Internacional

La serpiente del Socialismo se mata por la cabeza habanera

EL COMUNISMO CUBANO RECIBE UN GOLPE

Por: Daniel Lara Farías

Corrían los días de enero de 1959 y ya había dos líderes definidos de hecho y de derecho en Iberoamérica: por derecho a través de elecciones, Rómulo Betancourt se preparaba para asumir la presidencia luego de haberse impuesto en las elecciones que en diciembre del año anterior se habían celebrado en Venezuela, a la caída de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. El otro líder definido, de facto, era Fidel Castro, quien entró a La Habana triunfante en la madrugada del primero de enero de ese año, haciendo escapar del país al dictador Fulgencio Batista.

A Betancourt se le supone socialdemócrata según la definición generalizada pero es en realidad heredero de los movimientos nacionalistas de izquierda que dentro del “aprismo” vieron la luz en Iberoamérica y tomaron auge principalmente después de la Segunda Guerra Mundial. En el fragor de la Guerra Fría, se abrió el paso el reformismo por encima del comunismo revolucionario, con relativo éxito en la toma del poder en la mayoría de los países de la región, con sus obvios y respectivos bemoles.

Fidel, por su parte, era otra cosa. Se convirtió de facto en el epítome de la revolución popular causando el amor ciego inmediato de los teóricos comunistas del mundo, ávidos de demostrar con hechos que las pamplinadas que escribían en sus monsergas comprometidas de verdad podían hacerse realidad.

Lloró de moción Nikita Kruschev, quien puso el ejemplo cubano como lo más cercano a la revolución que ideó Lenin. Y así, un simple y vulgar caudillo latinoamericano heredero del caudillismo postcolonial de siempre terminó ensoberbecido gracias a la Guerra Fría y las carantoñas del comunismo. Resultó ser, a falta de mejores ideas, un “líder revolucionario”. Así pudo ser tranquilamente un dictador feroz y constructor de una dinastía filial, siendo mostrado como héroe por sus falsificadores históricos en todo el mundo y principalmente en Europa. Fin de la historia.

Días de huracán revolucionario

Dos semanas después de tomar el poder por la fuerza, Fidel Castro llegó a Venezuela, donde fue recibido por el gobierno saliente con honores de jefe de Estado. Aún Betancourt no asumía la presidencia y regía la Junta de Gobierno presidida por Edgar Sanabria como presidente interino.

Pero eso no fue impedimento para que ocurrieran dos cosas: que Fidel fuese a visitar a Betancourt para pedirle un préstamo de 300 millones de dólares para “hacerle una jugada a los gringos” y que el mismo pedigüeño revolucionario se lanzara un rally de presentaciones públicas con discursos insuflando los ánimos de la juventudes de los partidos de izquierda a las que él mismo, dos años después, impulsaría, entrenaría y financiaría para hacer la guerra de guerrillas contra la naciente democracia venezolana.

Fidel se cebó contra Venezuela y su democracia. Convirtió las calles del país en un charco de sangre con su auspiciada guerra urbana, donde militantes del Partido Comunista y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria se dedicaban a asesinar policías por la espalda bajo el lema “Mata un policía y haz patria”. Un policía diario era la meta. Fueron muchos más, pues con ese lema en varias partes del país podía caer un uniformado.

Sumemos a la lista de crímenes el secuestro como herramienta de recolección de fondos. Los asaltos a bancos, sabotaje de instalaciones petroleras, atentados personales contra dirigentes políticos y sus familias, fusilamiento de combatientes “desviacionistas” o “revisionistas” en el propio frente guerrillero, invasión del país con combatientes venezolanos y cubanos entrenados en Cuba a lo largo de por lo menos 20 años, etcétera.

Siempre fracasaron, pero fueron pacientes. Fidel logró mostrarse como abierto a cambios o al menos al cese de hostilidades gracias a dos actores de importancia: los gobiernos venezolanos de Carlos Andres Pérez y Rafael Caldera y el gobierno socialista de Felipe González. Fue en Caracas en 1989 donde se selló la rehabilitación de Fidel, a quien se le invitó a la toma de posesión de Pérez en su segundo gobierno y se le sentó al lado de González.

Fue en las “Cumbres Iberoamericanas” auspiciadas por España donde Fidel decidió quitarse el uniforme y vestir de traje y corbata por primera vez en 30 años. A cambio, recibió con beneplácito la declaración que en cada cumbre hacían los gobernantes participantes contra el embargo de los EEUU, gran excusa de Castro para desviar la atención del fracaso de su modelo.

Y así, llegó Hugo Chávez al escenario. En 1992 lanza dos golpes de estado contra el mismo Pérez al que Fidel fue a aplaudir en la toma de posesión, y elementos entrenados durante años por el régimen cubano aparecían entre los golpistas. Militares y civiles. En 1994, cuando Rafael Caldera perdonó por decreto al golpista y su grupo, el primer viaje internacional del futuro dictador venezolano fue a Cuba, donde recibió los debidos honores revolucionarios.

Lo demás, ya es historia.

La serpiente

Con distintos elementos de promoción y especialmente con los petrodólares que Chávez puso a disposición de la jugada, se expandieron por la región regímenes pro castristas, disfrazados con la estratagema del “Socialismo del Siglo XXI” que diseñaron varios europeos, desde los españoles del CEPS hasta los alemanes Martha Harnecker y Hans Dieterich. De la Venezuela del demoníaco chavismo, vimos poco a poco caer a la Argentina con los Kirchner montoneros, Uruguay con Tabaré Vázquez y Mujica, Brasil con Lula, regresa el sandinismo putrefacto con Ortega a Nicaragua, surgen los fenómenos Correa en Ecuador y Evo en Bolivia, Zelaya en Honduras, corruptos y delincuentes convictos en El Salvador y Guatemala sumándose a la comparsa solo por interés en el petrodólar venezolano. Cayó Paraguay en manos de Lugo y se aliaron al juego naciones del Caribe con voto en la Organización de Estados Americanos.

El Socialismo del Siglo XXI es una inmensa serpiente, pero como es usual en estos animales, en su crecimiento está su vulnerabilidad. Puede perder eslabones, claro está. Pero el asunto está cuando su cabeza está en riesgo. Y la cabeza está en Cuba.

La debilidad de la serpiente se dio por causas naturales, ante la muerte de los dos principales motores que eran Fidel y Chávez. De hecho, de la muerte de Chávez algunos acusan al régimen cubano porque  mantuvo prácticamente secuestrado para darle un tratamiento que solo aceleró su muerte. La razón sería sencilla: no podía permitirse la nomenklatura cubana dejar el liderazgo histórico que hasta ese momento detentaba Fidel en manos de un Chávez que con dinero y carisma entre las bases de la izquierda, podría opacar no solo a Raúl Castro, sino a todo el relevo que la Revolución intentara, lleno de segundones o ancianos poco funcionales.

Estaría cantado entonces el paso de la Revolución Cubana al carácter de subalternos de la Revolución chavista, que sí tenía un líder histórico y además pagaba las fantas. Pero quizás, sea solo especulación, aunque muy necesaria como ejercicio entendiendo la raigambre criminal del sistema.

Hoy en Cuba hay algo mucho más importante que una protesta. Lo que hay es un punto de no retorno, pues si se lanzaron a las calles después de 60 años tres generaciones criadas desde preescolar jurando ante la bandera “seremos como el Che”, este mundo tiene esperanza.

Al final, se trata de la Libertad. Y si se le da el golpe a la cabeza de la serpiente que es el castrismo, la serpiente poco a poco será un cuerpo inerte que morirá sin remedio. Y con ella morirán todos los que pusieron como ejemplo a Cuba para justificar sus locuras a la hora de llegar al poder.

 

 

© Gaceta.es

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