
Por: Alfredo Gildemeister
Durante la cuarentena, una vez a la semana iba a ver a mi madre. Me iba caminando desde mi casa hasta su departamento, el cual quedaba a una media hora caminando desde mi casa. Nunca olvidaré el eco de mis pasos en las calles y avenidas vacías de autos y de personas. Parecía que por un instante estuviese viviendo una de esas películas de ciencia ficción en donde se representa el fin de la humanidad luego de una hecatombe nuclear, o invasión extraterrestre. La ciudad desierta y callada. Donde hasta hacía pocos días el bullicio, bocinazos, gritos y ruido ensordecedor imperaba, ahora el silencio se imponía. Aquel restaurante, bar, bodega o supermercado que paraba atiborrado de gente, ahora lucía vacío, desierto, solo los fantasmas y recuerdos rondaban por allí. Todo lo envuelve el silencio. Crucé el parque a donde iba a jugar en mi infancia y parecía un bosque encantado. Sólo se oía un sonoro bullicio por el canto de toda una diversidad de pajaritos cantando y llamándose unos a otros: cuculíes, tortolitas, golondrinas, etc. Quizá se preguntarían ¿qué fue de los humanos? ¿A dónde estaban? Luego de casi media hora de caminata solitaria, con una mascarilla que mas era lo que me ahogaba que lo que respiraba, pasé por un gran supermercado. Una larga cola de varias cuadras de personas separadas por dos metros de distancia cada una, esperaba pacientemente su turno para ingresar al local y hacer rápidamente sus compras. Todos me miraban con curiosidad mientras pasaba caminando a cierta distancia de la cola. Sin embargo, algo me llamó la atención. Algo había de común en todas las miradas. Supe que ese algo no era otra cosa que miedo. Mucho miedo.
Ver a la gente haciendo esa cola, con miedo y desconfianza me trajo a la memoria esas viejas películas y documentales de la Segunda Guerra Mundial, de las ciudades europeas durante la ocupación alemana, con las personas haciendo colas para adquirir algún alimento, combustible o lo que sea, bajo un estricto sistema de racionamiento, rostros con angustia y miedo, mucho miedo, mientras eran vigilados por los soldados alemanes que ocupaban las ciudades. Se vivía un estado de guerra. De allí el miedo de la gente. Nadie sabía lo que podría pasar cada día, cada instante, la próxima hora. La muerte, el sufrimiento y el dolor podían tocar la puerta de tu casa, a tu familia y tu vida misma, en cualquier momento. Estamos en “territorio comanche” como diría Pérez-Reverte. Tierra de nadie.
En ese momento tuve la certeza que vivíamos un estado de guerra. Pero de una guerra nunca vista hasta entonces puesto que se trataba de una guerra contra un enemigo invisible, muy sutil y astuto el cual te podría atacar en cualquier momento y dentro de tu mismo hogar si no tomabas las precauciones debidas. De allí el miedo de la gente. Cualquiera podría ser el enemigo, cualquiera podría ser el portador y transmisor de ese enemigo que muy probablemente te mataría; tu padre, tu hermano, tu propia madre, tu amigo o amiga de toda la vida, tu enamorada, tu esposa. Cualquiera. Porque ese enemigo no es un soldado, ni un ejército que lo vez aproximarse antes de atacarte, permitiéndote prepararte para combatirlo. No es el caso. Este enemigo se te acerca calladamente, en el silencio de tu hogar, de tu habitación, en la intimidad de tu familia. Ante cualquier contacto con una persona cercana. Cualquiera podría ser el enemigo. Cualquiera podría introducir al enemigo en tu casa, en tu hogar, en lo más sagrado e íntimo de tu vida y aniquilarte. De allí la desconfianza y el miedo ante cualquier persona, inclusive tu familia o tus mejores amigos. Cualquiera puede ser el enemigo. Cualquiera puede traer la muerte a tu hogar.
Cuando comenzó la pandemia, uno percibía que el enemigo estaba lejos, muy lejos de las murallas de tu país, de tu ciudad y de tu casa. Sin embargo, a medida que las semanas y los días pasaban, este enemigo invisible se iba acercando. Las víctimas comenzaron a darse en tu país. El enemigo se acercaba a las murallas de tu ciudad. Hasta que el día menos pensado ataca tu ciudad y atraviesa las murallas. Al principio se trataba de personas que no conocías, lejanas, extrañas, que no significaban nada para ti. Sin embargo, el enemigo se acercaba sigilosamente, poco a poco. Un día te enteraste que un vecino falleció por este enemigo invisible; otro día fue una conocido. Finalmente, te enteraste que un amigo o el papá o la mamá de otro amigo, ya mayores de edad, fallecieron de lo mismo. Luego fue un familiar lejano. Fue en ese instante en que fuiste consciente que el enemigo ya estaba a las puertas de tu hogar. Que un familiar cercano tuyo, tus hijos, esposo o esposa, y tú mismo, podrían ser las siguientes víctimas de este enemigo callado y terrible que, “de manera tan callando” como diría el poeta Manrique, se iba acercando hacia ti.
Fue en ese momento que te acordaste de rezar, de rezar mucho, a ese Dios al que siempre viste un poco lejano, pero que ahora sientes muy cercano. Fue en ese momento que recordé y comprendí las palabras del cardenal Robert Sarah, palabras que leyera en un medio cuando hace unos meses se declarara la pandemia a nivel mundial: “En pocas semanas, la gran quimera de un mundo materialista que se creía todopoderoso parece haberse hundido. He aquí que un virus microscópico, ha puesto de rodillas a este mundo que se contemplaba a sí mismo ebrio de autosatisfacción porque se creía invulnerable. La economía se ha hundido y las bolsas caen en picada. Hay fracasos por doquier. Henos aquí, enloquecidos, confinados por un virus del que no sabemos casi nada”.
El estado de guerra que vivimos nos muestra el rostro de la muerte cada día y cada vez más cercana. Todas nuestras preocupaciones cotidianas han pasado a un segundo o tercer lugar: mis sueños, ambiciones y proyectos; las ansiadas vacaciones, tus próximas compras y exitosos negocios, nuevos trabajos, etc. Algunos sienten pánico. Otros prefieren no ver lo evidente y deciden seguir viviendo como si no pasara nada: organizan reuniones, bailes, “reus”, salen a pasear, etc.
Si embargo, algo curioso viene sucediendo en paralelo, algo casi divino. En medio de este estado de guerra, la humanidad está redescubriendo a la humanidad, esto es, que solo la generosidad y la bondad humana, la solidaridad entre todos nos ayudará a salir adelante, y especialmente, que la vida es mucho mas que el tener cosas y pasarla bien. La humanidad vuelve la vista a lo esencial, dejando lo efímero y fatuo: su destino último, el cual se encuentra vinculado a Dios, pues lo efímero, pasajero, el pasarla bien y lo divertido, puede terminar de un momento a otro, tal como esta pandemia lo está demostrado. De allí que la gente se haya acordado de rezar y de acercarse a Dios. Al estar las iglesias cerradas, los cristianos y los católicos comienzan a extrañar y apreciar en verdadero sentido de la comunión, la Santa Misa, la confesión, etc. lo mismo viene ocurriendo en los países de fe islámica o budista. Se extraña a Dios, pues sienten como si Dios hubiera abandonado a la humanidad y no es así. Cristo también se sintió abandonado en la cruz. Pero Dios no abandona. De allí que, en medio de toda esta desgracia, quizá haya llegado el momento de redescubrir a Dios, la oración personal, la oración en familia y que la vida es mucho más que el simple pasarla bien, que Dios existe y nos espera como un padre amoroso, que a veces debe corregir con un buen palmazo a sus hijos por su propio bien. Concluyo con Sarah: “Algunos dicen que nada volverá a ser como antes. Lo espero. Sin embargo, temo que, si el hombre no vuelve con todo su corazón a Dios, todo volverá a ser como antes y el camino del hombre hacia el abismo será ineludible”.






Y mientras tanto hoy 17 de agosto de 2020 se lleva a cabo una manifestación pública contra el gobierno en Argentina contra la cuareterna. Espero que los medios peruanos muestren esta realidad. Pero de no ser el caso
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