
Los demócratas retirarán una estatua de mármol que muestra a Cristóbal Colón pidiendo financiación a la reina Isabel la Católica para su viaje a América que llevaba en el Capitolio de California, sede del poder legislativo de ese estado, desde 1883. De este modo se abre un frente político contra la memoria histórica no sólo en las calles, sino también dentro de las instituciones y los edificios públicos.
Hay en todo EE.UU. cientos de estatuas dedicadas a Colón, y otras, menos, a Isabel la Católica, por su papel en el primer viaje trasatlántico registrado en la historia. Hay decenas de barrios, pueblos y ciudades de todo el país, a norte y sur, dedicados a Colón, con nombres como Columbus o Columbia, incluido el distrito federal de Washington, la capital, en que tienen su sede el poder legislativo y ejecutivo de la nación.
Tras más de tres semanas de protestas raciales por la muerte bajo custodia policial de un hombre de raza negra, los manifestantes la emprendieron primero contra las estatuas de generales y políticos confederados, los que se levantaron en armas para defender la esclavitud en el siglo XIX, y después contra Colón y el legado español en EE.UU., incluidas las esculturas de conquistadores en el oeste.
La estatua que será retirada lleva el título de «Última petición de Colón a la reina Isabel», y fue tallada en mármol de Carrara por el escultor estadounidense Larkin Goldsmith Meade en su estudio cerca de Florencia en 1868. Costó 30.000 dólares de la época, que corrieron a cargo del banquero Darius Ogden Mills. En una carta, este último explicó que la donaba pues representaba «un hecho de enorme impacto sobre los designios del mundo occidental».
Un ex diputado estatal de California, el republicano Roger Niello, ha sido de momento la voz que más alto se ha alzado contra la retirada de las estatuas en ese estado, afirmando: «Parece ser que a partir de ahora, si no nos gusta nuestra historia, simplemente la borramos».





