Vida y familia

EL SILENCIO DE LOS BUENOS

Por: Mercedes Lucas

Martin Luther King (1929-1968) dijo: “Los de nuestra generación tendremos que arrepentirnos no tan sólo de las palabras y las acciones infames de la mala gente, sino también del terrible silencio de la buena gente”.

Esta es una de las verdades más ciertas de nuestro tiempo. La veo en clase cada día cuando tratamos los controvertidos temas de moral cristiana de nuestra materia.

Basándonos en el principio de que la VIDA ES UN BIEN y del derecho que de él emana, EL DERECHO A LA VIDA, cuestionamos leyes como el aborto, la eutanasia o la pena de muerte.

No deja de producirme asombro y estupefacción la reacción de algunos de mis alumnos (aunque ciñéndome a la realidad, aquí sí que debería decir que mayoritariamente son alumnas) ante los compañeros que “sigilosamente podrían llegar a insinuar” que no están de acuerdo con alguno de estos presupuestos.

Las reacciones van acompañadas de cierta agresividad y autoritarismo (enmascarado bajo la bandera de la libertad) hacia aquellos que se salen del redil y se atreven a  manifestar su contrariedad a lo políticamente aceptado y correcto. Gritan avasallando la voz tenue que permite cuestionar la licitud de estas leyes y los segundos, acobardados, terminan por ahogar sus voces ante el sinsentido de un ataque que les asusta y les humilla tachándolos de necios e irresponsables.

¡Y todo esto por los que se consideran defensores de la libertad y la autonomía del ser humano! ¡Qué horror! ¡Qué espanto! ¡Qué absurdo!

Si fuésemos realmente libres, podríamos defender una postura y la contraria sin que una jauría de exaltados se ofendiesen y ofendieran.

La libertad no se impone. Es un derecho que todos debemos gestionar y alcanzar. Tu libertad termina cuando comienza la mía y yo, puedo defender los presupuestos contrarios a los tuyos sin necesidad de atacarte o hundirte en un mar de descalificaciones e insultos soterrados.

Si amas la libertad, amarás que yo no piense como tú.

Nos hartamos escuchando discursos de diversidad, tolerancia y respeto, pero la realidad se impone e intenta doblegarnos en una única dirección, pues cualquier otra, es una amenaza, una ofensa, un agravio.

Admiro a esta joven generación que tendrá que defender sus valores aunque sea callando, en el más absoluto anonimato, pero adheriéndose a los principios que, aunque actualmente denostados, siembran los cimientos de futuras generaciones más sensatas y valientes.

Es cierto que LA OMISIÓN puede llegar a ser un pecado muy grave, pero tengo la esperanza que el Espíritu Santo conduce los corazones de esos jóvenes que se sienten sometidos a la cultura predominante sin poder dar la cara y gritar a sus semejantes: “no, así no es como yo lo veo, por mucho que me presionéis…”.

Ahora no se atreven, pero no está todo perdido.

En el silencio se fortalecen los más grandes ideales creciendo lenta e imperceptiblemente ante las mismas narices de una sociedad ciega de ira y de intolerancia. Tan centrada en sí misma y en lo exuberante, que es incapaz de apreciar el tsunami que es capaz de provocar la acción de los más sencillos y humildes (para muestra, los hechos acontecidos en Ceuta recientemente).

Cuando menos lo esperemos, cuando extasiados y mirando nuestro ombligo seamos incapaces de levantar el rostro y ver a los otros, convencidos de que sólo desde la fuerza y el poder este reino insensato en este desabrido mundo serán capaces de cambiarlo todo; el asombro ante el clamor de la voz de los callados, nos herirá con sus penetrantes gritos de lucidez y arrojo, dejando vislumbrar que el reino anunciado no tenía nada que ver con nuestros discursos grandilocuentes y estúpidos forjados a fuerza de doblegar almas.

El silencio de los buenos me aterra, pero me obliga a mirar a María que “guardaba las cosas en su corazón” y después de tanto callar y contemplar, se la premió convirtiéndola en la Madre de todos los seres de la tierra porque ya era la Madre del mismísimo Dios. Miremos a María, su sencillez nos revela la verdad de Dios.

Si no somos capaces de hablar, que nuestros actos hablen por nosotros.

 

 

© Infofamilia Libre

Dejar una respuesta