Cultura

TRES FUTURISTAS Y UN SABIO

Por :Tomás  González Pondal

No es lo mismo hacer ciertas afirmaciones en una novela, que hacerlas en un ensayo o en un artículo. Hacerlas del primer modo encuentra el resguardo del género que se utiliza para expresar la idea, en cambio, hacerlas del segundo modo, deja mucho más expuesto a su autor a la crítica de sus contemporáneos. El precio por decir ciertas cosas también varía conforme al género literario utilizado para manifestarlas. No aludo a si algo está bien o mal escrito, ni hago referencia a qué forma utilizar para decir algo: sencillamente intento aproximarme a la realidad que suele acontecer cuando se manifiestan pensamientos usando tal o cual modalidad.

Diré unas breves palabras sobre cuatro escritores y cuatro de sus libros. Me referiré a tres autores británicos y uno estadounidense, y los abordaré, así, en un solo artículo. Todos son conocidos: Ray Bradbury (Estados Unidos), y su obra ‘Fahrenheit 451’; Aldous Huxley (Inglaterra), y su libro ‘Un mundo Feliz’; Eric Arthur Blair (Inglaterra), más conocido por su seudónimo George Orwell, y su texto ‘1984’; y el inigualable Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra), y su brillante escrito ‘El Mundo al Revés’.

Escogí los libros mencionados, pues tienen grandes implicancias en nuestros días. Quiero decir que en el pasado en que fueron redactados, sus autores “vieron” cosas que hoy estamos viviendo. Y teniendo en cuenta ese pasado en el cual fueron dadas a conocer sus ideas, entiendo que quien más debe haber vivenciado la crítica fue Chesterton, en tanto que las dijo no en modalidad novelada, sino como crítico de lo que veía en su tiempo Tampoco me extrañaría que tanto Huxley, como Orwell y Bradbury hayan hallado inspiración para sus escritos en el mismísimo Chesterton, quien los antecede a todos.

Chesterton nace en 1874 y muere en 1936, dejando tras sí monumentales obras literarias traducidas a muchísimos idiomas. Le sigue Aldous Huxley quien nace en 1894 y murió en 1963, y su obra data de 1932. Le pisa los talones George Orwell, naciendo en 1903, muriendo en 1950, y su conocido ‘1984’ vio la luz en 1949. Por último, tenemos a Ray Bradbury, quien nació 1920 y murió no hace mucho, en 2012, y su escrito aparece en 1953.

En mi análisis iré de adelante para atrás, de modo que analizaré primeramente a Bradbury, luego a Orwell, más luego a Huxley, y, por último, diré algo sobre el libro de Chesterton. Lo que seguidamente se encuentre entrecomillado, pertenece estrictamente a los textos analizados.

En Fahrenheit 451 el personaje principal es Montag, un bombero que empieza a ver verdades y a querer los libros. En la trama, los bomberos no apagan incendios, sino que tienden a producirlos. ¿Cómo? Incendian los lugares donde se enteran que hay libros. Y sucede, según la novela, que “un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo de un hombre culto?” Aparece Mildred, la esposa de Montag, mujer permanentemente aturdida conforme a un deliberado deseo; vive conectada con televisores que le hablan, y llevaba diez años usando pequeñas radios auriculares (“abejas electrónicas”). Mildred ingirió “treinta píldoras” para dormir, y durmió tanto, que si su marido no llamaba a urgencias, ella hubiera alcanzado una dormición sin mañana. Entre ella y su marido, formaban una pareja de desconocidos: tanta tecnología enajenándola a ella, que no se conocían. No es bueno que haya lugares para el diálogo, por eso hasta “los jardines” debían eliminarse. Una chica de apenas diecisiete años llamada Clarisse McClellan, es quien, tras aparecérsele a Montag y luego de algunas charlas, de alguna manera lo lleva al mundo de la reflexión. A Clarisse –no podría ser de otra manera-, pronto la hacen desaparecer por su forma de pensar. Una de las lapidarias frases que la adolescente le hace saber al bombero, fue: “Nadie tiene ya tiempo para nadie”. Los chicos son “educados” por algo llamado “teleprofe”, donde se recibe copiosa de información y donde no hay lugar para las preguntas. Hay que llenar a todos de información, y así “tendrán la sensación de que piensan”. El “lenguaje se descuida”, “la “gente se expresa cada vez peor”, “y el placer lo domina todo después del trabajo”. La familia es un peligro, por tanto “ahora prácticamente arrancamos a los pequeños de la cuna”. Montag increpa a la señora Bowles haber cometió una “docena de abortos”. Muchas de las cosas que suceden en Fahrenheit 451, las vemos hoy, lamentablemente, muy vivas por doquier, y, aunque no se queman libros, sí tenemos que las editoriales lanzan a mansalva libros llenos de porquerías, cuyo efecto es el quemar las almas, llenarlas de bajezas y atontarlas con estupideces.

‘1984’ nos sitúa ante un gobierno opresor y asfixiante, en el cual se presenta al HERMANO GRANDE que siempre “os vigila” y que cuenta con la Policía del Pensamiento. Tiene un Ministerio de la Verdad, un Ministerio de la Paz, uno del Amor y otro de la Abundancia, en los cuatro se hace todo lo contrario a lo que en verdad cada uno da a entender. Tres son los lemas del Partido: “la guerra es paz; la libertad es esclavitud, y la ignorancia es fuerza.” Se impone también un léxico nuevo llamado Neohabla, cuya finalidad radica en “oponer barreras al pensamiento”. Todos viven como acechados en “todo momento por ojos invisibles”, y en todas las casas sus moradores son espiados mediante la telepantalla. Los libros son cosas “comprometedoras, aunque sus páginas estuvieran en blanco.” Existe la “Liga Juvenil Antisexual”, los niños deben “ser engendrados por métodos artificiales y educados en establecimientos del Estado”. A las personas se las despoja “de las inclinaciones naturales mediante una temprana educación”. Winston Smith es el personaje principal de la novela, diremos el rebelde al sistema. Winston advierte que bajo tal régimen opresor pensar es un delito, y que “el delito de pensar es la muerte”. En el gobierno macabro propuesto por 1984, si “todo el mundo se aviene a aceptar como ciertas las falsedades impuestas por el Partido y todas las constancias concurren a sustentarlas, entonces, la mentira se hace historia y pasa a ser verdad”. Las personas indeseables son “víctimas de la evaporación.” El Partido dirá que “dos y dos son cinco y no habría más remedio que creerlo”; pero Winston sabe que es “imperativo asumir la defensa de lo real”, y, en razón de ello, sabe bien que “la libertad consiste en poder afirmar que dos y dos son cuatro”. El Partido es tremendo: busca que la gente dé con el “nodelito”, esto es, con “el embrutecimiento intelectual preventivo”; quiere imponer el “blanconegro”, siendo una de sus acepciones “la disposición espontanea” del afiliado, para “admitir que lo blanco es negro cuando así lo exige la disciplina partidaria”; y quiere imponer el “doblepensar”, lo que equivale a la “tergiversación ininterrumpida del pasado”, y, también, “la facultad de albergar simultáneamente en el entendimiento dos creencias contradictorias”. Directamente se enseña en el Partido que ellos hacen “una revolución para imponer una dictadura”, que tienen “por base el odio”, y que la naturaleza humana es creación de ellos. Al igual que en Fahrenheit 451, en ‘1984’ vemos que “los niños serán separados de sus madres al nacer, como se les quita los huevos a una gallina”. También hay un inmenso deseo en que se rompan los “vínculos entre padres e hijos”, y “ya nadie confía en su esposa, en su hijo o en el amigo”. Por supuesto que Winston, por rebelde, va padecer los castigos impuestos por el Partido.

El libro ‘Un mundo feliz’ ofrece al lector un amplio menú de delirios que son vistos como cosas normales. En la novela, la cantidad de perversiones que se inventan los hombres y que son vistas como cosas buenas, son inculcadas desde pequeños, se las hacen repetir una y un millón de veces, tal es el adoctrinamiento que se padece. Preguntar “¿quién es tu madre?” es una broma sucia. Amamantar “es algo indecente”. La relación padre-madre es una forma “de perversión”. Se fomenta el “odio instintivo a los libros y a las flores”. Se ha decidido “abolir el amor a la naturaleza” y se prodigan loas a la “invención humana”. Se viene al mundo por manipulación en la “Sala de Predestinación Social”. La “educación moral nunca debe ser racional”. Las diversiones de los chiquillos son en base a “juegos eróticos”, y quien viera eso como algo anormal e inmoral, será objeto de risas y de venir a ser tratado él como el anormal. Fuera Jesús, la Pasión, Jerusalén, Atenas, Roma, el Rey Lear, el Réquiem; fuera “Dios”, “la Biblia”, la “Imitación de Cristo”, el “Cristianismo”, “el español” que es “una lengua muerta”; fuera la noción “de alma”; fuera “lo antiguo”, porque “las cosas antiguas no son útiles (…) especialmente cuando son bellas”. Una de las principales frases de adoctrinamiento que se hace repetir hasta el cansancio, es que “todo el mundo pertenece a todo el mundo”, razón por la cual, por ejemplo, uno de los personajes llamado Helmholtz Watson, en menos de cuatro años, llegó a tener 640 amantes. Existe el “cinturón maltusiano” para liquidar niños, y de los “doce a los dieciséis” hacían “ejercicios malthusianos tres veces por semana”. En la novela se lee está tremenda enseñanza: “civilización es esterilización”. Por supuesto que está el “Centro Abortivo”. Los ancianos “no tienen un solo momento para sentarse y pensar”. Cualquier problema es solucionado conforme a una dosis de una droga llamada soma, y en el texto también se aprecia que vivir aturdido, “radio y televisor constantemente en marcha”, es la regla: “inducimos a odiar la soledad.” Al igual que en las otras dos novelas, aparecerán aquí los rebeldes al sistema, siendo Bernard Marx uno de ellos, y John, apodado el salvaje, y Watson son los otros. A los tres se los castigará. Bernard resume básicamente su situación con una concisa expresión: “soy un hombre marcado”.

Como se ve, de los tres textos expuestos es dable extraer cuestiones comunes: el embrutecimiento como regla; manipulación desde edades tempranas; los niños arrancados de sus padres para ser adoctrinados por gobiernos o grupos de poder; aborto y esterilización; tener a todos aturdidos constantemente; lenguaje liquidado y tergiversado; castigo a quienes se considera rebeldes a las invenciones perversas.

Resta un libro por tratar, y es el del inmensísimo y sabio, Chesterton. No es amigo de la “novela futurista”, y hace saber que “el culto del futuro no solamente constituye una debilidad sino también una cobardía de la época”. Es muy fácil desentenderse del pasado y es muy fácil hablar de lo que no ha sucedido: “la mentalidad moderna se ve lanzada hacia el futuro por una cierta sensación de cansancio no sin mezcla de terror, con la cual contempla el pasado. Se siente proyectada hacia lo porvenir. Se siente lanzada (…) hacia la mitad de la semana que viene”. Por supuesto que es más fácil inventar soluciones a los problemas que tenemos en la Tierra fantaseando con extraterrestres y futuras vidas interplanetarias, pero hay en esto un pequeño inconveniente: lo inverosímil no solucionó nunca nada. Algunos prefieren ese futuro a enfrentar realmente la realidad. No obstante lo aseverado sobre las novelas futuristas, opino que, a su modo, los libros citados de Bradbury, Orwell y Huxley, en cierto modo son una defensa de lo pasado frente a perversiones futuras de un sistema de gobierno. Chestertón dirá que “la mayoría de los hombres no tiene tiempo ni vocación para la invención de la belleza invisible y abstracta”. Le pondrá freno a los gobiernos de turno que quieren inmiscuirse en los asuntos de familia: “en los casos más normales de las alegrías y las penas familiares, el Estado no tiene derecho a entrar”. Enseña que “es la psicología especial del lujo y la ociosidad lo que falsea la vida”. Gilbert manifiesta que “la gran herejía moderna” consiste en “alterar el alma del hombre para adecuarse a sus condiciones de vida en vez de alterar sus condiciones de vida para adecuarse a su alma”. En contra de ese Estado ladrón y corruptor de menores, elogia la tarea de la mujer en cuanto a la educación del hijo, educación a la que calificará de “arquitectura colosal”, y que jamás nadie puede suplantar: “Nada podrá nunca superar esa enorme superioridad sexual que hace que hasta el niño varón haya nacido más cerca de la madre que del padre”. Allá, por un ya lejano 1910, Chesterton sentenciaba: “la educación moderna significa implantar las costumbres de la minoría y desarraigar las costumbres de la mayoría”. El escritor inglés con gran profundidad dará el fundamento de su oposición al hombre goma: “cuando uno comienza a pensar en el hombre como en una cosa oscilante y alterable, siempre es fácil para el fuerte y el astuto meterlo en nuevos moldes para toda clase de propósitos antinaturales”.

El libro de Huxley parece dar a entender que la gente de ‘Un mundo feliz’ clama gozosa por el advenimiento del hombre de iniquidad, o sea, por el Anticristo. Pide expulsar de las mentes y los corazones a Cristo, pero brinda por el Anticristo: “Bebo por el Ser más grande (…). ¡Ven, oh Ser Más Grande, Amigo Social! (…). Bebo por la inminencia de su Advenimiento. ¿No sientes como llega el Ser Más Grande?”. Pero es el sabio Chesterton, casi en los albores del siglo XX, que por conocer y penetrar tan bien en el pasado, puede arrojar palabras proféticas que hoy tristemente está padeciendo toda Europa: “Cuando a largos intervalos entre siglos el Cristianismo se debilita, el Asia misteriosa, enfermiza y escéptica comienza a mover contra nosotros sus pueblos oscuros y a derramarlos hacia el oeste en un turbio movimiento de materia (…). Los ejércitos orientales, eran sin duda, como insectos (…). Nunca se ha dado como ahora el caso que los cristianos llamen langostas a los turcos y entiendan con ello hacerles un cumplido. Ahora por primera vez adoramos, y al mismo tiempo tememos y seguimos con devoción, la enorme estructura que avanza –vasta y vaga- desde el Asia, indistintamente discernible entre las nubes místicas de aladas criaturas suspendidas sobre vastos territorios colmando el espacio como el trueno y destiñendo el cielo como la lluvia: Belcebú, el Señor de las moscas”.

Mal que a muchos les pese, todo sigue consistiendo en la lucha que se opera entre dos ciudades, tal como lo describió San Agustín en el silgo V: la Ciudad de Dios y la Ciudad terrena. Hay que ver sobre lo que estamos parados.

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