
Por: Francis W. Butters
Hace unos años atrás vi un video, en el que un millonario Chino, dueño de una fábrica de motocicletas, descendía de su casa en la cima de una montaña, por unas lujosísimas escaleras de mármol, vestido con con un sencillo polo rojo y unos pantalones beige, que en nada anunciaban que se trataba de un hombre intensamente rico.
Antes de subir a su auto para ir a trabajar, el próspero empresario, se para frente a este y abre los brazos; luego de lo cual, aparecen dos sirvientes, con dos escobillas de fina cerda de caballo cada uno, procediendo a escobillarlo feroz y velozmente de la cabeza a los pies, para que no tenga ni una pelusa encima. Esta escena me recordó a otra, de la película El Último Emperador, de Bernardo Bertolucci, en la que el futuro emperador de la Dinasria Qing, y luego Emperador Manchuko, el pequeño Pu-Yi, siendo niño, tiene a dos individuos dedicados exclusivamente a examinar diariamente sus excrementos con métodos organolépticos. Me recordó especialmente a este personaje, que aparte de la majestuosa obra de Bertolucci, basada el el libro del propio Pu-Yi, titulado La Primera Mitad de mi Vida; fue un hombre de carne y hueso, que a pesar de haber llegado a niveles de culto personal, inimaginables hoy en día, terminó sus días, luego de haber sido reeducado en una prisión comunista, vestido con el uniforme de la revolución, y empleado como un simple jardinero en el Jardín Botánico de Pekín.
Hoy Pedro Castillo, que a todas luces, y en las sabias palabras de Don Isaac Humala, está “borrachito de poder”; no avizora la indefectible debacle en la que terminará, lo que comenzó con ese “tírate al piso”, hace algunos años atrás. Tal vez, el que hasta hoy se haya festinado los recursos del estado, ya sea comprando “ocho toneladas de pollo sin menudencias”, que aparentemente han sido repartidos fuera de palacio, algo que en sí es un delito, o construyendo un helipuerto en las tierras de sus padres; no lo sé, pero, en esa ofuscación alcohólica que produce en los seres humanos el poder, parece que la ignorancia tiene un precio que pronto tendrá que pagar Don Pedro.
Parece que, ninguno de los que se ha acercado a su merced, ya sea para aconsejarlo, adularlo, o respondiendo a una de esas mecidas chotanas, en la que les decía que los iba a hacer Premier, le ha dicho que durante los días del imperio Romano, los generales victoriosos, al entrar triunfantes a la ciudad eterna, se hacían seguir por un esclavo que tenía la chamba de decirles una y otra vez, Memento Mori, que se traduciría como, acuérdate que eres mortal.
Otra pieza de la cultura clásica de la que obviamente carece Castillo, es esa frase también en Latín que dice, “O quam cito transit gloria mundi”, que aparece en la obra de Tomas de Kempis de 1418, “La Imitación de Cristo”, y que se parece mucho a la fórmula que se recitaba en la coronación de los Papas dese 1408 hasta 1963, en la que el maestro de ceremonias le tenía que decir al Papa tres veces, “Pater Sancte, Sic Transit Gloria Mundi”, Santo Padre, toda gloria mundana es pasajera.
Petrus non sancte, sic transit gloria mundi, algo que ni Torres, ni Salas, ni Chero, ni doña Betssy, sus ayayeros jurídicos, le van a decir jamás. Volviendo a la triste y degradante imagen de los uniformados que acompañaron el día de ayer a Castillo, y se hincaron a sus pies, es bueno que quienes hasta hoy se siguen doblando en contorsiones imposibles para un ser humano que se respete, tan solo para fungir de exégetas del presidente, que nosotros los vemos así, de rodillas, amarrándole los pasadores de sus zapatos.




