
Por Carlos Polo
El próximo 12 de abril de 2026 los peruanos iremos a las urnas para elegir presidente, vicepresidentes y también al nuevo Congreso bicameral: Senado y Cámara de Diputados. Y después de tanta decepción, todos se preguntan por quién votaremos esta vez.
Hace unos días me encontré en la calle con una amiga. Conservadora, de derecha, de esas personas serias que sí se toman en serio el país. Me preguntó por quién iba a votar. Se lo dije. Y entonces comenzó la descarga: que ese candidato tenía tales defectos, que su partido arrastraba tales antecedentes, que alrededor suyo había gente impresentable, que aquí falló, que allá cedió, que más allá decepcionó.
La escuché. Y cuando terminó, solo le hice una pregunta:
—¿Y entonces por quién?
No tuvo respuesta.
Y no la tuvo por una razón muy simple: si aplicaba ese mismo examen al resto de candidatos, terminaba igual o peor. A todos les encontraría una lista de objeciones. Larga o corta, da igual. El problema es que muchos esperan al candidato perfecto. Y como no existe tal cosa, se desencantan, se apartan y dejan el terreno libre. Quizá por eso, demasiadas veces, nos han terminado gobernando los peores.
Es muy limitante, y hasta peligroso, practicar una política de mera representación. Esa política en la que el ciudadano firma un cheque en blanco por cinco años y luego se desentiende de todo. Eso genera una democracia aparente y, demasiadas veces, una dictadura práctica.
La política sana no consiste en delegar sino en participar de manera activa y permanente. En hacer política en primera persona. En vigilar, exigir, presionar, proponer, organizarse, formar opinión, construir comunidad, defender principios y poner talento al servicio del bien común. Participar en política no es solo elegir autoridades. Es ayudar a construir un sistema en el que el ciudadano sea realmente respetado y en el que las autoridades sean requeridas —y en casos extremos, obligadas— a estar al servicio de la gente.
Por eso, siguiendo la conversación con mi amiga, le dije algo que resume mi posición:
—Yo sé que mi elección y su partido tienen esos defectos. Pero, en el fondo, yo no voto con la esperanza de que MI CANDIDATO vaya a hacer todo el bien que anhelo, sino porque configura las mejores condiciones para que YO pueda hacer el mayor bien POSIBLE.
Esto se aleja completamente de la perniciosa idea de “elegir el mal menor”. El mal siempre es mal, sea mayor o menor. Esa fórmula, tan repetida, suele esconder una visión triste y disminuida de la política: la de quien solo espera administrar derrotas o resignarse a lo menos malo.
Una cosa muy distinta es votar por alguien sabiendo que tiene defectos, pero que abre un escenario más favorable para la acción de la sociedad, para la defensa de la vida, para la libertad de educar, para el freno a la arbitrariedad estatal, para la fiscalización pública, para la organización ciudadana y para la recuperación del sentido moral de la política.
No debemos votar para encontrar un redentor político sino para abrir un espacio de responsabilidad propia.
“No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”. Esta frase de John F. Kennedy no es solo una línea brillante para el archivo de las grandes citas. Es un principio de higiene republicana. Nos recuerda que una nación no se recompone únicamente desde arriba. Se recompone cuando desde abajo hay hombres y mujeres que dejan de comportarse como espectadores decepcionados y asumen su papel de protagonistas.
Y esto vale especialmente para quienes defendemos la vida, la familia, la libertad y el bien común. La experiencia enseña que las causas nobles no avanzan solo porque un gobernante simpático llegue al poder. Avanzan cuando hay ciudadanos formados, alertas y activos; cuando hay personas capaces de leer el escenario, anticipar movimientos, construir alianzas, sostener la verdad y ejercer influencia con inteligencia y firmeza. En otras palabras: no basta la indignación; hacen falta método, estrategia y formación.
Ese espíritu atraviesa también la labor que me ocupa cotidianamente: la promoción del respeto a la vida entendida como brújula moral y que exige decisión, competencias y presencia en la arena pública.
Eso implica votar, sí. Pero también implica mucho más que votar.
Un voto sin ciudadanía detrás es apenas un trámite. Un voto acompañado de responsabilidad personal puede ser el comienzo de una fuerza histórica.
Por eso, cuando te digan que ningún candidato merece tu voto porque ninguno es perfecto, responde con serenidad: por supuesto que no lo es. Pero la pregunta adulta no es si el candidato es impecable. La pregunta adulta es qué escenario abre, qué margen deja para la acción del bien, cuánto espacio concede para que la sociedad viva menos sometida y más capaz de levantarse, organizarse y corregir el rumbo. E incluso nos prepara para frenar el mal que ese gobernante pueda traer.
Porque cuando uno entiende eso, el voto deja de ser una apuesta ciega por un hombre y se convierte en una decisión consciente sobre el tipo de país que uno está dispuesto a ayudar a construir.
Vota por ti y así nunca perderás tu voto.






El problema es quienes están detrás de las encuestadoras, hay alguna encuestadora que no tenga negocios con el estado, aún de modo indirecto porque alguna ong que da una consultoria a algún ministerio la ha contratado y no temen todas esas encuestadoras al candidato que ha prometido reducir los ministerios a la mitad? Es el que menos les gusta porque un estado reducido, significa también ingresos reducidos al menos de esa fuente para las encuestadoras. En fin, olvidemos a esos que además no nos consta que hagan bien su trabajo el tema de esas empresas es una cuestión de fe. En un universo, 23 millones de votantes una muestra de 1,200 ¿Qué representa? No es por decir lo menos ¿pobre? Ya está bueno de encuestadoras, y acaso nos consta que no hay manipulación?