La columna del Director

RESPUESTA AL SEÑOR JORGE MARTÍNEZ RESPECTO A SU CRITICA TEOCRÁTICA AL IDEARIO DE RENOVACIÓN POPULAR

El texto presentado por Jorge Martínez, bajo el título “Renovación Popular y Revolución Popular” y reproducido por algunos entusiastas ignaros en doctrina católica, pretende erigirse como una crítica teológicamente fundamentada contra el ideario de Renovación Popular, acusándolo de ambigüedad y de ceder al espíritu revolucionario anticristiano.
Sin embargo, desde una perspectiva católica, el análisis de Martínez incurre en errores graves al politizar la fe, ignorar la neutralidad de la Iglesia en asuntos de forma de gobierno y desvirtuar el magisterio eclesial para justificar una postura ideológica particular. A continuación algunos puntos al respecto.
1. La Iglesia no hace política: Neutralidad en formas de gobierno
La Iglesia Católica, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2245), “no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está vinculada a sistema político alguno”. Martínez comete un error fundamental al exigir que un partido político como Renovación Popular adopte explícitamente un discurso teocéntrico, confesional y militante, subordinado al Reinado Social de Cristo, como si esta fuera la única forma legítima de acción política católica. Esta postura contradice la enseñanza de León XIII en Immortale Dei (1885), donde afirma: “La Iglesia no condena ninguna de las diversas formas de gobierno, con tal que sean aptas para procurar el bien de los ciudadanos”.
La insistencia de Martínez en un modelo político jerárquico y explícitamente confesional ignora la libertad que la Iglesia otorga a los laicos para organizarse políticamente según las circunstancias de su tiempo, siempre que respeten los principios no negociables (vida, familia, libertad religiosa).
El ideario de Renovación Popular, al hablar de “humanismo cristiano”, “libertad” y “bien común”, no traiciona la fe católica, sino que busca traducir los principios cristianos en un lenguaje accesible para una sociedad plural. Esto es coherente con la exhortación de San Juan Pablo II en Christifideles Laici (1988): “Los fieles laicos están llamados a asumir su responsabilidad en la vida pública, dando testimonio de su fe mediante obras concretas”.
Renovación Popular no está obligada a proclamar “¡Cristo Rey!” en un documento político, sino a promover políticas que reflejen los valores evangélicos, como la defensa de la vida, la familia y la justicia social, algo que su ideario sí contempla al priorizar la persona y los derechos fundamentales.
2. Descalificación de la crítica de Martínez: Politización de la fe
Martínez acusa a Renovación Popular de ambigüedad al usar términos como “humanismo cristiano” y “persona”, sugiriendo que estos son concesiones al secularismo y al antropocentrismo revolucionario. Esta crítica es injusta y descontextualizada. El término “humanismo cristiano” tiene raíces en el magisterio católico, como lo demuestra Pío XI en Divini Redemptoris (1937), donde se distingue un humanismo cristiano auténtico, centrado en la dignidad de la persona creada a imagen de Dios, del humanismo secular que exalta al hombre sin referencia a lo divino.
Renovación Popular no promueve un antropocentrismo secular, sino que, al hablar de la “persona” y el “bien común”, se alinea con la antropología católica que reconoce la dignidad humana derivada de su origen y fin en Dios (Gaudium et Spes, n. 12).
Martínez cita a San Pío X en Notre Charge Apostolique (1910) para advertir contra el “enfeudamiento” del catolicismo a la democracia, pero malinterpreta el contexto.  San Pío X condenaba la identificación del catolicismo con un partido político específico, no el uso de la democracia como herramienta para el bien común. Renovación Popular no pretende “enfeudar” la religión, sino operar dentro de un sistema democrático que, en el contexto peruano, es la forma de gobierno legítima. La acusación de “fetichismo democrático” es una exageración que linda con la mala leche y  que ignora la enseñanza de Pío XII en su Mensaje de Navidad de 1944, donde afirma que la democracia, si está bien ordenada y respeta la ley moral, es compatible con la fe católica.
3. Defensa católica de Renovación Popular
El ideario de Renovación Popular, al enfatizar la defensa de la persona, la familia y los valores cristianos, refleja principios católicos fundamentales sin necesidad de adoptar el tono militante que exige Martínez. La Doctrina Social de la Iglesia, anima a los laicos a promover el bien común a través de estructuras políticas que respeten la subsidiaridad, la solidaridad y la dignidad humana. La propuesta de un “Estado descentralizado” y el respeto a la “democracia, la ley y los derechos fundamentales” son coherentes con esta enseñanza, ya que buscan un orden social que facilite la participación ciudadana y proteja la libertad religiosa, base para el culto público a Dios.
Además, la omisión de una mención explícita al Reinado Social de Cristo no implica una negación de la fe. Como enseña Benedicto XVI en Deus Caritas Est (2005, n. 28), “la Iglesia no puede ni debe tomar en sus manos la batalla política para realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe reemplazar al Estado”.
Renovación Popular, como partido político, no tiene la obligación de adoptar un lenguaje confesional, sino de traducir los principios cristianos en políticas públicas. Su defensa de la familia y los derechos fundamentales es un paso concreto hacia la promoción de un orden social alineado con la ley natural, como lo exige la encíclica Casti Connubii de Pío XI (1930) al defender el matrimonio y la familia como pilares de la sociedad.
4. El catolicismo y la política
Martínez exige un “catolicismo militante” que proclame a Cristo Rey como base de toda acción política, pero esta postura incurre en un error que desvirtúa la misión de la Iglesia y la libertad de los laicos. La Iglesia, como señala León XIII en Sapientiae Christianae (1890), “no pretende imponer una forma específica de gobierno, sino que los católicos trabajen por el bien común según las circunstancias de su nación”.
La visión de Martínez, al demandar una “cruzada contrarrevolucionaria” y rechazar el consenso democrático, se acerca peligrosamente a una teocracia que la Iglesia nunca ha impuesto. El Reinado Social de Cristo, proclamado por Pío XI en Quas Primas (1925), no implica un sistema político específico, sino la subordinación de las leyes humanas a la ley moral divina, algo que Renovación Popular puede lograr al defender la vida, la familia y la libertad dentro del marco democrático.
La acusación de que Renovación Popular “entrega” el Perú al “globalismo ateo” carece de fundamento. El ideario no promueve agendas contrarias a la fe, como el aborto o la ideología de género, sino que prioriza la persona y la familia, principios alineados con la enseñanza de San Juan Pablo II en Familiaris Consortio (1981).
La crítica de Martínez a la falta de “combate doctrinal” contra el marxismo, el liberalismo o la Agenda 2030 ignora que un partido político no es una orden religiosa ni una escuela teológica. Su función es proponer políticas concretas, no librar cruzadas espirituales, que corresponden a la Iglesia y a los fieles en su vida personal.
Finalmente, el tono apocalíptico de Martínez, que acusa a Renovación Popular de ser “instrumento útil de la Revolución anticristiana”, es injusto y divisivo. La Iglesia, como enseña  Evangelii Gaudium (2013, n. 183), llama a los católicos a trabajar por el bien común sin caer en polarizaciones estériles.
Al descalificar a Renovación Popular por no adoptar un lenguaje militante, Martínez ignora la diversidad legítima de enfoques políticos católicos y siembra discordia entre los fieles, contradiciendo la caridad cristiana que debe guiar toda acción.
El texto de Martínez, aunque invoca la tradición católica, cae en el error de politizar la fe y exigir un modelo político confesional que la Iglesia no impone. Renovación Popular, con su ideario centrado en la persona, la familia y el bien común, actúa dentro del marco legítimo de la Doctrina Social de la Iglesia, promoviendo valores cristianos en un contexto plural sin necesidad de un lenguaje militante.
La crítica de Martínez, al basarse en una interpretación divisiva, no solo malinterpreta el magisterio, sino que debilita la unidad de los católicos en la esfera pública.
Como advierte San Pablo (1 Cor 1, 10), “os exhorto, hermanos, a que no haya divisiones entre vosotros, sino que estéis perfectamente unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir”.
Renovación Popular, lejos de traicionar la fe, ofrece un camino viable para que los católicos peruanos defiendan sus principios en la arena política, respetando la neutralidad de la Iglesia y la libertad de los laicos.
Desde una perspectiva católica, mezclar la Iglesia con la política, especialmente cuando se impulsa una forma de  fanatismo que exige un modelo político confesional, representa un peligro grave tanto para la fe como para el orden social.
El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2246) advierte que la misión de la Iglesia es espiritual, no política, y aunque los católicos deben llevar los principios de la fe a la esfera pública, la institución eclesial debe permanecer neutral frente a las formas de gobierno. El fanatismo, como el que exige un “catolicismo militante” que subordine toda política a un lenguaje confesional, desvirtúa esta neutralidad y puede llevar a la instrumentalización de la fe para fines partidistas, dividiendo a los fieles y alejándolos de la caridad cristiana. Como enseñó Benedicto XVI en Deus Caritas Est (2005, n. 28), “la Iglesia no puede ni debe tomar en sus manos la batalla política”, pues hacerlo arriesga convertir la fe en ideología, alimentando polarizaciones estériles y alejando a las almas de su fin sobrenatural.

2 Comentarios

  1. RESPUESTA AL DIRECTOR DE LA ABEJA ANTE SU DEFENSA AMBIGUA DEL PARTIDO RENOVACIÓN POPULAR
    I. Una respuesta necesaria a los aduladores de la mediocridad
    Una vez más, alzamos la pluma no por gusto de polemizar, sino por fidelidad a la Verdad. Un texto titulado “Respuesta al señor Jorge Martínez respecto a su crítica teocrática al ideario de Renovación Popular” pretende reducir a polvo el planteamiento católico que presentamos. Pero al intentarlo, no hace más que confirmar su raíz liberal y progresista.
    Quien firma dicha “respuesta” invoca encíclicas, documentos e incluso al Magisterio, pero como el demonio en el desierto: citando las Escrituras no para defender la Verdad, sino para tergiversarla. Y por eso es necesario responderle con claridad, sin concesiones, como lo haría un cruzado al oír que le quieren negar la realeza de Cristo en nombre de una democracia neutral.
    II. Neutralidad política: el ídolo moderno del católico domesticado
    Comienza el documento reafirmando la vieja cantinela liberal: que la Iglesia no debe mezclarse con la política, que los partidos no tienen por qué proclamar el Reinado Social de Cristo. Es decir: que Cristo Rey, en la práctica, sea Rey sólo en las sacristías… ¡pero no en el Congreso!
    Citan el Catecismo n.º 2245 y la encíclica Immortale Dei de León XIII para justificar la supuesta “neutralidad” de la Iglesia. Pero olvidan —o deliberadamente omiten— lo más importante: que León XIII defendía la legitimidad de distintas formas de gobierno solo en la medida en que se sometieran a la ley natural y a la soberanía de Dios. La forma puede variar; pero la sustancia debe ser cristiana.
    Sorprende —o quizá ya no— que el señor Director de La Abeja intente justificar esa “neutralidad” apelando precisamente a Immortale Dei. Pero más que sorprender, entristece: porque en lugar de nutrir con la miel de la verdad católica, esta abeja fabrica vinagre adulterado con medias verdades.
    Cita el Director: “La Iglesia no condena ninguna de las diversas formas de gobierno, con tal que sean aptas para procurar el bien de los ciudadanos.” Pero esta frase ha sido deliberadamente mutilada, amputada de sus condiciones esenciales, como si se pudiera presentar una doctrina seccionada sin traicionar su espíritu.
    La frase completa, tal como figura en el texto oficial del Vaticano, dice lo siguiente:
    “No queda condenada por sí misma ninguna de las distintas formas de gobierno, pues nada contienen contrario a la doctrina católica, y todas ellas, realizadas con prudencia y justicia, pueden garantizar al Estado la prosperidad pública.” (Immortale Dei, n.º 18)
    ¿Qué omite La Abeja en su cita selectiva? Nada menos que la cláusula clave que establece el criterio doctrinal: “pues nada contienen contrario a la doctrina católica.” Es decir, la Iglesia no bendice toda forma de gobierno per se, sino únicamente aquellas que no contradigan su doctrina. Esta es la diferencia entre una política tolerada en circunstancias históricas concretas, y una política verdaderamente católica. Entre lo lícito en caso de necesidad, y lo ideal según el orden querido por Dios.
    Ahora bien, cuando una democracia liberal se declara neutral frente a Dios, relativista en los valores y promotora de principios contrarios a la ley natural —como la ideología de género, el aborto, o el culto al consenso humano—, entonces sí contiene elementos contrarios a la doctrina católica. Y por tanto, no puede ser objeto de aprobación moral. Y mucho menos de complicidad.
    Por tanto, al citar a medias a León XIII, el Director de La Abeja no solo falta a la fidelidad doctrinal: manipula el Magisterio para justificar una sumisión práctica de los católicos al orden revolucionario, revestido de lenguaje edulcorado, casi piadoso.
    El peor error no es el error declarado, sino la verdad amputada, usada como máscara del error. Y eso es exactamente lo que aquí se ha hecho: presentar una parte de la enseñanza de la Iglesia como si fuera el todo, con el resultado de vaciarla de su fuerza contrarrevolucionaria.
    Recuerde, señor Director de La Abeja, que León XIII no sólo toleró que los católicos participen en política, sino que les impuso la obligación moral de hacerlo conforme a su fe. Dijo con claridad meridiana: “Los católicos, en virtud de la misma doctrina que profesan, están obligados en conciencia a cumplir estas obligaciones con toda fidelidad. De lo contrario, si se abstienen políticamente, los asuntos políticos caerán en manos de personas cuya manera de pensar puede ofrecer escasas esperanzas de salvación para el Estado.” (Immortale Dei, n.º22)
    Pero, ¿puede llamarse fidelidad a Cristo el hecho de silenciar su nombre por cálculo electoral? ¿Es acaso católica una conciencia que esconde el Evangelio para no “dividir” al electorado? ¿Qué clase de “esperanza” ofrece Renovación Popular si guarda silencio sobre el Reinado Social de Cristo y, al menos en la práctica, evita mencionar públicamente a Dios? ¿No es esto, si no una claudicación explícita, al menos una vergonzosa complicidad con el laicismo moderno?
    La verdadera esperanza no puede construirse sobre la vergüenza de la fe. El católico está llamado a transformar el mundo según la doctrina que profesa, no a camuflarla para complacer al mundo. Donde Cristo no reina, reina el enemigo. Y por eso, un partido que silencia sistemáticamente a Cristo en nombre del “pragmatismo” no es una esperanza para el Perú católico, sino una trampa disfrazada de miel: un colaboracionismo decorado con incienso, un campo de entrenamiento para católicos domesticados, inofensivos para la política anticristiana.
    III. ¿Humanismo cristiano o cristianismo humanista? La confusión deliberada
    Empecemos por señalar que el Director de La Abeja cita para justificar su postura “humanista” la Exhortación Apostólica Christifideles Laici : “Los fieles laicos están llamados a asumir su responsabilidad en la vida pública, dando testimonio de su fe mediante obras concretas”.
    Sin embargo, esta cita, como tantas otras en su discurso, está amputada de su contexto y espíritu. En realidad, Christifideles Laici, en el texto oficial del sitio del Vaticano, advierte con claridad:
    “Frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y [a] la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas.” (cf. Christifideles Laici, n.2)
    Es decir, la Exhortación Apostólica no promueve un “humanismo cristiano” diluido en compromisos ambiguos, sino que denuncia la tentación de separar la fe de la vida pública. No habla de un testimonio genérico, sino de una acción concreta y conforme al Evangelio en todas las esferas temporales, incluida —y con urgencia— la política.
    El intento de presentar una postura “neutral”, “abierta”, o “humanista”, como si fuese la opción más cristiana, es una de las formas más sutiles de traicionar al Evangelio. Porque en nombre de un supuesto “diálogo” con el mundo moderno, se silencia a Cristo que vino a traer no la paz de la componenda, sino la espada de la Verdad (cf. Mt 10,34).
    En definitiva, ¿de qué sirve citar documentos eclesiásticos si se tergiversan o se usan para justificar una versión edulcorada de la fe? ¿No es esta justamente la estrategia del modernismo condenado por San Pío X: “un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor.”(cf. Pascendi, 1907).
    ¿Renovación Popular promueve un humanismo cristiano… o un cristianismo domesticado por el humanismo liberal? En vez de dar testimonio de Cristo Rey en lo público, se mimetiza con la Revolución. Y si el fruto del árbol revela su raíz, este humanismo ambiguo no nace del Evangelio, sino del mismo espíritu que negó a Nuestro Señor su corona en el pretorio: “No tenemos más rey que el César” (Jn 19,15).
    Además pretenden justificar el uso de la expresión “humanismo cristiano” apelando a Pío XI. ¡Qué tergiversación! Cuando Pío XI habla de “humanismo cristiano”, lo hace en oposición frontal al comunismo ateo, no como sinónimo de conciliación con el mundo moderno.
    El problema no está en la palabra, sino en el contexto. Cuando “humanismo cristiano” se usa como disfraz para el personalismo liberal, para colocar a la “persona” como centro y fin de la política, sin referirla expresamente a Dios y a la ley eterna, entonces no estamos ante Pío XI sino ante Maritain, el gran artífice del “cristianismo sin cruz”, el amigo de la Revolución.
    Hablan de la “persona” con un lenguaje tan genérico que se puede aplicar tanto a Santo Tomás como a la ONU. ¿Dónde está la distinción entre el hombre redimido por Cristo y el hombre caído por el pecado original? ¿Dónde está la afirmación de que la sociedad debe ordenarse según el plan divino y no según el consenso humano?
    IV. La democracia como dogma: el nuevo becerro de oro
    Según el infalible juicio del Director de La Abeja, criticar la democracia moderna es un acto de “fanatismo”. Se atreve incluso a tachar de “teocrático” y “divisivo” al que proclama el Reinado Social de Cristo. ¿Desde cuándo defender una verdad de fe es motivo de oprobio? ¿Desde cuándo proclamar a Cristo Rey se convirtió en delito de pensamiento entre católicos?
    Citan a Pío XII para justificar su entusiasmo democrático. Pero, como suele ocurrir, omiten lo esencial. En ese mismo Mensaje de Navidad de 1944, el Papa enseña con claridad:
    “La dignidad del Estado es la dignidad de la comunidad moral que Dios ha querido, y la dignidad de la autoridad política es la dignidad de su participación de la autoridad de Dios.”
    ¿Cómo conciliar esta doctrina con una democracia que proclama su autonomía absoluta, que se construye desde el pueblo como fuente única de soberanía, y que excluye deliberadamente a Cristo del orden legal y social?
    San Pablo es tajante: “No hay autoridad sino bajo Dios” (Rom 13,1). Y el Catecismo enseña que “Los regímenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden realizar el bien común de las naciones en las que se han impuesto.” (cf. CIC 1901). ¿Cómo puede entonces justificarse una democracia que legisla contra la ley natural, promueve el aborto, la ideología de género, y se ufana de su neutralidad religiosa?
    Acusar de “fanático” al que exige que Cristo reine sobre la sociedad es, en última instancia, acusar de fanático a San Pío X, a Pío XI, a León XIII, a toda la tradición católica que enseñó con claridad que la política debe someterse al Evangelio.
    En realidad, el término “fanatismo” es frecuentemente usado por la Revolución para descalificar a los católicos fervorosos, intransigentes con el error y fieles al orden cristiano. No se trata de un desvarío irracional, sino de una virtud combativa y sobrenatural, heredera del espíritu de cruzada, que une la firmeza doctrinal con la caridad verdadera.
    Se quiere un Cristo Salvador… pero no un Cristo Rey. Se quiere la redención sin el dominio, el altar sin el trono. ¿Y cómo se llama eso sino liberalismo católico, tantas veces condenado por los Papas?
    En definitiva, se ha cambiado el Reinado de Cristo por el reinado del número, la Verdad por el consenso, el Evangelio por la urna. Pero quien pone a la democracia por encima de Cristo, ha fabricado un nuevo becerro de oro… y lo adora en nombre de la “prudencia”.
    ¡Neutralidad, neutralidad… cuántos pecados se cometen en tu nombre! Bajo tu máscara hipócrita, se niega a Cristo en el foro público y se entrega el Estado a los enemigos de la fe.
    V. Un partido sin combate doctrinal: ¿arma o instrumento útil de la Revolución?
    Dicen que un partido político no tiene por qué combatir ideologías como el marxismo, el liberalismo o el globalismo. Pero eso es lo mismo que decir que el médico no tiene por qué combatir las enfermedades, sino sólo cuidar al paciente. ¡Qué cobardía disfrazada de prudencia!
    ¿Cómo puede un partido “cristiano” no denunciar a viva voz la Agenda 2030, la ideología de género, el aborto, la disolución de la familia, la destrucción de la patria? Si no lo hace, ¿qué sentido tiene llamarse Renovación Popular? ¿Renovación de qué? ¿De estructuras vacías? ¿De un Perú sin Cristo?
    Renovación Popular, al no proclamar el Reinado Social de Cristo, se vuelve útil al sistema revolucionario. Es el clásico “catolicismo inofensivo” que sirve de anestesia al pueblo mientras el mundo se hunde en la apostasía.
    VI. Cristo no pidió neutralidad: pidió combate
    Dicen que la Iglesia no debe “tomar en sus manos la batalla política”. ¡Cuánto error! Es cierto que no debe suplantar al Estado. Pero también es cierto que no puede ser neutral frente al pecado social, a la apostasía colectiva y a las leyes inicuas.
    San Ambrosio excomulgó a un emperador. San Pío V excomulgó a Isabel de Inglaterra. San Pío X denunció a la democracia cristiana que quería “bautizar” la Revolución. ¿Acaso todos ellos eran fanáticos teocráticos?
    Porque, en el fondo, para La Abeja, toda acción católica debe limitarse al ámbito privado o eclesiástico, y no debe “contaminar” la política. ¡Neutralidad, otra vez tú! Esa neutralidad cómoda, vergonzosa y suicida que prefiere silenciar a Cristo antes que incomodar al César. Pero quien se avergüenza de Cristo ante los hombres, ya sabe qué le responderá Él ante el Padre (cf. Mt 10,33).
    VII. Conclusión: el falso centrismo es traición, no virtud
    Quien pretenda reducir el catolicismo a “valores compartibles”, sin afirmar que Cristo es Rey no solo del alma, sino también de las leyes y de la política, se hace cómplice de la Revolución anticristiana.
    No basta oponerse al aborto si se acepta el principio liberal que lo justifica. No basta hablar de familia si no se combate la ideología que la disuelve. No basta invocar la persona si se niega la soberanía de Cristo.
    Y por eso, reafirmo mi crítica: Renovación Popular, tal como está formulado su ideario, no es un baluarte contra la Revolución dentro de la política, sino un vehículo que la disimula bajo lenguaje cristiano. Peor aún: actúa como una derecha domesticada —neutraliza la reacción contrarrevolucionaria, amortigua la intransigencia doctrinal y disuelve el combate católico en un mar de tibieza, cálculo electoral y falso “realismo”.
    En lugar de proclamar con fuerza el Reinado Social de Cristo, pide permiso para hablar de “valores”. En vez de combatir el error, lo tolera en nombre del “diálogo”. Y así, mientras aparenta resistir, colabora con la Revolución.
    “No he venido a traer la paz, sino la espada” (Mt 10,34)
    Quien tema dividir, que recuerde que Cristo divide a los fieles de los infieles, a los valientes de los tibios, a los que le confiesan como Rey de la historia de los que lo encierran en lo íntimo.
    Y si decir esto es “fanatismo”, que lo digan. Porque prefiero ser fanático de Cristo Rey, que siervo mudo de una democracia anticristiana.
    Jorge Martínez
    Refutación de un Peregrino.

  2. Es renovación popular el partido de la Iglesia católica en el Perú? Han identificado los obispos peruanos a renovación como el partido de la Iglesia, luego, cualquier identificación de renovación como partido de la Iglesia, es un despropósito.

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