Política

¿CRISIS DE INSTITUCIONES O DE PERSONAS?

Por: Alfredo Gidemeister

Constituye casi una costumbre nacional, el quejarse del gobierno y de sus instituciones, así como de los poderes públicos. Desde que era un chiquillo recuerdo a mi abuela quejarse del primer gobierno de Belaúnde, luego de la dictadura militar y nuevamente del segundo gobierno de Belaúnde. De allí las quejas se trasladaron al primer gobierno de Alan García para pasar al decenio de Fujimori. El nuevo siglo comenzó y al poco tiempo ya estábamos escuchando y leyendo las quejas al gobierno de Toledo para continuar con las quejas del segundo gobierno de García.

Hasta ese momento, esta costumbre nacional parecía digamos que moderada, puesto que la economía nacional y mal que bien, el buen manejo de la economía del país hacia que los peruanos -que de per se ya somos quejones- aún viviéramos tranquilos disfrutando de cierta bonanza económica. Sin embargo, con el advenimiento del gobierno de Humala, las críticas y quejas a su gobierno y a los demás poderes del Estado aumentaron.

La sociedad civil se empezó a percatar que la economía comenzaba a desacelerarse hasta prácticamente detenerse y comenzar a retroceder. Conga marcó el punto de pare a las inversiones, tanto extranjeras como nacionales, y los grandes proyectos mineros, entre otros, fueron deteniéndose uno a uno (Tía María, etc.). Cuando PPK asume el gobierno, ya la economía estaba no solo paralizada sino en franco retroceso. Sin embargo, la cosa no mejoró sino todo lo contrario, empeoró. El Perú y los peruanos comenzamos a ser conscientes que una poderosa mafia internacional manejaba los destinos del país y lucraba descaradamente con sus grandes proyectos de inversión, comprando presidentes, ministros, fiscales, jueces, empresarios y a quien se le pusiera al frente.

El nombre de Odebrecht comenzó a escucharse cada vez más en los noticieros y a leerse en los periódicos. La sociedad civil se quejaba de la situación y comenzó a criticar al gobierno y éste a su vez desviaba las críticas de taquito, hacia el Congreso de la República. Pese a las quejas, críticas y lo delicado de la situación, la cosa no mejoraba y no había reacción alguna para solucionar esta situación que finalmente, devino en una crisis institucional con la renuncia (cuasi vacancia) de PPK y la asunción a la presidencia del primer vicepresidente Vizcarra, ya cuestionado desde antes por el escándalo Chincheros, entre otras denuncias, cuando fuera ministro de Transportes y Comunicaciones a punto de ser interpelado y salvado por la campana por el Niño Costero.

Han pasado dos años y medio y la crisis se ha ido asentando cada vez más, ante la incapacidad e ineptitud de un gobierno que pareciera que desde que asumió el poder, no tuviera la menor idea de lo que debería hacerse. Se recurrió al viejo recurso de prometer múltiples obras (mil hospitales, carreteras, colegios, etc.) sin que pudiera cumplir con una sola de sus promesas. Ante tanta incompetencia y las críticas correspondientes, el gobierno solo optaba por tirarle la culpa de la situación al Congreso hasta que procedió a disolver el Congreso, procediendo a gobernar mediante decretos de urgencia y convocando a elecciones de un nuevo Congreso.

Mientras tanto, la economía continuaba paralizada, con la ausencia casi absoluta de obras públicas, inversiones, reconstrucción del norte, etc. y la permanencia de una galopante corrupción que parecía ir envolviéndolo todo, institución pública por institución, siendo neutralizadas cada una de las instituciones públicas (Fiscalía, Procuraduría, Contraloría, Tribunal Constitucional, etc.), así como los demás poderes del Estado, como el Poder Judicial y el nuevo Congreso, el cual ni siquiera ha procedido con revisar los decretos de urgencia promulgados por el Ejecutivo.

Hoy la sociedad civil continúa criticando a diario, cada vez más, especialmente a través de las redes sociales -ya que la gran mayoría de medios de comunicación sobreviven controlados por jugosos pagos por publicidad estatal, callando cobardemente cualquier crítica mínima al gobierno- y la situación pareciera no tener solución ni se vislumbra una luz al final del túnel. Para empeorar aún las cosas, sobreviene la terrible pandemia del Covid 19 a nivel mundial, sorprendiendo al Perú bajo el peor gobierno de su historia, con una economía literalmente paralizada, pero -esta es la parte positiva- con reservas internacionales considerables que podrían permitir una lucha adecuada contra la pandemia. Sin embargo, llegado el mes de setiembre, nada se ha logrado.

El recurrir al populista “sistema” de distribución de bonos -gastando miles de millones de soles de nuestras reservas- no ha dado resultado alguno, y si a eso le agregamos el más que extraño e incomprensible rechazo por parte del gobierno a recibir la ayuda ofrecida por otros Estados -como, por ejemplo, el caso de Israel u China- los cuales nos ofrecieron pruebas moleculares, oxigeno, mascarillas, etc. así como la ayuda del sector privado, el cual ha tenido que imponer su ayuda con plantas de oxígeno y otras ayudas, ante el silencio del gobierno, hacen que en la actualidad, la situación sea desesperada y crítica, habiéndole costado al país miles de vidas -a la fecha cerca de sesenta mil muertes-, mas de siete millones de desempleados hasta el momento, quiebre de cientos de empresas y negocios, pobreza, miseria y desesperación. El gobierno olvidó que en el Perú existe más de un 70% de informalidad. No existe estrategia alguna -solo medidas restrictivas-, ni aislamiento de contagiados con su entorno o la aplicación de pruebas moleculares -descartando las pruebas rápidas que no sirven- tal como se ha hecho en Corea y otros países que han logrado controlar la pandemia. Es el “sálvese quien pueda” y “cuídense como puedan”.

Hasta el momento se sigue criticando con razón al gobierno, al Congreso, a las instituciones públicas, etc. olvidando que no se trata de una crisis de instituciones públicas y poderes del Estado, sino de personas. Tenemos nuevo Congreso y la situación no ha cambiado, sino todo lo contrario, ha empeorado. Se cambian ministros y gabinetes como cancha y la situación no cambia: mas incapacidad, ineptitud, impunidad e indiferencia ante los descarados escándalos de corrupción, cientos de muertes a diario, dolor, sufrimiento humano por doquier, etc. De allí que no se trata de una crisis de instituciones sino de personas.

Necesitamos personas profesionalmente preparadas, con formación, experiencia, capacidad de gestión, principios, valores y que tomen decisiones, cumpliendo metas y objetivos ciertos. Personas que busquen de verdad el bien común de nuestra sociedad civil, dejando de lado los intereses y ambiciones personales. ¡Ya basta de mentiras y demagogias! Pareciera que el gobierno solo busca y nombra ineptos -como el reciente caso de nuestro folklórico, por decir lo menos, “representante” ante la OEA-. Por lo tanto, señores, pensemos en personas, pues la crisis es de personas, no de instituciones. Un gran santo español -San Josemaría Escrivá de Balaguer- dijo alguna vez: “Estas crisis modernas no son otra cosa que crisis de santos”, y en otra ocasión escribió: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere, dependen muchas cosas grandes”. De allí que, tomando en cuenta que el próximo año tendremos elecciones presidenciales y legislativas, hay que saber elegir y elegir bien. Busquemos personas probas. Ya basta de tanta mediocridad, ineptitud y corrupción. Nunca olvidemos que las instituciones las forman y las hacen las personas. De allí que elijamos bien. Después no nos quejemos…

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