Política

MÁS VALE UN COLORADO QUE CIEN AMARILLOS

Por: José Romero

Hay quienes desdeñan la Historia y se suman a la canción de Lavoe que dice que «tu amor es un periódico de ayer». Craso error de quienes no valoran la memoria escrita. Muchas veces la Historia se repite más de una vez; algunas como «una gran tragedia» y otras como «una miserable farsa» (Marx, quien adaptó lo dicho por Hegel: que la Historia ocurre primero como contingencia y luego como necesidad).

Está claro que cada momento tiene sus circunstancias y sus propios actores, pero no recordar nos puede conducir a graves consecuencias.

En 1990 fue elegido un poco conocido ingeniero, Alberto Fujimori, quien terminó salvando al Perú en medio de un caos generalizado que puso en cuestión su viabilidad como país. Fujimori llegó a la Presidencia a través de un partido desconocido y con poca experiencia en política partidaria y de gobierno. Tras derrotar a Mario Vargas Llosa en la segunda vuelta (junio de 1990), se dio cuenta de que el Programa Heterodoxo de los Samuráis (como denominaron a su equipo económico original) no servía. Con mucho pragmatismo, preparó un Plan Económico Alternativo, similar al que propuso su adversario político y diametralmente opuesto al suyo, el cual lo llevó a la Presidencia bajo el lema del «no shock».

Fujimori asumió la Presidencia teniendo el aparente control de las dos cámaras (Diputados y Senadores), pero solo de forma nominal. Pronto sus «aliados» se unieron y, aprovechando la poca lealtad de varios que llegaron como parte de su partido Cambio 90, le hicieron la vida a cuadritos. Un par de detalles: no le aprobaron el proyecto de Presupuesto para 1991 y muchas de las iniciativas legislativas terminaron en saco roto. El año 1991 no fue diferente; Fujimori estaba atado de manos y se preparaba su vacancia, previo recorte de atribuciones presidenciales (proyecto del ILD de Hernando de Soto).

Su primer gabinete fue presidido por un acciopopulista, Juan Carlos Hurtado, quien fue el encargado de anunciar el llamado Fujishock el 8 de agosto («Que Dios nos ayude»). El gabinete estaba compuesto por el mencionado Hurtado y trece ministros; cuatro de ellos «tiraron la toalla» antes que el propio presidente del Consejo de Ministros.

Fujimori dio tres cupos a la izquierda (Amat y León en Agricultura, Hélder en Educación y Sánchez Albavera en Energía y Minas) y uno a un académico calculador que buscaba un trampolín, Pennano Allison, quien se aupó al carro. De este gabinete surgieron tres figuras clave que luego serían el soporte del primer gobierno de Fujimori: Yoshiyama, Torres y Torres Lara, y Antonioli.

El gabinete presidido por Hurtado Miller duró 6 meses y 18 días, siendo reemplazado en la PCM el 15 de febrero de 1991 por Carlos Torres y Torres Lara (padre de Miguel Torres, actual presidente del Senado) y en el MEF por Carlos Boloña, en la misma fecha.

Alberto Fujimori tuvo un camino de piedras y espinas para reordenar la economía y combatir la subversión, al punto que ello explica las acciones llevadas a cabo hasta el 5 de abril de 1992. Entre esta fecha y el inicio de su mandato (28 de julio de 1990), Fujimori fue «aprendiendo» a gobernar y a tomar decisiones para enfrentar a una oposición cada vez más virulenta y obstruccionista.

Hoy, Keiko Fujimori (hija de Alberto Fujimori) llega al gobierno tras tres intentos, apoyada por Fuerza Popular —el partido político más fuerte—, con el control de la Cámara de Senadores (por diferencia de un voto) y sin mayoría en la Cámara de Diputados. Esta última amenaza con no otorgarle facultades legislativas por 120 días, necesarias para afrontar inicialmente la inseguridad, las consecuencias del Fenómeno del Niño y el relanzamiento de la economía. Incluso, la opositora Cámara de Diputados podría dedicarse a interpelar y censurar ministros, haciendo imposible llevar a cabo las políticas públicas requeridas para gobernar.

La presidenta Keiko Fujimori ha convocado a un gabinete variopinto (haciendo caso a quienes pedían una «ancha base») en el que hay antiguos y cerrados opositores como los ministros Beingolea (Cultura), Belaúnde (Defensa), Sheput (Trabajo) e incluso Espá (Relaciones Exteriores). Esperemos resultados, y no traiciones ni agendas propias como ocurrió en el gabinete de julio de 1990 a febrero de 1991.

Lo cierto es que Keiko Fujimori está ganando la calle como lo hizo su padre; esperemos que el Congreso no repita la historia de hace 36 años. Ojalá que la izquierda, sus aliados y algunos más de derecha piensen con la cabeza, y que Keiko Fujimori entienda que, si los adversarios no la respetan, la tienen que temer. El escenario no está para sonrisas ni reconciliaciones: es momento de mostrar los dientes.

Al pueblo, obras y resultados; a quienes intenten frenar al gobierno, un buen «estate quieto» no estaría de más. Como diría mi difunta madre: «Más vale un colorado que cien amarillos».

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