Política

THE BIG BANG THEORY.

La Teoría del Átomo Primigenio, o de La Gran Explosión, aplicada como explicación marxista de la realidad peruana.

Por Francis W. Butters.

La Teoria del Átomo Primigenio como el origen del universo, de todo lo que existe, fue elaborada por el sacerdote católico, científico, físico y astrónomo Belga, Georges Henry Joseph Édouard Lemaître, profesor de la Universidad Católica de Lovaina, y más tarde corroborada experimentalmente por el astrónomo norteamericano Edwin Hubble, quien la llamó la Teoría de la Gran Explosión.

Esta teoría sostiene que: “el universo, como lo conocemos hoy, fue concebido en una explosión masiva, que se originó hace aproximadamente 13.7 billones de años, en un punto extremadamente caliente y denso, desde el cual se empezó a expandir y desde donde sigue extendiéndose permanentemente.”

Se preguntará Usted, amable lector, como es que un tema bastante científico, pudiera remotamente relacionarse a la realidad nacional peruana, y mucho menos a su situación política? Pues lo invito a revisar las explicaciones de nuestros teóricos para ver conmigo, si la comparación es aplicable.

¿Por qué la gran explosión?

Los teóricos de la izquierda intelectual, los micro-astrónomos del cosmos novo-andino y post-colonial, también encuentran un punto a partir del cual pueden señalar a ese “átomo primigenio” de nuestra nacionalidad y/o del origen de los problemas nacionales. Estos Magi post coloniales, no los del Evangelio de Mateo; no se remontan en su teoría a 13.7 billones de años atrás, sino a un punto bastante más cercano en el tiempo, y han impreso en sus carnes (y en las de todos su rebaño), con un hierro ardiente, a los 200 Años, como el momento clave de esa “gran explosión” que crea nuestro universo político.

Jaime de Althaus, en su última columna, nos habla de los “Universos Paralelos”, a lo que me permitió comentarle que los universos, tienen siempre un creador, lo que me inspiró a hacer estas reflexiones.

Los creadores de la interpretación de nuestra astronomía política, doctorados todos en la Universidad de La Vaina, han encontrado a este punto en nuestra historia, a esos doscientos años, como un momento de definición del mundo en que vivimos. Es como si no hubiera un antes, y como si el después no importara en lo más mínimo. En el antes histórico, político y social, de lo que vino a llamarse Perú, solo después de la llegada de los españoles, ”las temperaturas y densidades”, parecen no ser de suficiente importancia para que nuestros científicos sociales, se molesten en incluirlas en su análisis de la nacionalidad, así que son convenientemente ignoradas. La conquista del Tawantinsuyu por los Incas, la subyugación de los pueblos conquistados, la asimilación por los quechuas, la imposición de los mitimaes, la imposición de un sistema de tributación y del idioma, los sacrificios humanos de niños a la Pacha Mama, y la guerra fratricida entre Huáscar y Atahualpa, que culminó con el asesinato del primero, o la asimilación de la nobleza incaica a la jerarquía del gobierno del Virreinato del Perú, parecen no tener relevancia alguna, en cómo se comprende la historia, o la realidad política y social del Perú de hoy.

Cesar Hildebrandt comenta en su último video la guerra fratricida entre Huáscar y Atahualpa. Dice, “… cuando Atahualpa gana, derrota a las tropas de su hermano, entra al Cuzco al exterminio. Su misión era terminar con el linaje inca. Mata a todos los relacionados con su hermano Huáscar. Mata a la familia, mata a hombres, mujeres, niños; sobre todo niños. Claro no nos cuentan eso, también venimos de allí. Tenemos mucho de cainitas.”

Esto, por si acaso, sucedió mucho antes de los famosos 200 años, del Big Bang de nuestros problemas nacionales.

Las izquierdas, tanto la intelectual como la política y la abiertamente violenta, que hoy baten los tambores de la guerra civil, los derechos humanos de quienes ellos incitaron para enviarlos de carne de cañón, con tal de regresar al poder; y hasta de la secesión de la mitad del Perú; esa izquierda, nunca se inmutó por el expediente judicial del ex ministro Maraví, o los sacos de Nitrato de Amonio que almacenaba el congresista Guillermo Bermejo, y nunca hizo nada por el pedido de la corte suprema de que el ex ministro de agricultura y actual congresista, Oscar Zea Choquechambi, se someta a las pruebas de ADN sobre la sangre hallada en la víctima de un asesinato a pedradas que le le destrozó la cabeza a uno de sus amigos, y del cual él es el sindicado como responsable.

Hay un ingrediente de sangre que la izquierda siempre quiere olvidar. Es muy ligera en acusar de fascistas, asesinos y genocidas a sus opositores, y es muy firme en guardar un silencio cómplice para con las historias que no quieren que se cuenten.

Parece ser que es a partir de 1821, y de cómo se describe lo sucedido desde esa fecha, que todos debemos que entender al Perú, y sólo a partir de la explicación que los científicos sociales elaboran y que la izquierda política repite y regurgita como su arma de prédica, propaganda, concientización, y agitación política de la población.

A diferencia de la conclusión de los verdaderos científicos con respecto al universo; la razón de un punto de origen primigenio, en el caso histórico, político y social peruano, es en mi humilde opinión, totalmente fabricado, o por lo menos es ex profesamente sesgado en cuanto a su elección. Hablar de los últimos 200 años de la historia del Perú, es como hablar del último millón de años en la existencia del universo. Más aún si estamos refiriéndonos a una supuesta vida inteligente.

Los 200 años de la República, no marcan el origen del Perú, y tampoco marcan el origen de la nacionalidad, o de una experiencia política o social de este proyecto todavía incompleto, de institucionalidad, expansión y desarrollo constante que es el Perú. El afán de refundación que ha aquejado tanto a la izquierda como a la derecha, tiene que ver con ese intercambio de culpas de ambos sectores, y está más relacionado a objetivos políticos e ideológicos, que a un proyecto histórico, que ninguno de los dos extremos parece tener como verdadera prioridad.

La izquierda intelectual, la ideológica, los científicos sociales, la intelligentsia universitaria, y los teóricos marxistas que nos han ofrecido ese Big Bang de la cosmología novo-andina, son los autores del libreto que comercializa y diluye la izquierda política, y por tanto son corresponsables de las acciones que estas teorías inspiran, sustentan y promueven. Son, en un lenguaje que les fascina, los autores mediatos. Son además incoherentes, ya que en el uso de ese periodo histórico de 200 años, no reconocen ningún progreso, y justifican en su existencia, todos los enunciados que le ensartan a la protesta social que auspician, como la mal llamada Plurinacionalidad, la atomización de la representación democrática, la refundación del estado; y son responsables también por esos esfuerzos de desintegración de la unidad nacional que promueven en alianza con sus aliados cocaleros Bolivianos.

El Big Bang de la izquierda, no propone desarrollo e integración nacional, no le interesa el progreso de sus ciudadanos, o la verdadera mejora de su educación, salud o vivienda; solo se preocupa de la gran explosión que en vez de crear, todo lo destruya.

El Big Bang de la izquierda, no quiere pasar de un estado de calor y presión extremos, a un enfriamiento que haga posible la vida. Todo lo contrario, lo suyo es exacerbar las temperaturas y presiones sociales y políticas, agregándoles un combustible pseudo cultural e ideológico; sin importarle las muertes que causen, o la destrucción y pérdidas que dejen a su paso; a diferencia de Lemaître y Hubble, su teoría no intenta explicar la vida del universo, sino la la extinción de esta.

2 Comentarios

  1. Y qué dirán cuando se enteren que varios sacerdotes católicos firmaron el acta de independencia y que no era una independencia de la corona española, cuánto de los liberales españoles y franceses que se habían cargado dicha corona o cuando sepan que todos los firmantes eran monárquicos. Oh no, eso no es importante para el relato, no dejemos que la realidad arruine la narrativa.

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