
Por: Luciano Revoredo
Hoy, con el corazón apesadumbrado, lamento profundamente la partida de mi gran amigo Fernando Salgado Bambarén, un hombre cuya pasión por la tauromaquia, su generosidad y su espíritu alegre dejaron una huella imborrable en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y contar con su amistad. Fernando se fue, pero su legado como amigo, marino, torero aficionado y cronista taurino vivirá por siempre en los tendidos de Acho y en los corazones de quienes compartimos con él tantas tardes de toros, tertulias y alegría.
Lo conocí a inicios de los años 90, cuando nuestra común afición taurina nos unió en una amistad que se forjó entre el albero y las charlas interminables. Fernando era un taurino en el alma: no solo entendía el arte de la tauromaquia con una profundidad que pocos poseen, sino que lo vivía con una intensidad contagiosa. Juntos compartimos incontables corridas, fiestas y momentos que se convirtieron en recuerdos imborrables. En 1996, trabajamos incansablemente para conmemorar los 50 años de la Feria del Señor de los Milagros en una comisión que promovió la Beneficencia Pública de Lima, un esfuerzo que mostró su compromiso con la fiesta brava, siempre con esa chispa que lo caracterizaba.
Fernando era mucho más que un aficionado. Marino de profesión, buzo intrépido y torero aficionado, vivía la vida con una valentía y alegría que inspiraban. Sus conocimientos taurinos eran vastos, pero lo que realmente lo hacía especial era su bondad y su sentido del humor. Cada tertulia con él era una mezcla de sabiduría taurina, anécdotas y un sentido del humor enorme que hacían que el tiempo volara.
Cuando fundé el portal La Abeja, no dudé un instante en invitarlo a liderar la sección taurina. Sabía que nadie como él podía capturar la esencia de una corrida con la precisión y el cariño que merecía. Durante nueve años, cada domingo por la noche, Fernando enviaba puntualmente sus crónicas, escritas con la pasión de quien no solo observa los toros, sino que los siente en el alma. Sus textos eran un reflejo de su amor por la tauromaquia, pero también de su compromiso con los lectores, a quienes llevaba de la mano a los tendidos de Acho con cada palabra con honestidad y sin compromisos dudosos.
Más adelante, embarcamos juntos en una nueva aventura: Taurineando, el programa taurino de La Abeja TV. Fue otro sueño compartido, una forma de llevar nuestra pasión a más personas y de seguir celebrando la fiesta brava. Fernando se entregaba por completo, con esa energía que parecía inagotable, incluso cuando la enfermedad comenzó a mermar su cuerpo. El último año, su lucha contra la dolencia fue heroica. Recuerdo con admiración y dolor cómo, con un esfuerzo sobrehumano, llegó a la Plaza de Acho para estar presente, para no faltar a su cita con los toros, a pesar de la debilidad que lo aquejaba. Ese gesto resume quién era Fernando: un hombre que vivía por sus pasiones y que nunca se rendía.
Hoy, al enterarme de su muerte, siento un vacío inmenso, una pena enorme. La Plaza de Acho no será la misma sin su presencia, sin su risa, sin sus comentarios certeros desde los tendidos. Pero también se que Fernando deja un legado imborrable. Sus crónicas, sus anécdotas, su amor por la tauromaquia y, sobre todo, su calidad humana seguirán vivos en cada conversación taurina y en cada olé que resuene en la plaza. Nuestra querida Plaza de Acho.
Desde algún tendido celestial, sé que estará viendo las corridas, comentando cada pase con esa pasión que lo definía.
Olé, Fernando, no te olvidaremos. El albero de Acho y los corazones de tus amigos guardarán tu memoria para siempre. Descansa en paz, torero.
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