Iglesia y sociedad

DE DIOS NADIE SE BURLA

Por: Antonio Tarazona Ramón (*)

Jesús era tan humilde que tuvieron que comprar a uno de sus discípulos, a un traidor llamado Judas, para que con un beso del felón dado en el rostro del Mesías se identificara al Nazareno ante los ojos de los soldados romanos y los sacerdotes del Sanedrín, identificado Jesús pasaron estos a arrestarlo e implementar un arbitrario e ilegal juicio y condenarlo al martirio. Jesús el hombre Dios pasaba desapercibido ante la gente por la sencillez, la humildad, y el trato que daba al prójimo, en Él no había jactancia, ni aires, ni poses de superioridad discriminatoria.

Sin embargo contrario a la humildad y caridad que debe tener sobre todo un católico sobre el prójimo, veo que muchos funcionarios públicos que se deben a la ciudadanía y al país; que se auto-titulan sobre todo católicos, son unos falsarios que frecuentan la Misa, que comulgan de manera infaltable los domingos con su familia, ello por supuesto para aparentar ser hombres de bien ante los demás. Ellos son todo lo contrario de lo que fungen ser, en los hechos estos “insignes” funcionarios  comulgan sin confesarse ante un sacerdote los atropellos que comenten contra el prójimo, y por ende el “insigne” al momento de comulgar incurre en sacrilegio y condenación propia.

Condenación al momento de recibir la Sagrada Eucaristía en pecado mortal, dado que se debe y se está obligado a comulgar en estado de Gracia, y para estar en estado de gracia previo a recibir la Comunión, debe hacer una confesión sincera, acto de contrición, de enmienda, y sobre todo de  reparación del daño hecho al prójimo ante un sacerdote. El “insigne “funcionario en vez de guardar la debida forma que está obligado a realizar antes de comulgar para no incurrir en profanación del cuerpo místico de cristo. Observo en ellos lamentablemente que impera la soberbia, la petulancia, la jactancia de impunidad, el poco o casi nada amor al prójimo, la falsa misericordia social de actos de altruismo, que le opaca la razón y comulgan incurriendo es sacrilegio, primero la apariencia social lo resto no importa ello es su máxima.

En el trato que da estos malos funcionarios a sus subalternos impera un aire de superioridad, de discriminación, de marginación, y de desprecio, trato embargado de soberbia, y muchas veces incurre directamente o a través de sus serviles lacayos que son sus subordinados funcionarios de menor jerarquía en permanentes abusos contra los trabajadores y sus familias, les quita o les niega sus derechos laborales, violenta el Estado de Derecho y maneja las arcas públicas como si fuera su botín de guerra, y copa los puestos de confianza del Estado para sus amiguitas y compinches.

El mal funcionario sacrílego en los hechos, falso católico, ignora o se olvida que se arrodilla al momento de orar, al momento de comulgar, al momento de asumir juramentando ante un crucifico un cargo público sea el cargo de regidor, de alcalde, de gerente municipal, de ministro o presidente de la república, repito, se olvida ¡Que se arrodilla ante el hijo de un carpintero! ¡Ante un niño Dios que opto por nacer en un humilde pesebre! Y sin embargo asume la posición hedonista de creerse intocable ante la Ley y ante Dios.

Sin embargo, muy por lo contrario a lo que cree este mal personaje, todos nuestros actos sean estos buenos o malos quedan ante Dios descubierto. Dios desvela las apariencias, la mala confesión; la indebida comunión, los robos, los abusos, las conspiraciones y tramas contra el prójimo. El mal funcionario ignora o pretende ignorar para acallar su conciencia, que es Dios quien da la autoridad a las personas, autoridad concedida desde lo alto para su bendición o maldición.

El juicio de Dios al momento de la muerte es implacable y doble a la vez, se da un juicio a la persona y otro juicio y mucho más severo es por la autoridad que se le dio ejercer sobre los demás en vida. Y este último juicio el de la autoridad concedida, es severo, muy severo. Ignora el “honorable” que sus abusos contra el prójimo, sus fechorías contra el Estado, así como la apropiación indebida de los recursos Públicos, recaerán contra él y contra su familia, como una maldición a su persona y otra generacional a sus descendientes, por haber obviado en vida el buscar que conllevar como autoridad pública al país donde nació, la sociedad que lo vio crecer, hacia el Bien Común. Se la pasó en vida oprimiendo al prójimo, abuso cobardemente de su poder, no tuvo miramiento alguno con el dolor ajeno, ni con el bienestar de su país. El “honorable” se escondió en vida bajo la máscara social de ser un buen cristiano, un probo funcionario.

Pero como todo comienzo tiene un final, al momento de morir este personaje le recaerá inmediatamente el juicio de Dios, pedirá a gritos clemencia, misericordia, pero ya le es tarde, de nada le vale el llorar, gemir, sabe que le está destinado el dolor eterno, que su paradero final es la condenación, el llorar y crujir de dientes en el infierno, dado que… ¡DE DIOS NADIE SE BURLA!

 

 

(*) Director de La Tribuna Católica.

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