Historia

BLAS DE LEZO Y SU PASO POR LAS COSTAS DEL PERÚ

El marino que defendió exitosamente Cartagena de Indias de la rapiña inglesa en 1741, pasó previamente por El Callao y reformó la escuadra del Mar del Sur para frenar las ambiciones de contrabandistas y piratas.

Blas de Lezo en Cartagena de Indias. Óleo de Antonio Navarro Menchón.

Por: Rodrigo Saldarriaga Valverde

El 20 de mayo de 1741, la poderosa flota del almirante inglés Edward Vernon dejaba atrás la bahía de Cartagena de Indias luego de una humillante derrota ante la reducida guarnición comandada por el virrey de Nueva Granada, Sebastián Eslava, y el laureado almirante Blas de Lezo, este último recordado como uno de los estrategas militares más importantes de las armas españolas.

Asediados desde marzo, la plaza de Cartagena de Indias resistió los constantes bombardeos de más de 180 navíos de guerra que bloqueaban la actual ciudad colombiana. La victoria, que arruinó los planes de Gran Bretaña de someter a los reinos ultramarinos del imperio español, encumbró a Blas de Lezo como un héroe mítico.

Lezo, como don Juan de Austria en Lepanto contra los otomanos, ha quedado inmortalizado como el comandante testarudo (y controvertido) que no se dejó intimidar por la arrogancia británica, no solo en el sitio de 1741, anteriormente ya había repelido dos ataques del mismo enemigo al puerto neogranadino.

Recordado por sus hazañas tanto por la Armada Española como por los colombianos, el Perú, uno de los reinos que también recorriera Lezo en su larga carrera militar, es uno de los países que menos memoria le tiene, olvidado a pesar del papel que tuvo liderando desde El Callao a la escuadra del Mar del Sur, encargada de combatir a los contrabandistas, corsarios y piratas que amenazaban las costas del vasto y rico Virreinato peruano.

Blas de Lezo y la Armada del Mar del Sur

Según el historiador Manuel Gracia Rivas, el apodado “Mediohombre”-era cojo, manco y tuerto de tanto combate-llegó al Perú en enero de 1720, tres años después de su salida de Cádiz con la misión de potenciar la fuerza naval del Pacífico, bastante escueta y que no lograba detener el contrabando ejercido por barcos franceses.

Lezo llegó a servir a El Callao como segundo comandante-otros documentos indican como tercero- de la Armada del Mar del Sur, bajo las órdenes de Bartolomé de Urdinzu. Desde su llegada al puerto peruano, actuó con liderazgo decidido, y a su cargo corrieron la mayor parte de las labores de patrulla y reorganización de esa plaza, pues la salud de Urdinzu había decaído, sustituyéndole definitivamente como comandante efectivo en febrero de 1723.

Un aspecto poco difundido de su vida es que se casó a la edad de 36 años en Lima con doña Josefa Pacheco Bustios y Solís, veinte años menor que él. La boda se efectuó en mayo de 1725 en una hacienda de Magdalena, siendo presidida la ceremonia por el arzobispo de Lima, Diego Morcillo Rubio de Aullón, que también había desempeñado el cargo de virrey del Perú en dos ocasiones. El matrimonio tuvo siete hijos, los dos primeros nacidos en la Ciudad de los Reyes.

La Armada del Mar de Sur, “potenciada” austeramente y reorganizada por Lezo, pudo contener con moderado éxito las incursiones de piratas y corsarios que azolaban ciudades portuarias como Guayaquil o Paita. Lamentablemente, los altos costos de mantenimiento de la flota y guarniciones, sumados a los enfrentamientos entre Lezo y el virrey del Perú, don José de Armendáriz y Perurena, marqués de Castelfuerte, provocaron que muy pronto el hombre al frente de la Armada peruana perdiera la poca paciencia que tenía y solicitara en septiembre de 1727 su dimisión a José Patiño y Rosales, secretario de Estado del rey Felipe V.

Pareciera que el destino de Lezo y la tensa relación que tendría con otros virreyes americanos se sellaría en el Perú. Mientras esperaba la respuesta de Patiño, el almirante fue sometido a visitas, investigaciones y procesos ordenados por el férreo marqués de Castelfuerte. Lezo se consideró fracasado en su intento de potenciar la Armada, pues no contaba con las dotaciones o medios, convirtiéndose esta en un instrumento ineficaz. En su carta enviada a Patiño, conservada en el Archivo General de Simancas, aseguraba sobre su puesto en el Perú que “era inútil la ocupación de comandante, pues ni su aplicación, ni su experiencia en lo náutico, pueden aprovechar”.

Aceptada su renuncia en 1728, Blas de Lezo partió del Perú dos años después, recibiendo muestras de gratitud y felicitaciones por sus servicios de parte del rey al llegar a la península. Tras un merecido descanso con su familia en Cádiz, fue puesto al frente de la Escuadra del Mediterráneo, brillando en las expediciones contra Génova y Orán.

Nombrado jefe de la escolta de los galeones de Tierra Firme a finales de 1736, volvería a América, estableciéndose en Cartagena de Indias, ciudad que defendería exitosamente del asedio británico y en la que moriría el 7 de septiembre de 1741, presuntamente por las heridas infectadas que sufrió por los cañonazos enemigos.

El “Mediohombre” falleció en medio de un duro enfrentamiento, una vez más, con un virrey: Sebastián Eslava. Este último, uno de los artífices de la victoria en Cartagena de Indias, llegó incluso a exigir la dimisión de Lezo por insubordinación.

El legado de Blas de Lezo en América

No se sabe con exactitud el lugar donde reposan los restos del defensor de Cartagena de Indias, y a diferencia de Eslava y Carlos Souvillard Desnaux- responsable del entramado defensivo-, no fue oportunamente recompensado.

El tiempo y- aunque resulte extraño-, la propaganda inglesa de entonces, han provocado que Blas de Lezo y su legado sean recordados. Es costumbre que uno de los buques de la Armada Española lleve su nombre, y estatuas suyas se levantan tanto en Madrid como frente al Castillo San Felipe de Barajas en Colombia.

Si bien su paso por el Perú no resultó satisfactorio para su carrera naval, Blas de Lezo fue el ambicioso arquitecto de una flota en el Pacífico capaz de repeler el pillaje de los piratas, buscando en lo posible profesionalizar las guarniciones ahí establecidas, resguardando la vida y propiedades de los peruanos, entonces súbditos de la Corona Española. Sería justo que la Marina de Guerra del Perú, continuadora de la labor de la Armada del Mar del Sur, reconociera el mérito de este singular marino español, que, a pesar de las limitaciones materiales y físicas, hizo raíces en esta parte del mundo y defendió enérgicamente las costas peruanas, siempre tan vulnerables, tan abandonadas.

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