
Por: Luis Yunis
Lewis Carroll escribió en 1865 “Alicia en el país de las maravillas”, y el libro es considerado el más exitoso de Gran Bretaña, ni siquiera Harry Potter ha logrado superarlo, pero estoy seguro que si Carroll viviera y escribiera sobre un burro siguiendo a un orate, su libro fantásticamente no solamente sería el más vendido en Inglaterra, sino en el mundo entero porque dejaría perplejo, aún a los propios chiflados, conejos blancos, orugas y extraterrestres; sin embargo, interesadamente sólo lo entenderían el resto de animales que calzan y rodean el círculo del jumento perdido en su laberinto.
Y esos animales comprenderían al asno, porque en ese mundo onírico, drogados por el poder e increiblemente imaginativo en el cual ellos como extraños seres alucinados y fabulosos viven según su propia lógica, carente de sentido común y se van transformando a medida que la acémila va sumergiendose en lo desconocido, a base seguramente de yonque o de pócimas extrañas, que le hablan y lo invitan a beber o comer, y que le da la sensación de no saber quién es, obviamente, al mismo estilo de Alicia, y que sigue preguntándose ¿Quién soy y adónde voy? frente a la perplejidad, incertidumbre, desconcierto y estupidez de los también alucinados habitantes de un país asombrosamente envueltos en el sueño del imbécil que cautiva al pollino.
Y lo más sorprendente, al mismo estilo de Carroll, es que a medida de que avanza la historia dentro de este túnel de sombras y oscuridad, todos los animales creen tener la razón e insolentes exigen condecoraciones, reconocimientos, transformaciones y piden irresponsablemente que rueden cabezas y amenazan con decapitar a cualquier jugador que no se sujete a las reglas del juego; un juego sin sentido que nos sigue llevando a la nada; a la miseria, a la carencia de recursos, al agotamiento de valores, al fracaso y a la farsa de creer surrealistamente que saldremos del túnel por arte de magia o por creer que el demente irascible será internado en un asilo y nosotros rescatados por la Sota de Corazones.
Particularmente espero que despertamos todos, recuperemos nuestra estatura y le perdamos el miedo al conejo, al burro y al alienado atolondrado que tanto daño nos vienen haciendo.




