La columna del Director

ESTÁN MATANDO AL FÚTBOL

El deporte rey agoniza en el altar de la corrección política

Por: Luciano Revoredo

Algo se pudre en el fútbol, algo apesta, es el hedor de la burocracia, de la queja sistémica y de una ideología que ha decidido que la pasión es un pecado. El fútbol, el último reducto de libertad visceral y catarsis popular, está siendo ejecutado en silencio por quienes prefieren un expediente a un gol.

La tecnología nos fue vendida como el fin de la injusticia, pero resultó ser el principio del fin del juego. El VAR ha convertido el fútbol en una disección clínica donde la alegría se suspende y los goles se gritan minutos después, por un hombro adelantado tres milímetros o un roce que solo existe en la cámara lenta de un burócrata. Hemos pasado del grito sagrado de gol a la espera angustiante frente a un monitor. La perfección técnica ha asesinado la espontaneidad humana. El fútbol era ritmo, era error, era vida; hoy es un laboratorio frío donde se penaliza la intensidad.

Pero ahora resulta que lo más preocupante no es la complicidad de observadores de pantallas y jueces de jugada cuadro por cuadro, sino la fragilidad del hombre. Estamos ante una generación de futbolistas de cristal, promovidos por altas esferas que han abrazado una corrección política asfixiante. Bajo el paraguas de la ideología woke, cualquier gesto de picardía, cualquier roce de hombría o cualquier manifestación de la tribuna es etiquetado como un crimen de odio o un motivo de probable sanción.

Es evidente que nadie en su sano juicio defendería el racismo, pero hoy se utiliza esa bandera para perseguir la libertad de expresión en los estadios. Lo que antes era el folklore de la grada, el ambiente de libertad donde el pueblo se manifestaba sin filtros, hoy es motivo de denuncia. Quieren convertir el estadio en un colegio de señoritas, higienizado y silenciado, donde el conflicto, esencia misma del deporte, sea erradicado en nombre de una sensibilidad hipócrita. Se quiere tribunas desodorizadas y esterilizadas por el halo infame de la corrección política.

En el Perú, este fenómeno ha tomado un tinte oscuro y antideportivo. Lo que estamos viendo con las denuncias sistemáticas de Alianza Lima contra Universitario de Deportes es una vergüenza para la historia del balompié nacional. Es el triunfo del escritorio sobre el campo de juego.

Resulta patético ver a un club denunciando a jugadores y técnicos de partidos en los que ellos ni siquiera participaron. ¿El objetivo? Es transparente: frenar el camino de la “U” hacia un tetracampeonato histórico que parece inevitable en la cancha. La narrativa es patética: quieren que Paolo Guerrero, en el ocaso de su carrera, se retire con una corona. Es un deseo válido, pero buscarlo mediante el sabotaje administrativo y la queja constante es la antítesis del honor deportivo. Los títulos se ganan en la cancha y el fútbol se gana con goles. No en la mesa, no con papeleos y denuncias, no con rodilleras y apagones reales y morales.

No podemos olvidar que el propio Paolo Guerrero, hoy convertido en el estandarte de esta narrativa de la susceptibilidad, protagonizó en Alemania uno de los actos más viscerales de los que se tenga memoria: lanzarle un tomatodo a un hincha del Hamburgo que lo insultaba desde la tribuna. Resulta irónico, por no decir hipócrita, que hoy se pretenda ganar campeonatos mediante la queja y el llanto administrativo, cuando la carrera de sus propios referentes se forjó bajo el fuego de una pasión que hoy quieren extinguir.

Como bien dijo el “Puma” Carranza, esto antes no existía. Las cuentas se cobraban en el verde, con la pierna fuerte y el corazón en la mano, no con abogados y comunicados victimistas. Mientras la “U” construye su gloria con fútbol, otros parecen estar construyendo un muro de papel sellado para impedir lo inevitable.

Lo ocurrido ayer en el Estadio Monumental roza el ridículo absoluto. El arquero de la UTC, Ángelo Campos, decidió montar un espectáculo de victimismo denunciando supuestas “expresiones racistas” de la tribuna, y el árbitro, contagiado por esta fiebre de fragilidad moderna, detuvo el juego cayendo sin atenuantes en la trampa. Es el colmo del cinismo: estamos hablando de un jugador que tiene por apodo oficial “El Mono”, registrado así sin complejos en las redes sociales de la Liga 1 Max y en las páginas de su exclub, Alianza Lima.

Históricamente, nuestras canchas han sido un “zoológico” de pasión: hemos celebrado a la “Culebra” Carrillo, a la “Foquita” Farfán, al “Cuy”, al “Zancudo” y al “Gavilán” al “Puma”. Jamás nadie se sintió “víctima” por ello. Pero claro, hoy la piel es de cristal cuando conviene. No olvidemos que este es el mismo personaje que, con un historial de conductas antideportivas, entró provocadoramente al Monumental con una bandera de Alianza para encender a la tribuna. Quien siembra vientos, cosecha tempestades. Intentar ensuciar un partido con la carta del racismo para sacar ventaja o victimizarse es, simplemente, una falta de respeto a la libertad que siempre reinó en el fútbol. Si no aguantan la presión de la tribuna, que se dediquen al ajedrez.

Entre escándalos extradeportivos, denuncias judiciales y barristas que irrumpen en sus propios estadios, la esencia se nos escapa entre los dedos. Estamos matando el fútbol para darle paso a un espectáculo burocrático, vigilado y carente de alma.

Si el fútbol deja de ser ese espacio de libertad, de roce, de picardía y de catarsis, entonces ya no es fútbol. Es apenas un simulacro para mentes frágiles. Si no defendemos la libertad de vivir el deporte con su imperfección y su fuego, estaremos asistiendo, impasibles, al entierro del deporte más hermoso del mundo.

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