
Por: Jorge Caballero
Bien dice el adagio latino que la corrupción de lo mejor es lo peor. En efecto, el mundo antiguo y el mundo medieval sabían muy bien penetrar en el corazón de las cosas. Prueba de esto, entre las muchas que hay, es esta pequeña frase que encierra uno de los elementos más problemáticos y peligrosos del vicio: su extraña semejanza con la virtud.
Ya lo decían Chesterton y Bernanos, al igual que San Ignacio y Santo Tomás. El demonio, por la extraña nostalgia del bien, gusta de disfrazarse como ángel de luz y, así, el mal, en la peor extensión de la palabra, siempre parece un bien o, más aún, es su forma corrupta.
Pongamos, en primer lugar, a Chesterton, gran profeta del siglo pasado, ya que, para el autor inglés, lo contrario a un pueblo cristiano no era, como se pensaría, un pueblo ateo, sino uno triste. En realidad, lo contrario más absoluto al espíritu de la religión no es el ateísmo, sino una forma degenerada de este en la que sus elementos fundamentales, como la alegría, han desaparecido. De fondo, aún es la fe, pero infectada y adulterada como en las herejías.
Conclusión similar, aunque en otra vertiente, es la obtenida por George Bernanos. El escritor francés dice, en su obra maestra, lo mismo que Chesterton y, además, afirma que confundir la sexualidad con la lujuria es confundir el órgano con su padecimiento. Hay ciertos males, explica, como el cáncer, que cubren poco a poco la parte sana del cuerpo hasta absorberla completamente y, por un extraño mecanismo, terminan aparentando la forma original del órgano infectado, haciendo un doble monstruoso.
Por ello, lo contrario a la castidad, que es el recto control de los goces sexuales, no es solo la lujuria animal y desenfrenada de algunos, sino también la falsa castidad puritana de pocos, que define al sexo como un acto intrínsecamente malo y condena cualquier placer. La prostitución y el adulterio son vicios gravísimos, no se me malentienda, pero creo que es mucho más peligrosa y, francamente, demoníaca la visión de los gnósticos y luteranos, que afirma que incluso en el acto sexual entre los esposos sucede un pecado.
Además, el lujurioso puede caer, pero, en el mejor de los casos, reconoce fácilmente que su acto es malo. No obstante, el puritano siempre cree que está haciendo lo correcto y con su conducta termina creando monstruos mayores que los del cuerpo, porque su pecado es del espíritu y se alimenta de la firme convicción que tiene el que obra creyendo que cumple su deber.
Como tercer ejemplo, y en mi opinión el caso más patente, tenemos nuestro actual modernismo. En realidad, aquella que sería la suma de todas las herejías, en palabras del sumo pontífice, no sería la que estuviera fuera de la iglesia, sino la que lograra mantenerse siempre adentro para destruirla con menor dificultad. El padre de la mentira sabe lo que hace y me atrevo a decir que es demasiado inteligente. Por ello, él mismo comprende que un mundo sin Dios, sería un absurdo que, como los proyectos totalitarios comunistas no podría ni acabar con la fe, ni durar mucho tiempo.
El hombre debe creer, debe dar la vida por algo y, tarde o temprano siente está misión, que lo lleva irremediablemente hacia Dios. En consecuencia, la única forma de verdaderamente acabar con la iglesia es corromperla, es ofrecer una iglesia vacía, donde Dios haya pasado al segundo lugar y el hombre se alabe a sí mismo. La iglesia modernista es una caricatura de la verdadera iglesia, como el anticristo, es una vuelta de cabeza de su modelo original. El mundo ama a una y odia a la otra; una da frutos buenos y la otra, pura cizaña; una permanece, mientras la otra no deja de cambiar y moverse, según le digan y le convenga, haciendo y deshaciendo.
Corruptio optimi pessima…reza el pequeño proverbio en latín. Y es que el pecado, como se observa en los tres ejemplos que puse, es una enfermedad, es decir, es una fuerza externa, que invade y empieza a pudrir desde dentro a su huésped hasta confundirse con él y asesinarlo. Aquí está el grado más peligroso del pecado, el que, incluso, puede llevar y lleva a tantos a la desesperación. El pecado se une tanto al pecador que este cree que es parte de él, piensa que es imposible cambiar y decide dejar que este lo absorba completamente, como una plaga o una dolencia mortal.
Porque, como bien se sabe, cuando la enfermedad está avanzada, el enfermo no soporta la cura y siente que ir contra ella es tan duro como ir contra sí mismo. Es ahí, cuando este no requiere solo de la salud, sino, literalmente, de la salvación. En efecto, el pecado es un mal tan grande que la simple salud no podría acabar con él, bien se ve en la traducción que se hace del nombre de Jesús, ya que, en latín la palabra salus es tanto “salud” como “salvación” y, por eso, decimos que Jesús es quien nos da la salvación, o sea, la salud máxima, la libertad de aquella enfermedad mortal, la única verdaderamente mortal, que es el pecado.
Cuidemos la pureza del bien con oración y ayuno, custodiemos la verdadera pureza de nuestra fe y, así, evitaremos esta terrible enfermedad o, al menos, evitaremos que corrompa lo mejor y a los mejores y, de esta manera, evitaremos los mayores males.





