
Por: José Antonio Anderson
Una sequía espantosa, no llueve desde hace tres años. La pérdida total de humedad provoca una contracción de la arcilla terrestre, creando grietas profundas y destrucción de la estructura del suelo. Los campos están resecos, agostados sin agua, las espigas no brotan pues la hierba se seca apenas asoma. Hay hambruna generalizada. Es el siglo IX a.C. Israel es gobernada por el rey Ajab, quien llegó a pervertirse pues permitió y promovió el culto al falso dios Baal, influenciado por su esposa, la reina Jezabel. Ordenó, además, la destrucción de los altares del Dios verdadero y permitió la persecución y asesinato de los profetas de Yahveh. Su ambición desmedida consintió que su esposa Jezabel acusara falsamente a un hombre llamado Nabot para matarlo y quedarse finalmente con sus propiedades.
En ese contexto, ocurre el encuentro del rey Ajab con el profeta Elías, quien no tiene miedo alguno de enfrentar al propio rey, pues es consciente de servir al verdadero Rey. Cuando Ajab ve a Elías, le pregunta: “¿Eres tú, azote de Israel?” a lo que Elías responde con absoluta firmeza y sin vacilación: “No soy yo el azote de Israel, sino tú y la casa de tu padre, por haber abandonado a Yahveh y haber seguido a los Baales (1 Re. 18:18)”.
El rey Ajab está desconcertado, ha sido desafiado abiertamente, acusado de abandonar al Dios verdadero; y, es más, su dios Baal y sus deidades afines en los que él confía, han sido signados como dioses falsos.
Lo que razonablemente habría seguido es que el rey de Israel ordenara la ejecución inmediata del profeta en ese mismo lugar, pero inesperadamente se detuvo, probablemente sorprendido ante la determinación y seguridad personal de Elías. Lo que sigue a continuación es un desafío aún más atrevido por parte del profeta, quien prácticamente le ordena al rey hacer una convocatoria a sus cuestionados profetas: “… envía a reunir junto a mí a todo Israel en el monte Carmelo, y a los 450 profetas de Baal que comen a la mesa de Jezabel (1 Re. 18:19)”.
Ajab está perplejo y confundido, pero acepta el desafío confiando en sí mismo y en su dios Baal. Seguidamente viene la orden esperada por Elías: “Ajab envió a todos los israelitas y reunió a los profetas en el monte Carmelo (1 Re. 18:20)”.
Una vez ubicados frente a frente, los 450 profetas de Baal y del otro lado el único profeta de Yahveh, Elías. Seguidamente, el hombre de Dios describe en qué consiste el desafío: “Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste.» Pero el pueblo no le respondió nada… Que se nos den dos novillos; que elijan un novillo para ellos, que lo despedacen y lo pongan sobre la leña, pero que no pongan fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, pero no pondré fuego (1 Re. 18:21-23)”.
Primero fue el turno de los sacerdotes de Baal, quienes, al ofrecer el holocausto, invocaban a Baal con voces cada vez más fuertes. El tiempo transcurre, pero no sucede nada. Su dios no responde. Las horas discurren, pero nada. Los sacerdotes danzan alabando a Baal. Se suceden los gritos a una sola voz “¡Baal, respóndenos!”, claman a todo pulmón, pero no hay respuesta.
Es el turno del profeta Elías, quien procede a ofrecer su holocausto a Yahveh. “…se acercó el profeta Elías y dijo: «Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado todas estas cosas. Respóndeme, Yahveh, respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú, Yahveh, eres Dios que conviertes sus corazones». Cayó el fuego de Yahveh que devoró el holocausto y la leña, y lamió el agua de las zanjas. Todo el pueblo lo vio y cayeron sobre su rostro y dijeron: «¡Yahveh es Dios, Yahveh es Dios!» (1 Re. 18:36-39)”.
Entonces Elías les dijo: “«Echad mano a los profetas de Baal, que no escape ninguno de ellos»; les echaron mano y Elías les hizo bajar al torrente de Quisón, y los degolló allí (1 Re. 18:40)”. Después Elías subió a la cima del Carmelo, y se encorvó hacia la tierra poniendo su rostro entre sus rodillas, y clamó a Yahveh pidiéndole lo prometido, la lluvia. Luego dijo a su criado «sube y mira hacia el mar.» El hombre de Dios se quedó orando y esperando. Su criado subió, miró y al regresar le dijo que no hay nada. Él le ordenó que volviera una y otra vez, y esto se repitió seis veces, ante un horizonte vacío y límpido. Pareciera que Yahveh tampoco oiría. Sin embargo, acá debemos recordar otro pasaje del Antiguo Testamento en el que Dios está atento, pues nada escapa a su mirada, y cumple su promesa, es el paso del Mar Rojo cuando el pueblo de Israel aterrorizado porque los jinetes y carros egipcios les pisan los talones y están a punto de darles alcance: “Al rayar el alba, miró Yahveh desde la columna de fuego y humo hacia el ejército de los egipcios, y sembró la confusión en el ejército egipcio (Ex. 14:24)”.
En efecto, Dios no olvida sus promesas. Cuando el criado de Elías subió a la séptima vez y miró hacia el mar dijo: “Hay una nube como la palma de un hombre, que sube del mar. Entonces Elías le dijo: «Sube a decir a Ajab: Unce el carro y baja, no te detenga la lluvia.» Poco a poco se fue oscureciendo el cielo por las nubes y el viento y se produjo gran lluvia (1 Re. 18:44-45)”. El final de la sequía había dejado en claro que Yahvéh es el único Dios, santo y fuerte, cuyo poder rige de manera absoluta sobre la naturaleza.
Los santos Padres de la Iglesia primitiva han visto en la pequeña nube que el criado de Elías vio levantarse del mar a la figura de la Virgen María. Como nube sencilla, pura y ligera, María se alza del mar amargo de la humanidad sumida en el pecado y el sufrimiento, para poner fin a la gran sequía del mundo. Se trata de una interpretación que, aunque no responde al sentido literal del texto, se sirve alegóricamente de aquel acontecimiento para contemplar la vocación y el misterio de la Madre de Dios.
María es la que nos trae la lluvia prometida, al darnos a Jesús, el Salvador. En esta reflexión antigua sobre la visión de Elías, llena de belleza y profundidad, los santos Padres descubren un anuncio de la Inmaculada Concepción.
Ella, la pequeña “sierva del Señor” (Lc. 1,38), pequeña y fecunda como la nubecilla del Carmelo, con su fe y su disponibilidad al proyecto salvador de Dios, ha representado para la humanidad un nuevo inicio en la historia de la salvación. En ella, “pequeña nube” elegida desde siempre por Dios, se ha escondido el Verbo eterno para dar la vida al mundo.
Por eso la lluvia del Carmelo evoca pues la figura de María. Ella es, en efecto, la Kejaritoméne, la “llena de gracia” (Lc. 1,28), la “bendita entre las mujeres” (Lc. 1,42). María es signo de la bendición divina y por ende un signo de Dios, que en ella “ha hecho grandes cosas” (Lc. 1,49). El Señor ha mostrado en ella su amor infinitamente misericordioso, haciéndola digna morada del Mesías, Hijo de Dios, “fruto bendito de su vientre”.
Dios se ha expresado a sí mismo en María, en la que descubrimos su misterio de amor, su comunión perfecta. En ella, “pequeña nube del Carmelo”, “lluvia fecunda de bendición” para la humanidad entera, descubrimos que Dios es Padre porque engendra a Jesucristo, su Hijo, en sus entrañas santísimas. Sabemos que es Hijo porque nace como hijo de mujer en medio de la historia. Y sabemos que es Espíritu de vida, comunión de amor que actúa real y cercanamente entre nosotros.
Esta tradición dio origen en el siglo XIII a la Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, más tarde conocidos como los Carmelitas. Consecuentemente, para la tradición de la Iglesia, María es la “Flor del Carmelo”. Por ello, un antiguo himno que alude a Nuestra Señora del Carmen dice en latín “Flos Carmeli vitis florigera, splendor caeli, virgo puerpera singularis” que significa “Flor del Carmelo, vid florida, esplendor del cielo, Virgen Madre única”.
Acojamos también nosotros a la Flor del Carmelo, María, la Madre del Señor y Madre nuestra. Ella es nuestro modelo en el seguimiento de Cristo, ella es nuestro auxilio y protección en las adversidades de la vida. Ella es la verdadera Madre de la Iglesia, pues si es Madre de la Cabeza de la Iglesia que es Cristo, lo es también del cuerpo que somos cada uno de los discípulos de Jesús. Debemos ponernos en manos de María como el barro blando se pone en las manos del alfarero, como un molde vacío para que ella pueda formar a Jesús dentro de cada uno de nosotros.





