Cultura

YO ACUSO: EL ARTE DE FABRICAR UN CULPABLE

Cómo la mentira organizada convirtió a un inocente en traidor y alumbró el modelo del linchamiento mediático moderno

POR: Álvaro Clavero de la Vega

 

Hay casos que no pertenecen solo a la historia. Hay casos que son, en realidad, manuales. Instructivos. Anatomías de un mecanismo que, una vez puesto en marcha, se alimenta de sí mismo hasta que la mentira adquiere la solidez aparente de un hecho inamovible. El caso Dreyfus es uno de ellos. Y la obra de Émile Zolá, Yo Acuso, no es simplemente un estudio sobre un escándalo francés de finales del siglo XIX: es la disección de una metodología, la descripción casi clínica de cómo se fabrica un culpable, cómo se le rodea, cómo se le ahoga y cómo, finalmente, se le condena con el aplauso entusiasta de una multitud que nunca tuvo acceso a la verdad, y que tampoco la buscó con demasiado empeño.

Alfred Dreyfus era un oficial del ejército francés, de origen judío alsaciano, brillante, meticuloso, incómodo para algunos precisamente por su condición de outsider dentro de una institución profundamente marcada por el antisemitismo aristocrático y católico de la Tercera República. En 1894 fue acusado de haber entregado documentos secretos a la embajada alemana. La prueba principal era un documento, el llamado bordereau, cuya autoría nunca fue demostrada con rigor alguno. Pero eso, como señala el análisis de la obra con precisión quirúrgica, era lo de menos. La maquinaria ya estaba en marcha, y las maquinarias de ese tipo no se detienen por la ausencia de pruebas. Se detienen, si acaso, cuando alguien paga el precio de plantarse delante de ellas.

La Arquitectura del Engaño

Lo que resulta a la vez fascinante y aterrador en este asunto es que no se describe una conspiración improvisada, torpe, llena de fisuras. Se describe una arquitectura. Un edificio construido con materiales específicos y cuidadosamente seleccionados: calumnias fabricadas con apariencia técnica, testimonios pseudocientíficos, filtraciones calculadas a la prensa, y sobre todo, la repetición. La repetición como argamasa. La mentira dicha una vez puede ser rebatida, discutida, desarmada. La mentira dicha mil veces por mil bocas distintas se convierte en atmósfera. Ya no hace falta demostrarla: está en el aire que todos respiran, y respirarla se vuelve tan natural que nadie repara ya en el olor.

El peritaje grafológico que incriminó a Dreyfus fue, en términos científicos, una estafa de manual. Los propios peritos no se ponían de acuerdo entre ellos. Uno de ellos, Bertillon, construyó una teoría sobre la escritura del acusado que rozaba el absurdo más completo, un delirio vestido con el traje de la objetividad. Pero fue presentada con el lenguaje de la ciencia, con cuadros, con mediciones, con toda la parafernalia de lo riguroso y lo demostrable. Y eso bastó. El público no estaba en condiciones de evaluar la pericia técnica, ni se le pedía que lo hiciera. Solo veía a un experto, un hombre de ciencia, señalando con el dedo a Dreyfus. El barniz académico de la acusación la hacía impenetrable para la crítica popular, y esa impermeabilidad era, precisamente, su mayor virtud para quienes la habían fabricado.

A esto se añadieron los testimonios. Varios oficiales del Estado Mayor, conscientes de que la evidencia era insuficiente, decidieron construir lo que faltaba. No mediante una sola mentira grande y verificable, sino mediante una constelación de insinuaciones, referencias veladas, documentos de dudosa procedencia y declaraciones que se citaban mutuamente en un círculo perfecto de autorreferencia. Cada pieza del montaje remitía a otra pieza del montaje. El castillo de naipes había aprendido a parecer una fortaleza.

La Prensa Como Tribunal

Pero ninguna de estas piezas habría funcionado sin el elemento verdaderamente decisivo: la prensa. No la prensa informativa. No la prensa que reporta y deja al lector sacar sus propias conclusiones. Sino la prensa que condena. La prensa que ha decidido de antemano que ya sabe la verdad y que su función no es narrar hechos sino movilizar conciencias en la dirección que considera correcta, que casualmente suele coincidir con la dirección que le conviene.

Desde el primer momento, publicaciones como La Libre Parole, de Édouard Drumont, asumieron el papel de jueces. No de cronistas, no de analistas: de jueces. Dreyfus era culpable antes del juicio. Era culpable por ser judío, por ser alsaciano, por ser diferente, por encarnar todos los miedos y los odios de una sociedad que buscaba con urgencia un chivo expiatorio para sus propias fracturas internas. Y la prensa le dio nombre, apellido y uniforme a ese chivo expiatorio, y lo paseó ante las multitudes con una satisfacción que no disimulaba.

El mecanismo es el mismo que hoy reconocemos con el nombre de linchamiento mediático, aunque en 1894 todavía no existía esa etiqueta. La dinámica es sencilla en su brutalidad: un medio lanza la acusación, otros medios la recogen y la amplifican, la repetición crea la ilusión de un consenso, ese consenso aparente intimida a quienes podrían dudar, y la duda misma pasa a ser sospechosa. Quien defiende al acusado se convierte automáticamente en cómplice. Quien pide pruebas es un ingenuo, un obstaculizador, alguien que no comprende la gravedad del asunto o que tiene intereses ocultos que proteger.

Lo verdaderamente perverso del sistema es que se retroalimenta sin necesidad de que nadie lo dirija constantemente. La cobertura mediática influye sobre la opinión pública, la opinión pública presiona a los jueces y a los políticos, y los jueces y los políticos generan declaraciones y decisiones que los medios vuelven a amplificar. Es un circuito cerrado en el que la verdad no tiene entrada porque la verdad no viaja por ese circuito. Lo que viaja es el relato, y el relato ya fue fijado en los primeros días, cuando todavía había tiempo de rectificar y nadie quiso hacerlo.

La Traición de los Compañeros

Hay un capítulo de este asunto que resulta, quizás, el más perturbador de todos: la conducta de los compañeros de Dreyfus. De quienes lo conocían. De quienes habían compartido con él mess, maniobras, conversaciones largas en los cuarteles. De quienes, en definitiva, sabían perfectamente que el hombre que estaban ayudando a hundir no era ningún traidor.

Algunos callaron por cobardía. Eso es humanamente comprensible, aunque no resulte justificable: el miedo a la institución, el miedo al escándalo, el miedo a que la mancha saltara sobre ellos si osaban levantar la voz en el momento equivocado. Pero otros hicieron algo mucho peor que callar. Participaron activamente en el cargamento. Añadieron su voz al coro. Y lo hicieron por motivos que no tienen ningún nombre glorioso: la envidia profesional, el antisemitismo soterrado de quien nunca lo habría confesado en voz alta, el oportunismo puro, el deseo de eliminar a un competidor brillante del tablero, la pertenencia a redes de lealtad que nada tenían que ver con la justicia y todo con la supervivencia dentro de una institución hermética y despiadada con quienes se salen del redil.

El caso del comandante Esterhazy es paradigmático y devastador. Era él, y no Dreyfus, el verdadero autor del bordereau. Lo sabían algunos en el Estado Mayor. Lo sospechaban otros. Y sin embargo, cuando el asunto comenzó a resquebrajarse y algunos periodistas y políticos empezaron a hacer preguntas incómodas, el aparato cerró filas alrededor de Esterhazy y contra Dreyfus. La institución eligió proteger al culpable para no tener que reconocer que había condenado al inocente, porque admitir el error habría significado admitir la mentira, y admitir la mentira habría significado demoler el edificio entero, con todos sus ocupantes dentro.

Esta es la segunda capa del linchamiento mediático. No solo se fabrica la culpabilidad del inocente: se fabrica también la complicidad de quienes deberían defenderle. Se construye un sistema en el que la lealtad a la institución, al grupo, a la narrativa dominante, se convierte en un imperativo moral que se sitúa por encima de la justicia. Y ese imperativo arrastra consigo a personas que, individualmente, quizás nunca habrían actuado de esa manera. El grupo hace posible lo que el individuo solo, mirándose al espejo, no se atrevería a hacer.

Un Manual Sin Fecha de Caducidad

Zolá escribió su célebre J’accuse en enero de 1898, publicado en L’Aurore y dirigido al Presidente de la República. Era un texto que nombraba nombres, que señalaba con precisión a los responsables del montaje, que exigía rendición de cuentas sin eufemismos ni circunloquios. Era también, en cierto modo, la inversión del mecanismo: usar los mismos medios, la misma amplificación, la misma capacidad de crear relato, pero al servicio de la verdad en lugar de al servicio de la mentira.

Zolá fue condenado por difamación. Tuvo que exiliarse en Inglaterra. La maquinaria del linchamiento mediático se volvió brevemente contra él, con la misma ferocidad con que se había vuelto contra Dreyfus. Eso también es parte del modelo, y conviene no olvidarlo: quien se atreve a desafiar el consenso fabricado no solo pierde el debate en ese momento, sino que pasa a ser el nuevo objetivo. La maquinaria no admite neutrales.

La exoneración de Dreyfus llegó, finalmente, en 1906. Doce años después de su condena inicial. Doce años de Isla del Diablo, de degradación pública, de familia destrozada, de un hombre convertido en símbolo de todo lo que su país no quería reconocerse en el espejo. Y cuando la verdad se impuso, no lo hizo con una gran catarsis colectiva ni con un reconocimiento limpio y sin reservas. Lo hizo de manera tortuosa, incompleta, con muchos de los culpables muriendo sin haber rendido cuentas reales, y con el antisemitismo que había alimentado todo el proceso siguiendo tan vivo como siempre, simplemente a la espera de su siguiente encarnación y su siguiente víctima.

El Espejo que Nadie Quiere Mirar

Lo que hace este caso imperecedero no es la reconstrucción histórica en sí misma. Es la consciencia, incómoda e inevitable, de que este manual no tiene fecha de caducidad. Los ingredientes son idénticos en cualquier época y en cualquier latitud: una figura que encarna el miedo o el odio de un grupo, una acusación que se lanza antes de que existan pruebas y muchas veces a sabiendas de que no existirán nunca, una prensa que adopta el papel de verdugo en lugar del de testigo, unos compañeros o conocidos que por cobardía, oportunismo o envidia se suman al cargamento, y una justicia que bebe de esa misma fuente contaminada y que, por tanto, no puede sino reproducir la sentencia que los medios ya han dictado mucho antes de que el juez tome asiento.

Porque eso es lo que el linchamiento mediático produce también: una postverdad y una postjusticia. Una justicia servil que no investiga desde la presunción de inocencia sino que busca confirmar lo que los titulares ya establecieron. Una justicia que confunde el ruido mediático con la prueba, la acusación con la evidencia, y el clamor popular con la razón. Ni ayer ni hoy la noticia de un medio, por grande que sea, constituye prueba de ningún hecho. Ayer no lo era. Hoy tampoco. Y sin embargo seguimos actuando, colectivamente, como si lo fuera.

Es un espejo de un método. Un método de cómo se destruyen personas y se crean leyendas negras a través de la mentira, el prejuicio, el desprecio sistemático por la presunción de inocencia y el debido proceso. Un método que funciona precisamente porque explota algo muy humano: la tendencia a creer lo que se repite, a confundir el consenso con la verdad, a dejarse llevar por la corriente cuando nadar contra ella tiene un coste social que pocos están dispuestos a pagar. Y ahí reside también una de sus consecuencias más silenciosas y más dañinas: el linchamiento mediático deja su huella intimidatoria en quienes, dudando de la fantasía construida, no se atreven a dejar en claro los hechos por temor al qué dirán, por miedo al señalamiento, o simplemente por defectos de carácter que en circunstancias normales quizás nunca habrían importado demasiado. El sistema no solo condena al inocente. También paraliza a quienes podrían salvarlo.

Lamentablemente, los Dreyfus de todo tipo se han ido multiplicando con la explosión mediática y la mentira orquestada. La velocidad ha cambiado, la tecnología ha cambiado, los actores han cambiado. Pero la mecánica es la misma de siempre. La acusación primero, la verificación nunca. La repetición como sustituto de la prueba. La unanimidad construida como forma de aplastar la duda. Y al final, una sentencia que no viene de un juez sino de una corriente de opinión, pero que tiene el mismo poder devastador, y a veces mayor, sobre la vida del condenado.

Dreyfus no fue solo una víctima. Fue, sin quererlo, el primer gran laboratorio documentado de lo que hoy reconocemos como el modelo del linchamiento mediático. Y la pregunta que flota sobre todo esto, sin respuesta cómoda, es cuántos Dreyfus ha habido en cada época sin un Zolá dispuesto a pagar el precio de defenderlos. La respuesta es incómoda. Y esa incomodidad es, exactamente, el punto.

Leer el caso Dreyfus hoy no es un ejercicio de historia. Es un espejo. El espejo de un método que destruye personas, construye leyendas negras, ignora la inocencia, pisotea el debido proceso y se sostiene, sobre todo, en el silencio cómplice de quienes saben y callan.

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