenciar la iniciativa individual en lugar de limitarla. Quizás allí resida la verdadera enseñanza de Blue Lock.

El anime planteaba una crítica al colectivismo absoluto. La selección japonesa parece haber encontrado una síntesis más inteligente: combinar el trabajo colectivo con la capacidad individual de marcar diferencias. Un “egoísmo colectivo”, si se quiere llamar así, donde todos están preparados para asumir el protagonismo cuando el momento lo exige.

Por eso, cuando veo jugar hoy a Japón, no puedo evitar recordar a Isagi buscando el espacio perfecto para definir, a Bachira rompiendo esquemas con una gambeta inesperada o a Nagi resolviendo lo imposible con una naturalidad desconcertante. Son personajes de ficción, por supuesto, pero representan una idea que Japón parece haber decidido llevar a la realidad: la búsqueda permanente de la excelencia individual al servicio de una ambición colectiva.

Lo que estamos viendo en este Mundial es mucho más que fútbol. Es el encuentro entre la pasión y la ciencia, entre la imaginación y la tecnología, entre una cultura profundamente disciplinada y una nueva mentalidad que se atreve a desafiar sus propios límites. Es la demostración de que la innovación no necesariamente reemplaza al talento, sino que puede potenciarlo.

Y quizá por eso esta historia me resulta tan fascinante. Porque no es solamente la historia de una selección de fútbol ni la de un anime exitoso. También es la historia de momentos compartidos con mis hijos.

Porque, al final, más allá de las estadísticas, de la inteligencia artificial, de la táctica o de los resultados, lo que recordaré dentro de algunos años serán esas conversaciones con Nicolás, José Antonio y Joaquín. Los debates sobre quién es el mejor personaje de Blue Lock, las discusiones futboleras que se prolongan hasta altas horas de la noche y esa maravillosa sensación de descubrir, gracias a ellos, que siempre existen nuevos mundos por explorar.

Tal vez esa sea la verdadera metavisión: la capacidad de ver, detrás de una simple serie de anime o de un partido de fútbol, recuerdos que terminan acompañándonos para toda la vida.

Gracias Nicolás.

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