Iglesia y sociedad

LA TRAICIÓN DE LOS CLÉRIGOS EN TIEMPO DE PANDEMIA

O acerca de cómo la Iglesia visible está siendo infiel a su Misión y, en definitiva, a Cristo

catedral de lima

Por: Gianfranco Sangalli Ratti

El día de ayer, 15 de agosto, Festividad de la Asunción a los Cielos en cuerpo y alma de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, necesitando y deseando recurrir al tribunal de la misericordia divina, a través del sacramento de la confesión, pude comprobar, sufriendo la injusticia en carne propia, hasta qué escalofriantes extremos ha llegado la impiedad reinante en las estructuras visibles de la Iglesia católica. Lo vivido me ha movido a una dolorosa meditación y a la necesidad de compartirla públicamente por este medio, a modo de santa y airada denuncia. A continuación, pues, presento la crónica y reflexión sobre lo sucedido.

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Como apenas apuntado, ayer sábado 15 de agosto de 2020, Fiesta de la Asunción, hacia las 5 p.m. salí en busca de confesor, dirigiéndome con tal fin -triste ironía- a la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, en cuya jurisdicción resido. Llegado que fui ante las puertas del Despacho Parroquial, toqué en vano el timbre, pues nadie se dignó responder al timbre-intercomunicador; misma suerte le cupo a la llamada telefónica que acto seguido realicé (que, al final, solo me dio la consabida e inútil opción de dejar un mensaje). Frustrado por lo sucedido, con paso resuelto me encaminé a la iglesia Matriz de Miraflores, parroquia de la Virgen Milagrosa (en el parque Kennedy), cuyo timbre-intercomunicador esta vez sí fue atendido, pero solo para oír decirme que “las confesiones están suspendidas hasta nuevo aviso”, ante lo que solo atiné a replicarle al oculto interlocutor que era increíble la falta de caridad de la que hacían gala.

Concluido con tan decepcionante desenlace mi ingenuo periplo, no pude menos que meditar extensamente acerca de lo ocurrido; hechos que, si bien a primera vista algunos podrían considerar como puramente anecdóticos e individuales, estimo, sin exagerar, perfecta y cabalmente representativos de algo que significa una tragedia mundial, cósmica, más aún.

En efecto, meditando sobre lo ocurrido y sobre el contexto general de histeria inducida -al que se ha prestado de manera cómplice la Iglesia- en el que se halla hoy nuestro mundo, me puse a reflexionar sobre los hechos conocidos, sobre la realidad objetiva de la existencia de una pandemia global (su verdadera naturaleza, entidad, alcances), sobre la potestad de la autoridad política y la potestad de la autoridad eclesiástica (sus esferas de ejercicio y límites jurídicos) y, en definitiva, sobre la Misión de la Iglesia y el derecho de los fieles católicos.

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Covid-19.  Haciendo abstracción del origen (naturaleza) artificial -y sus usos en la actual atípica y asimétrica guerra por la definición del Orden Mundial- de este virus [origen acreditado por autorizadísimas fuentes, que van del Premio Nobel prof. Luc Montagnier al prof. Giuseppe Tritto, presidente de la Academia Mundial de Ciencias y Tecnologías Biomédicas (WABT)] está a la vista la universalidad de los contagios, ergo, no se puede negar el fenómeno de la irrestricta expansión de este virus, lo que determina un estado de pandemia global. Dicho esto, sin embargo, quienes no se han dejado arrastrar por la psicosis colectiva inducida por las declaraciones y medidas de los operadores políticos y mediáticos, logrando conservar una capacidad crítica libre (ojo: el miedo anula o, cuanto menos, mediatiza la libertad de juicio, y condiciona en términos prácticos la vida) no pueden, a la luz de las estadísticas, menos que observar la absoluta falta de proporcionalidad entre la real entidad de esta amenaza sanitaria y las medidas adoptadas (con sus catastróficas consecuencias socio-económicas) para prevenir su expansión. Veamos someramente algunos datos.

Cuando se conocen y comparan los datos sobre la entidad estadística (al 16 de agosto) de la presente pandemia, el número global de infectados (21.7 millones) y de fallecidos (771.5 mil), en relación a la población mundial total (7.8 miles de millones), se ve claramente que el índice de contagiados es irrisorio, siendo del 0,28 % (!) y el índice de mortalidad total en relación al número de contagiados es de solo 3,55%; es decir, que este índice de mortalidad es menos de la mitad del que presenta anualmente el virus de la influenza, siendo éste del orden del 10% (!). Comparando la pandemia del Covid-19 con otras pandemias históricas, se aprecia la distancia sideral en niveles de contagio/mortalidad entre la actual y aquellas; piénsese que -para no remontarnos a la Peste Antonina (s. II) o a la Peste Negra (mediados del s. XIV) que se estima causó la muerte de 1/3 de la población de Europa y del mundo, respectivamente- la llamada Gripe Española (1918-1920), cuando el mundo tenía 1.86 mil millones de habitantes, contagió a 500 millones (26,9% de la población) y causó entre 50-100 millones de muertos (a la baja: 10% de los infectados).

Lo que estas estadísticas ponen en evidencia, así pues, es la total desproporción entre los alcances de las medidas restrictivas de la libertad (derechos fundamentales, civiles, económicos, religiosos), que los Estados se han arrogado arbitrariamente aplicar, y la verdadera amenaza que este Covid-19 representa para la población del mundo. Medidas restrictivas de la libertad, por extensión y duración, nunca antes vistas en la Historia por una alegada -aunque estadísticamente negada- amenaza existencial contra la Humanidad, que están condenando cada día a la pobreza, al hambre y posiblemente a la muerte a cientos y cientos (si no incluso a miles) de millones de personas; para no hablar de la desestabilización social y política que esta demencial sobrerreacción va generando en el camino.

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Potestad de la autoridad política y potestad de la autoridad eclesiástica. Se ha descrito el cuadro general de la situación política, social, económica y cultural generada (¿por incompetencia, irresponsabilidad o deliberada voluntad subversiva?) a partir del pretexto pandémico, para contextualizar la presente inaudita, insólita, absolutamente sin precedentes en la Historia, situación religiosa que estamos viviendo, que a fin de cuentas es lo que me ha movido a escribir estas reflexiones: el general cierre de los templos, suspensión del culto público.

Desde su fundación por Nuestro Señor Jesucristo y a lo largo de los 2000 años transcurridos, la Iglesia ha sufrido de manos del Poder político múltiples persecuciones, algunas, las más, abiertamente, otras, las menos, solapadamente, pero todas invariablemente en menoscabo del derecho de las personas creyentes a practicar libremente la Fe; y siempre animadas por el rechazo a la Realeza de Cristo y sus implicancias sociales. Hasta aquí nada de inaudito o de insólito, pero es que en el contexto de la pretextuosa pandemia, habiendo la autoridad política, una vez más, incurrido en una persecución práctica de la Iglesia y de los feligreses, he aquí que ha sucedido lo inimaginable, ¡la jerarquía y el clero de la Iglesia, en su inmensa mayoría, se han avenido a tal persecución! Esta ha sido la tónica en, más o menos, todo el mundo occidental; lo sucedido el sábado 15 de agosto a quien estas líneas escribe, es consecuencia práctica y directa de esta en alguno cómplice, en otros cobarde sumisión y rendición de la Iglesia al Estado, haciendo escarnio de todo derecho divino y humano.

El Estado peruano atropella el derecho de la Iglesia. Con el cierre de los templos el Estado peruano viola su propia Constitución política vigente (art. 50) que reconoce la “independencia y autonomía de la Iglesia Católica”, en fuerza del rango superior, como Tratado internacional que es, del Concordato de 1980 que rige las relaciones entre la Santa Sede y la República del Perú, el cual en su art. 1 establece que “La Iglesia Católica en el Perú goza de plena independencia y autonomía”. Así mismo, el Estado peruano está violando la Convención de Viena de 1969 sobre el Derecho de los Tratados, atropellando el precepto de que “Un Estado parte en un tratado no podrá invocar las disposiciones de su derecho interno como justificación del incumplimiento del tratado” (art. 27. 1). Es incuestionable, pues, que el Perú se ha puesto al margen de su propia legalidad fundamental y de la superior legalidad internacional. El Estado peruano no tiene potestad alguna para arrogarse la imposición de la suspensión general del culto público católico.

A pesar de lo anterior, la Iglesia en el Perú no solo no ha querido defender sus fueros, sino que se ha plegado dócilmente al discurso y narrativa oficiales, privando por la vía de los hechos a sus fieles ya no solo del derecho al culto público sino de la posibilidad práctica de recibir individualmente los sacramentos. Reiteradamente, haciendo gala de una notoria falta de caridad, ha hecho oídos sordos a las súplicas -como la promovida por este diario digital- de miles de católicos para que se garantice nuestro derecho al culto público. Peor aún, ha desautorizado y reprendido a sacerdotes que, con las precauciones sanitarias del caso, han querido cumplir con su deber sacerdotal hacia los fieles. Esto es del todo inaudito e insólito. Jamás en la Historia, desde que las persecuciones inspiradas por la Masonería empezaron a serpentear en Occidente a partir el siglo XVIII, como ante la Constitución Civil del Clero impuesta por la anticristiana Revolución francesa, o como ante las sangrientas persecuciones laicista mexicana y marxista española del siglo XX, jamás la Iglesia se arredró, sometió ni menos todavía se rindió, sino que pagó un alto precio en sangre en defensa de los derechos de Dios y de los fieles.

Hoy, en cambio, asistimos al lamentable espectáculo de una Iglesia -no solo la peruana- infiltrada y ampliamente descreída que oficialmente traiciona la Misión (S. Juan 21, 15-18; S. Lucas 22, 31-32) que le ha sido encomendada por Cristo de apacentar a sus ovejas y confirmar a sus hermanos en la verdad, dejándolas más bien a merced del lobo moderno, el Estado materialmente laicista.  Y todo esto acontece en nombre de razones puramente naturalistas…

Estos malos pastores tienen una fe menguada o desvirtuada. Creen poco o simplemente ya no creen en la Palabra de Dios, en Sus promesas, en Su poder. Creen poco o nada en la necesidad de los sacramentos como fuentes irremplazables de vida espiritual, como barrera efectiva contra el pecado; creen poco o nada en los méritos infinitos del Santo Sacrificio de la Misa (por eso masacran habitualmente la liturgia). Creen poco o nada en que no hay que temer a quienes pueden matar el cuerpo sino a lo que puede enviar al Infierno [realidad, igualmente, en la que poco o nada creen] y que nada le sucede al hombre que Dios no permita (S. Mateo 10, 26-33).

Por toda esta impiedad, con despreocupada ligereza niegan los auxilios espirituales a los fieles católicos, al tiempo que se homologan a la general prédica naturalista, sanitaria; como si la práctica religiosa estuviese inevitablemente reñida con la precaución sanitaria. Y actuando de este modo, colaborando en la difusión de la alarma social, la Iglesia actual desprecia, además, la enseñanza cristiana del abandono a la Providencia de Dios, olvidando lo que está Escrito:

¿Quién de vosotros, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida?” (S. Mateo 6, 27)       

Ante todo lo expuesto hasta aquí, que si no fuera trágico y potencialmente mortal para muchísimas almas, sería ridículamente surrealista, alzo mi voz de dolor y de denuncia; y lo hago según la enseñanza de Santo Tomás de Aquino del derecho que, en caso de peligro para la Fe, asiste a los fieles de reprender filialmente a los prelados.

Señor Obispo de Roma ornado de blancas vestiduras, señor Arzobispo de Lima, señores Obispos del Perú, señores Presbíteros, si conservan la Fe recuerden lo que dice el canon definitivo (1752): La salvación de las almas es la Ley Suprema de la Iglesia. Este es su oficio y misión, no la obsecuencia frente a la autoridad civil; una autoridad civil que, por lo demás, viene dando sobradas muestras de ser adversaria de enseñanzas cristianas fundamentales. No vale la solución farisaica de cumplir con los ritos encerrados en los templos; así no cumplen con la Misión encomendada por Dios, no quedan justificados. ¡Pónganse delante de Dios! Háganlo porque, dada la condición humana, Su Juicio inapelable nunca está demasiado lejos. “Conozco tus obras y que no eres ni frio ni caliente. Ojalá fueras frio o caliente; mas porque eres tibio y no eres ni caliente ni frio, estoy para vomitarte de mi boca.” (Apocalipsis 3, 15-16)

 

 

 

 

 

3 Comentarios

  1. Arzobispo Carlos Castillo: «Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!
    Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca. Apocalipsis 3. 15 – 16

  2. Me niego a la narrativa oficial, prefiero epidemia. Luego, respecto de su infructuoso viaje a por la misericordia divina, recomiendo buscar casas de órdenes religiosas, quiénes no están obligados a la obediencia estricta al obispo local, tal vez ellos tengan a bien confesarle, es probable que a través de la reja y con mascarilla. No ceje en su intento, no aseguro nada porque no creo que todos sepan el verso del apocalipsis:
    12,11Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron,
    y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.

  3. Por otro lado considero que la guerra mediática contra el dióxido de cloro a nivel mundial es el claro indicador de que es el mejor preventivo y probable cura del virus corona.
    Cuando todos los medios están de acuerdo en algo, hay que sospechar nada bueno y conociendo que en Perú, todos están bajo el control del poderoso grupo elcomerciante (se entiende ¿No?) Es muy pero que muy probable que sea la cura. En Guayaquil y CDMX se ha usado con excelentes resultados. Probemos

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