Vida y familia

ACERCA DE LOS GRITOS

Por: Tomás  González Pondal

Años atrás, en una clase, como una estudiante no supo responder correctamente a la pregunta efectuada por un profesor, éste, delante de todos, le dijo con potente vozarrón, “te destruiré”, queriendo significar que la aplazaría en la materia. La chica, entre sollozos, le contestó: “Ni mi padre me ha gritado así. No me grite”. Hay cosas que se realizan con frecuencia y que, precisamente por ello, suelen escapar a la observación. Me refiero incluso a una observación aproximativa, sin que implique en modo alguno profundizar demasiado en la cuestión. Pienso que con ‘el grito’ pasa un poco de eso. Pues entonces va un intento de aproximación, y alguna que otra reflexión al respecto.

Partiendo de lo que me ha mostrado la experiencia, encuentro que podemos gritar: para ser escuchados por alguien que está lejos de nosotros; para ser escuchados por quien aún estando cerca no puede oírnos bien, dado que otro ruido impide usar la voz baja; para advertir a alguien que frene con un mal accionar; para reprender a alguien por un grave mal que ha cometido; para desarrollar la expresividad en el teatro; para animar en la lucha; para intentar aligerar impotencias; para especiales festejos; para intentar intimidar; para hacerse oír en un determinado juego o en determinada diversión (el eco); para probar que no tenemos control de nosotros mismos a la hora de regular nuestras emociones, lo que en ocasiones se traduce en imponer lo que se quiere usando la fuerza de la voz y no, la fuerza de la razón.

No es normal al hombre que se la pase gritando, mas hay quienes parecen haber normalizado lo que no es normal. Fuera de ciertas ocasiones que ameritan que uno grite, lo normal es hablar. Quien se la pasa gruñendo casi todo el día tiene un serio problema. El grito es una excepción, el habla serena es la regla. No puede hacerse de la excepción la regla. El grito está al servicio del habla serena, y no, el habla serena al servicio del grito. La razón encuentra su canal natural de expresión en el habla serena, y no en el estar permanentemente comunicándose en lo estrepitoso. Generalmente los gritos son guiados por la pasión, la emoción, rara vez por lo racional, de ahí las dificultades que plantean.

Las cosas escritas no están exentas de ser portadoras de gritos, buenos o malos. También en tal nivel se puede perfectamente “gritar algo a los cuatro vientos”. Ciertas conminaciones, reprensiones o advertencias, las haría ingresar en gritos buenos (lo diría de León Bloy en varios de sus libros). Los dicterios en vez de las buenas razones, imposiciones perniciosas, son ejemplos de lo que haría ingresar en gritos malos.

El gran fray Mario José Petit de Murat, en su magnífica obra “El Amanecer de los Niños”, solicita del progenitor que tenga una “fortaleza mansa”, a la que califica de excelentísima. Refiere que el “débil se dedica (…) a los gritos”. También enseña que “el grito es manifestación de debilidad”, y que “si yo pongo ira delante de un hijo”, en él se despertará la “ira”, porque “la ira engendra ira, los nervios, nervios”.

Hay quienes hacen del grito un modo habitual de trato con alguien. Es algo terrible, demoledor. Ni las bestias felinas viven permanentemente rugiendo. Supuestamente lo hacen porque no soportan a ese alguien, mas no advierten que quienes se tornan en insoportable son precisamente ellos mismos con ese proceder. Como si tuvieran un rencor oculto, y, de los rencorosos ha dicho Aristóteles que “solo la venganza calma su cólera, porque mediante ella”, reemplaza el placer a la pena que los devoraba” (…); mientras su resentimiento no está satisfecho, tiene un peso que les oprime, y como se guardan de manifestarlo, nadie puede intentar curarlos por la persuasión. Es preciso tiempo para que se corroa a sí misma la cólera, y tales gentes son las más insoportables de los hombres, para sí mismos y para sus amigos más queridos”. Tornan así en insoportable una posible convivencia; rompen la paz, la armonía, el diálogo. Tienden a quebrar el espíritu de quien habitualmente recibe los gritos, lo anulan, lo bloquean, lo aplastan. Más se acentúan todas esas cosas dañinas, si esos gritos van dirigidos a un niño. San Pablo advierte: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se desalienten”.

Podría hablarse de lo que denominaré el “grito social”, vale decir, una voz elevada de un determinado sector de la sociedad. Algunos quieren hacerse oír exponiendo buenas razones, otros, en cambio, directamente aturden y atontan la razón con sinrazones. Suelen las modas ser parte de esto último, por eso gritan; y acaso también les quepa aquello de que son el “último grito de la moda”.

Cuando Alejandro Vicente López y Planes compuso el Himno Nacional Argentino, le pide a los “mortales” que escuchen “el grito sagrado” de “libertad!, ¡libertad!, ¡libertad”. La gradual instauración del libertinaje, al que se lo ha confundido con libertad, dio por resultado no solo sociedades ávidas de alteraciones y agitaciones constantes; no solo engendró al individualista incapaz de escuchar razones; si no que dio acabas pruebas de cuánto le repugna lo sagrado, contra lo cual cada día alza más fuerte su grito.

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