Cultura

ADIOS AL MAESTRO ITURRIAGA

Por: Alfredo Gildemeister

Aquella mañana de invierno, tendría unos trece años de edad, próximos ya a cumplir los catorce, cuando mi profesor de arte del colegio, gran barítono y mejor amigo, Augusto del Prado, simplemente me dijo: “Te llevo al Conservatorio. Quiero que conozcas a un buen amigo”. Corrían mediados del año 1974 y sucedía que Augusto me escuchó tocando una composición mía al piano y le gustó. También se enteró de que me gustaría estudiar la carrera de piano en el Conservatorio. Me metió en su viejo VW escarabajo blanco y raudamente nos fuimos a la avenida Emancipación, al Conservatorio Nacional de Música –hoy Universidad Nacional de Música- en el centro de Lima. Al ingresar al hermoso local del Conservatorio, fuimos de frente al segundo piso e ingresamos en una elegante oficina en donde un hermoso piano de media cola Steinway, color negro, fue lo que primero llamó mi atención. Por ello no me percaté del hombre que estaba sentado detrás de un gran escritorio y que se puso de pie para saludar afectuosamente a Augusto mientras me miraba con curiosidad. No era alto sino más bien diría que era de baja estatura, pero lo que más me llamó la atención fue el color de su cabello. De color rojizo, con una mirada penetrante y de rostro medio colorado y serio en un principio, luego se relajó en una gran sonrisa y me saludó mientras Augusto me presentaba. Era nada menos que el gran compositor y músico don Enrique Iturriaga, que por aquellos años era nada menos que el director del Conservatorio.

Iturriaga era un maestro, músico y compositor muy famoso. Entre su composiciones más renombradas se encuentran “Pregón y Danza” para piano, “Canción y Muerte de Rolando” para orquesta, “Homenaje a Stravinski”, para orquesta “4 poemas de Javier Heraud” para voz y piano, “Las Cumbres” para coro mixto a capella, “Vivencias” para orquesta así como su “Preludio y fuga para un Santiago” para metales. Recuerdo especialmente su “Sinfonía Junín y Ayacucho” para orquesta sinfónica, composición a cuyo estreno me llevara mis padres al teatro Municipal ese mismo año, en donde la Orquesta Sinfónica Nacional tocara por primera vez esta hermosa composición realizada en homenaje por los ciento cincuenta años de las batallas de Junín y Ayacucho.

El asunto es que cuando Augusto le dijo a Iturriaga que tocaba piano y componía a mis trece años, lo primero que hizo fue acercase al hermoso Steinway, abrir la tapa del piano y señalándome seriamente la banqueta tan solo me dijo: “Siéntate y toca”. Medio aterrado y sorprendido, tome asiento en la banqueta, me acomodé y comencé a tocar mi composición. Iturriaga me escuchaba con suma atención parado detrás de mí. La verdad que si bien al comienzo estaba nervioso, luego me olvidé de los nervios y me concentré en la música olvidándome del mundo alrededor. Una vez que terminé, Iturriaga se me acercó y me dijo simplemente: “Es hermosa la pieza. Tiene armonía”. Luego me invitó a sentarme con Augusto delante de su escritorio y él se sentó del otro lado. Cuando Augusto le dijo que me gustaría estudiar la carrera de piano en el Conservatorio, Iturriaga me preguntó por mi edad, aunque ya Augusto se la había dicho. Tenía trece y dentro de poco cumplía catorce. “Imposible” -fue todo lo que me dijo- “ya estás muy grande”. Luego me explicó que lo ideal es comenzar a estudiar desde los siete años de edad. Sin embargo me dijo: “He dicho imposible estudiar aquí en el Conservatorio, pero no te impide que sigas estudiando por tu cuenta, avanzando y progresando en tu formación”. De esa manera continúe estudiando piano con mi profesora María Julia la Rosa, graduada de pianista en la prestigiosa Sas & Rosay y maestra del Conservatorio, con la cual avanzaría en poco tiempo lo que en otros tomaría años. Me despedí de Iturriaga agradeciéndole por su consejo y por su tiempo. Sentía un poco de vergüenza pues yo no era nadie y el maestro me había dedicado parte de su tiempo para escucharme.

No volví a ver al maestro hasta que ingresé a la Facultad de Letras en la Universidad Católica en 1980. Fue una sorpresa enterarme que enseñaba un curso electivo, “Apreciación musical”, por lo que me matriculé en su curso. Me dio mucho gusto verlo y saludarlo nuevamente después de siete años. Estaba tal como lo recordaba, un hombre fuerte, de baja estatura pero lo que más me seguía llamando la atención era su mirada penetrante así como su cabello y rostro colorado. Medio que asustaba al comienzo por su aparente severidad, pero una vez que se conocía al maestro y sobre todo, al ser humano, uno se percataba que estaba ante un genio musical y un gran hombre, que con su humildad y sencillez se ganó el cariño de todos mis compañeros de clase. La mayoría no sabía quién era Iturriaga por lo que les tuve que explicar que estaban ante una figura que pasaría a la historia como uno de los grandes músicos y compositores peruanos. Debo mencionar que Iturriaga fue parte del grupo de compositores peruanos formados por el músico de origen alemán Rodolfo Holzmann. De allí quizá su severidad y exigencia para con sus alumnos.

Pasaron algunos años y ya terminada mi carrera de abogado, me enteré que el maestro daba clases de composición para un selecto grupo de alumnos en un local en Miraflores. Allí lo busqué y me reuní con él. Fue la última vez que lo vi y que conversáramos pues finalmente, no pude tomar las clases pues ya se estaba retirando de la enseñanza. Aún tengo el libro que me obsequió esa tarde: “Método de composición melódica” escrito por el maestro. No sabía que hubiera escrito un libro. Así era el maestro. Tampoco tenía conocimiento de todos los premios que durante su vida obtuvo. Iturriaga cosechó reconocimientos desde temprano, cuando en 1947 obtuvo como por ejemplo, el Premio nacional Dunker Lavalle por su obra para voz y orquesta “Canción y muerte de Rolando”, certamen que volvería a ganar en 1971 con su “Homenaje a Stravinsky para orquesta y cajón solista”. En 1957 obtuvo el Premio Juan Landaeta, en Caracas; y en 1965 el Tercer Festival Iberoamericano de Washington le encargó una obra – “Vivencias”– que fue estrenada por la Orquesta Sinfónica de Buffalo. Pero así era el maestro. No hacía ruido de su gran talento. Años más tarde me enteré por los periódicos que ya anciano, Iturriaga fue galardonado en el 2005, con la Medalla de Honor de la Cultura Peruana del Instituto Nacional de Cultura del Perú.

Hace unos días, el pasado sábado 23 de noviembre, a las 2:15 pm., mientras todo Lima paralizada, se preparaba para ver en la TV el final de la Copa Libertadores, el maestro Iturriaga entregaba su alma a Dios a los 101 años de edad. Valgan estas simples líneas en homenaje a este gran músico y compositor peruano que calladamente y con toda humildad, nos dejara hermosas composiciones musicales, con las cuales el maestro Iturriaga pasó a la eternidad, quedando en nuestro recuerdo como el gran músico y maestro que fue.

 

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