Vida y familia

UN MUNDO SIN DIOS

Por: Pedro Luis Llera

Nietzsche ha ganado a la postre la batalla de las ideas. Miremos a nuestro alrededor:

¿No ha triunfado el nihilismo? Nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestros vecinos y compañeros de trabajo, ¿acaso no viven la mayoría de ellos como si Dios no existiera? ¿No se ha pretendido “matar” a Dios? ¿No ha triunfado el vitalismo nietzscheano? ¿No vivimos en una sociedad descreída en la que casi nadie cree que exista cielo o infierno; que nadie cree que Dios nos va a juzgar a todos con justicia?

La mayoría cree que Dios no existe. El mundo pretendió matar a Dios en nombre de la razón y de la ciencia. Y después de matar a Dios, mataron la razón y el sentido común y la realidad misma en nombre de la voluntad (de los deseos) irracional del individuo. El mundo perdió a Dios y al mismo tiempo, la razón; y se volvió loco de remate. Y un mundo sin Dios ni razón ni sentido común sólo puede engendrar monstruos.

El vitalismo nietzscheano ¿no es acaso esta pocilga hedonista en la que nos revolcamos cada día en el Occidente neopagano?

¿No quería Nietzsche destruir la moral católica? ¿Y acaso no lo ha conseguido?

¿No estamos rodeados de superhombres que desprecian a Dios y a sus Mandamientos?

¿Qué sentido tiene la vida de quienes se enfangan en los botellones, en la promiscuidad, en el sexo sin compromisos ni fidelidades? ¿No creen que ellos y su disfrute de la vida son su propio fin? ¿No es este el Reino de los Fines kantiano? ¿No es el “hágase mi voluntad” contra el “hágase Tu Voluntad”?

«Los débiles y malogrados deben perecer; tal es el axioma capital de nuestro amor al hombre. Y hasta se les debe ayudar a perecer» (El Anticristo, Nietzsche).

¿No es esta la justificación de la eutanasia o del suicidio asistido?

Según el concepto kantiano de dignidad, sólo las personas tienen derecho al respeto y sólo ante ellas pueden existir deberes morales, al tiempo, que, sin embargo, no todos los seres humanos son personas ni poseen, como tales, derecho al respeto. Sólo los seres racionales, capaces de autonomía y de establecer fines (esto es, su propio proyecto de vida personal y profesional), tienen un valor absoluto. Los seres humanos no racionales, que no son autónomos ni tienen capacidad de autodeterminar sus fines, no son propiamente personas y, en consecuencia, no poseen dignidad ni derecho al respeto. Y la sociedad no tiene deberes morales para con ellos. No la naturaleza del hombre, sino la “naturaleza racional existe como fin en sí mismo”. Sólo “los seres racionales autónomos se denominan personas”.

Si los derechos humanos sólo se aplican a las personas autónomas, los embriones o los fetos de niños no nacidos, en buena lógica, no tienen derecho alguno: son cosas. Y las cosas no tienen derecho a nada ni las personas tenemos obligaciones morales para con ellos ¿Acaso no es lo que está pasando ya? El parto marca la cesura entre la cosa sin derechos y el niño, que, como se parece a nosotros, como es uno de los nuestros, aunque no sea autónomo ni tenga uso de razón, ya es sujeto de derechos: no porque sea una persona digna, dotada de razón, de autonomía y responsabilidad, sino porque las personas extendemos magnánimamente nuestra dignidad a los niños que traemos al mundo. Les damos derechos a los niños recién nacidos por nuestra responsabilidad. Pero ese respeto a los niños nacidos no es propiamente una obligación moral que tengamos con ellos, sino un acto de magnanimidad hacia ellos.

Ese acto de generosidad no implica que, en un estadio posterior de la historia, en esta carrera cada vez más vertiginosa hacia la infamia que llamamos «progreso», no se pueda llegar a la legalización del infanticidio. Habría que establecer en ese caso unos plazos y legislar en qué año ponemos la frontera para que un ser humano pueda ser considerado persona dotada de dignidad y derechos: ¿A los 8 años, a los 10? ¿Dónde ponemos la meta de llegada al uso de razón que te convierte en persona racional, autónoma, libre, responsable de tus actos, digna y acreedora de derechos? Es el mismo debate del aborto, pero aplicado a los niños. Ahora debatimos hasta qué semana se puede abortar libremente a un feto. Luego, en este mundo sin Dios y sin moral, podríamos llegar a debatir hasta qué años podemos asesinar a un niño sin tener que dar explicaciones a nadie.

El niño nace, va creciendo poco a poco y los padres ven que no es suficientemente guapo, que su pelo o el color de sus ojos no responde a las expectativas, que no es tan listo y que no llegará a ser ingeniero como su padre: no cumple el estándar de calidad. Y entonces podrían liquidarlo. Tendríamos que discutir hasta qué meses o años se puede proceder al infanticidio sin incurrir en responsabilidad penal. Y desde luego, si el niño es tonto o feo o si ha nacido con alguna malformación o alguna tara congénita, estaría plenamente justificada su eliminación a cualquier edad. Sería el fin de los borderline, de los autistas y asperger, de los hiperactivos, de los no suficientemente inteligentes o guapos; igual que ahora está llegando el fin de los niños con Síndrome de Down. Un mundo feliz y sin Dios impondrá la eugenesia obligatoria para perfeccionar la especie humana, siguiendo la doctrina del darwinismo radical de Nietzsche. Así perfeccionaríamos la sociedad. Ya solo veríamos por las calles a personas inteligentes, guapas y atractivas. Y la sociedad se ahorrará dinero en sanidad, en educación y dependencia que podrá invertir en ciencia y tecnología.

¿A qué edad trasladaríamos la cesura entre el ser humano no autónomo sin derechos y la persona racional digna y sujeto de derechos? Podríamos hacer una ceremonia civil que marque ese paso al uso de razón, un acto social semejante a la primera comunión o a la puesta de largo, en la que celebraríamos la llegada a la edad de la consideración como persona del niño, cuya vida hasta entonces habría dependido exclusivamente de la voluntad de sus progenitores o de sus tutores legales uno y dos. A esa fiesta de la llegada a la edad legal para ser considerado persona se le podría llamar Fiesta de la Primera Polución o del Primer Orgasmo Clitoriano, por ejemplo (yo solo hago sugerencias), y se celebraría con un gran banquete y muchos regalos para dar la bienvenida a la nueva persona. Y el alcalde del pueblo o el párroco de la nueva Iglesia del Hombre y la Tierra (como el programa de televisión del entrañable Félix Rodríguez de la Fuente) le dará al nuevo ciudadano un certificado de racionalidad responsable y autónoma y la bendición de la Pachamama.

Imaginad un mundo sin tarados, sin drogadictos, sin vagabundos; sin viejos ni enfermos, sin dependientes… Porque cuando las personas dejaran de ser autónomas, se les daría matarile. Eso sí. Les haríamos también a ellos una fiesta de despedida: La Última Bacanal. Y después, las Clínicas de la Dignidad te proporcionarían un sueño profundo que te conduciría plácidamente y sin dolor a la comunión con el Universo (ya que todos somos polvo de estrellas) con escala previa en el crematorio.

Ni que decir tiene que la supresión de infantes indignos, discapacitados y viejos dependientes estaría cubierta por la seguridad social. El Estado del Bienestar debería garantizar que en todos los hospitales hubiera técnicos superiores en supresión vital digna (antiguamente verdugos).

La libertad y la autodeterminación de la persona también da autonomía a todo ser racional para decidir cómo quiere ser, qué fines quiere alcanzar en su vida personal y laboral (proyecto de vida). Sólo exclusivamente las capacidades para la autodeterminación, efectivamente existentes, califican a un ser como sujeto moral según los principios de una moral posconvencional. Y la Ideología de Género ha llevado ya la autonomía y la autodeterminación a su cénit, al separar la condición biológica de la orientación sexual y normalizar toda inclinación sexual por aberrante o disparatada que pueda resultar desde un punto de vista puramente racional. La libertad de la persona le permite al hombre y a la mujer ser lo que cada uno sienta que es. Yo ya no soy lo que soy biológicamente, sino que soy aquello que yo quiero, deseo y determino que soy. Así, la realidad acaba siendo una pura construcción mental: el mundo es lo que yo me imagino que es. La realidad la construye mi mente, a impulsos de la voluntad, y cada uno vive en el matrix que cada cual se ha montado en su cabeza.

Y como Dios ha muerto y yo soy un superhombre que legisla sus propias normas morales a su gusto (con permiso del Estado de Derecho), la vida ya no tiene una finalidad definida. Decía santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, que todo ser humano tiene como fin último la felicidad. La felicidad del hombre debe satisfacer todos nuestros deseos pues de lo contrario no sería nuestro fin último. Lo que busca nuestro corazón es el bien absoluto y lo absoluto solo podemos hallarlo en Dios, pues toda criatura no pasa de ser un bien parcial y limitado.

Pero los hijos de la modernidad han matado a Dios. Ya no hay un fin último para toda persona. Ahora cada uno es un fin en sí mismo. Cada uno decide cómo alcanzar la felicidad y qué sentido quiere darle a su vida. «Nadie me puede imponer su manera de ser feliz». Y así cada uno toma un rumbo y todo el mundo va como pollo descabezado en busca de no se sabe de qué sin saber a dónde ir ni qué hacer ni qué rumbo tomar en la vida. Y llegamos así al nihilismo actual: el hombre no cree en nada ni viene de ningún sitio ni va a ninguna parte porque somos fruto del azar y sabemos que nuestro final es la muerte y la nada. No hay más allá. No hay Cielo. No hay felicidad ni bien absolutos. Ahora el fin de cada hombre ya no es el bien, sino el placer. No encuentra otra forma de felicidad que no pase por el orgasmo, el empacho o el colocón. La vida es una gran bacanal y tras el último orgasmo y el último colocón, la nada. 

Si no hay Dios, ¿por qué voy a tener que ser bueno o generoso? ¿Por qué no ser egoísta, avaricioso, soberbio o lujurioso? ¿Quién dijo que sólo podía tener una mujer y que debía serle fiel? ¿O que la vida del ser humano es sagrada? ¿Dios? Pero si Dios no existe, si no hay ningún Dios… Entonces, todo vale, nada es pecado, nada me está vedado: soy como un dios que puede hacer lo que le dé la gana en cada momento, sin leyes que cumplir ni restricciones morales. Soy libre y autónomo; soy racional y responsable de mis actos y, por ello, tengo dignidad. Y ninguna iglesia ni organización puede quitarme esa dignidad. Toda persona, racional y autónoma, es digna, aunque sea un canalla. Asesinar, robar o ser promiscuo o adúltero no afecta a tu dignidad, que es inalienable. Hasta un psicópata, asesino en serie, sigue manteniendo su dignidad. Antiguamente, el pecador era considerado indigno. Ahora ya nada es indigno. Igual es el pecador compulsivo que el santo o el místico. Todos somos hermanos y conformamos la fraternidad universal de la Cosmópolis Feliz sin más dios que la Persona Racional Autodeterminada.

Antes, había se sabía diferenciar el bien y el mal, el santo y el malvado.

Efesios 2, 3: «entre los cuales también nosotros en otro tiempo nos comportamos en los deseos de la carne, haciendo los deseos de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, así como los demás». 

Ahora ya no hay hijos de la ira. Ya nadie es pecador ni indigno. Somos todos impecables. Somos todos dioses soberbios, libres de cualquier coacción que nos impida correr tras los deseos de la carne.

El hombre moderno es el ánomos: un libertino sin moral. Se han invertido los valores, se ha dado la vuelta a la tortilla: lo que antes era malo, ahora es bueno; y viceversa. Si no tenemos más vida que esta, si no hay un fin último ni un más allá, lo que nos queda es revolcarnos en el hedonismo hodierno. Sexo, comida, bebida, lujo… Hay que disfrutar de la vida, porque vivimos cuatro días y hay que aprovecharlos para pasarlo lo mejor posible. Y el vitalismo dionisíaco de Nietzsche se ha extendido como una mancha de galipote, manchándolo todo a su paso… Botellones, orgías, pornografía, sexo en barra libre, prostitución…

No hay ley natural ni ley divina. Sólo se admite la ley positiva aprobada en el parlamento, donde está depositada la soberanía nacional, el poder del pueblo, la voluntad de las mayorías. Y son las mayorías las que establecen lo que es bueno y lo que es malo: nunca Dios (que no existe) ni los santos, ni los sabios (porque la moral y la filosofía suelen ser propias de minorías). Las mayorías manipuladas por la propaganda (televisión, redes sociales, películas, series, plataformas digitales…) imponen su ideología y su inmoralidad. Es el Estado de Derecho el nuevo dios que impone sus leyes por la fuerza de la estadística. Si la mayoría cree que el aborto es un derecho, el aborto es un derecho. Y así todo.

El mundo de los superhombres se ha convertido en un mundo de demonios en el que toda iniquidad tiene cabida. Por eso cada día tengo más nostalgia del cielo y más desprecio de este mundo. Este mundo sin Dios es un infierno, un lugar inhóspito, cruel, despiadado, inhumano, nauseabundo y pestilente.

Sólo Cristo acaba con el mal del mundo. Sólo Cristo puede hacernos santos con su gracia. Arrodillémonos en el confesionario y humillémonos ante el Señor. Arrodillémonos ante el Santísimo. Conversión y penitencia.

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