La columna del Director

LA REPÚBLICA DE LOS IMBÉCILES

Por: Luciano Revoredo

Ser un imbécil no es un insulto, sino la descripción de una carencia: la falta de apoyo o criterio propio. Se refiere a personas que operan con una torpeza profunda, ya que no poseen los pilares mentales necesarios para interpretar su entorno de forma lógica ni para sustentar sus acciones en la realidad. Etimológicamente el imbécil es aquel que carece de báculo o bastón, el que es mentalmente débil, el que no tiene dónde apoyarse y, por ende, camina dando tumbos hacia el precipicio.

El español Rafael Núñez Florencio, en Filosofía de la imbecilidad, señala “… más allá de lo bueno o lo malo, lo que nos guste o desagrade, la imbecilidad es una característica de los seres humanos, no diré por ahora si excepcional o generalizada, del mismo modo que existen o se dan otros rasgos físicos o psíquicos.  Hay imbéciles como hay cojos, tartamudos, gordos, rubios o miopes”.

En el Perú, la palabra “imbécil” en su sentido estricto es la descripción de buena parte de nuestro electorado. Hoy, esa debilidad, esa tara intrínseca de esa parte de nuestra población, esa falta absoluta de criterio y fundamentos, esa incapacidad de razonar medianamente es el motor que mueve las urnas y que pretende entronizar a personajes que, como Roberto Sánchez, proponen la destrucción deliberada de nuestra viabilidad como país.

Ser un imbécil político en el Perú actual  es una elección de vida. Es el ciudadano que, en una mezcla de pereza intelectual, ceguera emocional, ignorancia invencible y resentimiento ancestral, decide ignorar que el dinero de las reservas nacionales no le pertenece al político de turno para su dispendio, sino que es el seguro de vida de 33 millones de personas.

El imbécil vota por el que le promete el asalto al tesoro público bajo la narrativa del reparto y la justicia social, sin entender que está votando por la hiperinflación de mañana. Carece del “bastón mental” que podría sostener su razón si no fuera tan imbécil y olvida que cada vez que un caudillo ha propuesto quemar las naves y redactar constituciones a medida para concentrar poder, el resultado no ha sido la justicia, sino la miseria y la tiranía. El imbécil peruano no aprende.

Por otro lado esta orfandad de juicio es el caldo de cultivo perfecto para la manipulación algorítmica de las malhadadas redes sociales. No es que el votante sea engañado, es que desea ser engañado. Los algoritmos de redes sociales actúan como la droga que el imbécil consume para no tener que enfrentar la realidad.

El elector imbécil prefiere el video de quince segundos de un candidato bailando o gritando sandeces en TikTok que un análisis de cinco minutos sobre sostenibilidad fiscal. Y en ese permanente baño de superficialidad, el algoritmo le va a dar cada vez más de lo que busca  el muy cacaseno, recibe así una sobredosis personalizada de miedo y resentimiento a la medida de sus carencias.

Se le convence de que el ahorro nacional es su enemigo y que el que propone dilapidarlo es su salvador. El algoritmo no crea al imbécil, solo lo potencia y lo mantiene en una burbuja donde su falta de criterio es validada por otros miles de iguales.

Lo más trágico de la imbecilidad política peruana es su carácter suicida. El elector de a pie, el que lucha por llegar a fin de mes, es precisamente quien termina aclamando propuestas que destruirán su empleo y devaluarán su moneda. Es un acto de masoquismo cívico: se entrega el poder a quien propone una nueva Constitución no para garantizar derechos, sino para demoler los controles que impiden que el Estado se convierta en una bota sobre el cuello del ciudadano y crear simultáneamente generaciones de miserables.

Votar por la destrucción económica bajo el disfraz de cambio y justicia es la prueba máxima de que, como sociedad, hemos perdido la racionalidad. El imbécil no analiza planes de gobierno porque no sabe o no quiere procesar las consecuencias de sus actos. Su lealtad es un impulso eléctrico, una reacción química a un mensaje de WhatsApp, una entrega total de su soberanía personal al postor que mejor sepa explotar su ignorancia.

Si el Perú decide seguir siendo una nación de imbéciles, el destino está escrito. La historia no perdona a los pueblos que eligen la torpeza profunda sobre el juicio crítico. Cuando las reservas se agoten, cuando la economía sea un campo de ruinas y la libertad sea un recuerdo bajo una tiranía constitucional, el votante no podrá decir que fue engañado.

Tendrá que aceptar que su propia debilidad mental, su falta de criterio y su desprecio por la verdad fueron los que le abrieron la puerta a la miseria. Al final del día, una democracia de imbéciles solo puede producir un gobierno de tiranos.

1 comentario

  1. Sr. Director, creo que se equivoca, no es bueno hablar por la herida, ni tomar decisiones con la cabeza caliente. La alianza universidades-medios, que ha invisibilizado al candidato de RN sumado al plan de la izquierda que permitió de la mano de vizcarra, inscribirse con 15,000 firmas, ha hecho posible esta situación. la otra cosa es que los peruanos no han llegado a comprender, la realidad de la municipalidad de Lima al asumir López Aliaga, y las críticas se han centrado en el endeudamiento. Creo que como de costumbre la derecha ha fallado en el tema comunicacional. Se necesita un émulo de Charlie Kirk y su Prove me Wrong. Otra cosa, que también es necesaria es calmar los ánimos y faltó ilustrar al peruano del nivel socioeconomico C, que el Perú podría ser otro Qatar. No se ha desmontado las falacias izquierdistas sobre el candidato. Y no se ha podido poner en marcha el tren Lima Chosica. El candidato debió construir una pequeña estación en Chosica con la ayuda de sus amigos y bienechores, y financiar viajes gratuitos de extremo a extremo y mediante la estrategia de los hechos consumados contraponer el pueblo al ministerio de transporte.

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