Internacional

9-11

Por: Uri Landman

El 11 de septiembre del 2001 marcó la historia moderna de los Estados Unidos de Norteamérica al sufrir el peor atentado terrorista en su propio suelo desde el ataque japonés de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. En aquella oportunidad el presidente Roosvelt declaró la guerra al Imperio Japonés. En el año 2001, el presidente George W. Bush le declaró la guerra al terrorismo y poco después invadió Afganistán acusando a los talibanes de proteger a Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda quien había planeado y ejecutado los ataques.

Los atentados del 11 de septiembre se iniciaron a las 8:46 AM cuando el vuelo 11 de American Airlines, secuestrado por un grupo terrorista suicida de Al Qaeda se estrelló contra la torre norte del World Trade Center de Nueva York. Diecisiete minutos después un segundo vuelo, el 175 de United Airlines se estrelló contra la torre sur del World Trade Center. Ambas torres se derrumbaron una hora y cuarenta y dos minutos después, lo que a su vez llevó al colapso de otras edificaciones de la zona, incluido el 7 World Trade Center.

Un tercer vuelo, el 77 de American Airlines, se estrelló a las 9:37 contra el lado Oeste del Pentágono en Virginia, causando un colapso parcial del edificio. El cuarto vuelo, el 93 de United Airlines, que presuntamente se dirigía al Capitolio o la Casa Blanca, también secuestrado por terroristas de Al Qaeda, fue heroicamente recuperado por los pasajeros siendo estrellado en un campo cerca de Shanksville, Pensilvania.

Los atentados del 11 de septiembre causaron la muerte de 2,996 personas inocentes, más de 25,000 heridos y consecuencias sustanciales para la salud a largo plazo, además de daños materiales por más de diez mil millones de dólares. La destrucción del World Trade Center y de la infraestructura cercana, afectaron seriamente la economía de la ciudad de Nueva York deviniendo en una recesión a escala mundial.

En el año 2004 Al Qaeda se atribuyó formalmente la autoría de los atentados del 11 de septiembre, a pesar que al principio se había negado en admitirlo. El gobierno norteamericano, reforzó todas sus acciones con el fin de atrapar a Bin Laden. Después de evadir la captura durante una década, los servicios de inteligencia norteamericanos ubicaron a Bin Laden en una casa en Abbottabad, Pakistán, donde el 2 de mayo del 2011 fue asesinado durante la operación Lanza de Neptuno.

Como dicen que nada en la vida es coincidencia, el día 11 de septiembre de la semana pasada, un día antes de cumplirse 29 años de su captura, falleció el genocida Abimael Guzmán en la Base Naval del Callao.

A raíz de las declaraciones del Ministro de Salud, Hernando Cevallos, quien se pronunció desde una actividad en Chorrillos “con respecto al fallecimiento del señor Abimael Guzmán, a mi me parece lamentable el fallecimiento de cualquier persona en el país. Nadie puede aplaudir que alguien fallezca independiente de su pasado”, desde esta columna, rechazo las declaraciones del ministro de salud. No considero que sea lamentable la muerte de Abimael Guzmán y menos que sea un señor. Lo que lamento es que Abimael Guzmán no haya corrido la misma suerte que Osama Bin Laden al momento de su captura y que no haya sido abatido por el GEIN.

De lo que más podríamos lamentarnos, es de los aproximadamente 65,000 peruanos que fueron asesinados por los grupos terroristas Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) durante los años 1980 al 2000.  A pesar de los intentos de los grupos izquierdistas liderados por los caviares, quienes a través de la mal llamada Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CRV) tratan de minimizar las muertes y el periodo de terror que vivimos todos los peruanos durante esos años. Nosotros sabemos muy bien que el asesino Guzmán y su banda de delincuentes terroristas fueron los causantes de la mayor desgracia que haya sufrido nuestro país.

Otro motivo para lamentarnos, es la pasividad de buena parte de la sociedad peruana ante el copamiento de las instituciones del estado por parte de grupos izquierdistas, como por ejemplo del Ministerio de Educación, hasta el punto de reescribir la historia del terrorismo en nuestro país, llamándolo “conflicto armado interno” y guerrilleros a los terroristas. En los colegios no se enseña la historia del terrorismo en el Perú de los  ochentas y noventas. Lo poco que se menciona es una versión distorsionada sobre un conflicto entre luchadores sociales (los terroristas) y las fuerzas armadas quienes fueron las causantes de la mayor cantidad de víctimas y desaparecidos.

Tan es así, que la CRV estableció en una de sus infames conclusiones que Sendero Luminoso y el MRTA habían provocado el 46% y 24% de las víctimas de dicho “conflicto armado” respectivamente y que “agentes del Estado” peruano había provocado un 30% de las víctimas. ¿Qué hizo la sociedad civil ante tamaña mentira? Nada. No nos debe sorprender entonces que los jóvenes de hoy no sepan quien fue Abimael Guzmán y menos reconocer una foto suya.

A veintinueve años de la captura de Guzmán y cuando el país debería estar celebrando que finalmente ha desparecido de la vida nacional este asesino, nos tiene que alarmar que su pensamiento sigue vigente en vastos sectores de la clase política. Sin irnos muy lejos es de conocimiento público que el primer ministro, Guido Bellido, está siendo investigado por apología al terrorismo; el ministro de trabajo, Iber Maraví, figura en atestados policiales de la época que lo comprometen en actos terroristas; el ex canciller, Héctor Béjar, fue un terrorista acusado de asesinato en los años 60; el congresista Guillermo Bermejo, está siendo procesado por terrorismo y por si todo esto no fuera poco, el congresista de Perú Libre, José María Balcázar, afirma con todo la desfachatez propia de los comunistas, que “yo no creo que exista terrorismo actualmente” y que el atentado ocurrido en mayo en el VRAEM no había sido obra de Sendero Luminoso, sino de elementos de la derecha.

Al cierre de la edición de este artículo, todavía se estaba discutiendo cual iba a ser el destino final del cuerpo del asesino Guzmán, en vista que su viuda, la terrorista Iparraguire y un supuesto medio hermano estaban reclamando se les entregue el cuerpo, ya que era su derecho.

Al igual que se hizo con el cuerpo de Osama Bin Laden, el cual fue lanzado al mar, igual final debe tener el genocida Abimael Guzmán a quien los derechos humanos de sus miles de víctimas poco o nada le importó.

Nunca debemos olvidar lo que prometió Guzmán en 1980: “la toma del poder a través de las armas pasando por ríos de sangre, es decir, matanzas, ejecuciones y asesinatos colectivos”.

Terrorismo Nunca Más.

 

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