Cultura

HUGO BLANCO,EL MINCUL Y EL CINE AL SERVICIO DE LA REVOLUCIÓN

Por: Andrés Valle Mansilla

No es de extrañar que se promueva la realización de documentos audiovisuales que intentan lavarle la cara a la izquierda, dado que el ámbito cultural es propicio desde siempre para la infiltración de las ideas comunistas con el fin de “crear conciencia” de que las contradicciones existentes en la sociedad deben ser agudizadas para generar un estallido que lleve a las masas al poder y así lograr el utópico “paraíso socialista”. De ahí que en el pasado, el Comité de Investigación de Actividades Antiamericanas del Congreso de Estados Unidos tuviera como objetivo desde 1937 impedir la infiltración comunista en las instituciones de ese país, aunque luego se caería en un notorio ambiente de sospecha y persecución despiadados debido a los excesos cometidos por su último presidente, el senador Joseph McCarthy.

Esto no significa que todo régimen tenga dicho estilo de gobierno, sino que puede ser incluso democrático y tolerante con otras ideologías. Lo que no es correcto es que se utilicen fondos públicos para hacer películas que enaltecen figuras del pasado que justificaban la violencia, el autoritarismo y el terror para remediar los males de la sociedad. “Che, el argentino” (2008), “Comandante” (2003) o “No” (2012) son películas con claras inclinaciones políticas, pero todas fueron financiadas como proyectos privados. Eso es parte de la iniciativa y el interés de sus realizadores. Pero “La revolución y la tierra”, “La pasión de Javier” y “Hugo Blanco, río profundo” (todas realizadas en 2019) son ejemplos notorios de cómo se está utilizando el dinero de los impuestos para ofrecer la “cara amable” de quienes querían cambiar el mundo desconociendo el orden democrático y los valores morales de nuestra civilización.

Ante esta realidad, es comprensible que se invoque la libertad de expresión para justificar semejantes empresas. El riesgo es que cualquier régimen de turno, sin importar su simpatía política, caería en la tentación de mitificar o romantizar a sus figuras emblemáticas en el cine utilizando fondos públicos. En la actual coyuntura de la pandemia del COVID-19, la utilización de dicho dinero debe ser destinado para una ayuda más eficiente que alivie los graves problemas de la población más vulnerable, tanto en lo sanitario como en lo económico.

“Gloria del Pacífico” (2014) es un ejemplo antagónico del esfuerzo privado de su director Juan Carlos Oganes para perpetuar la memoria de un peruano noble y valiente como Francisco Bolognesi. Financió la película vendiendo su casa debido al recelo existente de las empresas chilenas que tenían inversiones en Perú. Ese detalle es el que se necesita para que un proyecto así llegue a ver la luz, especialmente cuando se busca que se convierta en una trilogía. Otra película que puede ejemplificar mi idea es la producción checa “Milada” (2017) y en esta película nos vamos a enfocar, porque pese a ser poco conocida, tiene los requisitos para ser destacada y recomendada, especialmente porque se puede ver por Netflix: financiamiento privado, historia política, personaje ejemplar y testimonio inspirador en grado heroico.

“Milada” recrea parte de la historia de la abogada, política y defensora de los derechos humanos Milada Horáková (Ayelet Zurer), quien apoyó a la resistencia checoslovaca contra la ocupación alemana de su país en medio de la Segunda Guerra Mundial, lo cual le costó la libertad por 5 años en varias cárceles hasta la caída del régimen nazi. Su esposo y su hija sobrevivieron y luego incursionó en la política, convirtiéndose en diputada representando al Partido Socialista-Nacionalista (centro-izquierda). Desde su posición ayudó a muchos de sus compatriotas a asilarse en el extranjero, especialmente tras el golpe de Estado de febrero de 1948 y al nuevo e intolerante gobierno comunista de Klement Gottwald, manejado por la Unión Soviética. Milada renunció a su cargo de diputada en protesta por la restricción de las libertades en su país, pero fue detenida, torturada y ahorcada en 1950 tras un juicio amañado totalmente teatralizado para amedrentar a la población y especialmente a los opositores al gobierno, pese a las peticiones de indulto llegadas de figuras prominentes como Albert Einstein, Eleanor Roosevelt y Winston Churchill.

El esposo de Milada huyó de su custodia a Alemania occidental y de ahí a Estados Unidos, y su hija Jana no pudo verlo sino 20 años después. Pese a que Horáková tenía posibilidad de salir a tiempo de Checoslovaquia, prefirió quedarse para ayudar a más personas y defender sus ideas de libertad y democracia. Sus cartas escritas en la cárcel fueron confiscadas por la dictadura y cuando ésta cayó recién en 1989, la hija única de la abogada, ya madura, regresó a su país natal al año siguiente para recibirlas, rehabilitar la memoria de su madre y defender su testimonio. Al igual que Claus Von Stauffenberg en Alemania, hoy Milada Horáková es considerada una heroína en República Checa y en su honor se estableció el 27 de junio como el “Día del recuerdo de las víctimas del régimen comunista” por ser la fecha de su ejecución. Sí, hace ya 70 años.

Historias verídicas como ésta inspiran a los espectadores a luchar por los más altos ideales políticos en nombre de la verdad, del bien y la justicia y no a maquillar los hechos y personajes por simpatías ideológicas. Si hoy se critica el documental del aprendiz de guerrillero guevarista Hugo Blanco por esta segunda causa, la película sobre Milada Horáková puede servir para recordarnos que por más que la distancia, el tiempo, la cultura o el idioma nos separen, siempre habrán testimonios que nos estimulen a luchar con firmeza y respeto por nuestras libertades y derechos fundamentales.

Porque sin duda la familia del guardia civil Hugo Briceño, asesinado por Blanco en 1962 tras una revuelta campesina iniciada en el valle de La Convención (Cusco), se siente profundamente ofendida por el apoyo a esta iniciativa. Similar rechazo se produciría, si se hiciese una película que resalte “el lado docente, político y filosófico” de Abimael Guzmán. No pues, no se puede tomar por idiota a la gente. En el ámbito artístico, si se insiste en financiar públicamente una película, entonces tenemos historias que valen la pena recomendar: José De la Riva Agüero y Osma, Nicolás Ayllón, Alejandro Sánchez Arteaga, Mariano Melgar, Víctor Larco Herrera, Daniel Alcides Carrión, Jorge Basadre, Ricardo Palma, entre otros. Aun así, me reafirmo en la necesidad de tener productores cinematográficos que se comprometan en financiar historias reales que susciten admiración y no repudio.

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