
«Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus deseos.»
— Joseph Ratzinger (Homilía en la Misa Pro Eligendo Romano Pontifice, 18 de abril de 2005)
«La dignidad de la persona humana tiene su fundamento último en su creación a imagen y semejanza de Dios. Todo ser humano, desde el primer instante de su concepción hasta su muerte natural, posee una dignidad inviolable por ser hijo de Dios y estar llamado a la comunión con Él.»
— San Juan Pablo II (Carta Encíclica Evangelium Vitae, 1995)
Por Luciano Revoredo
Las cifras oficiales presentadas en lo que va de este año 2026 no solo exponen un preocupante problema de convivencia en las aulas, sino que revelan una grieta profunda en el tejido moral y social de nuestra sociedad. Con más de once mil reportes acumulados en la plataforma SíSeVe del Ministerio de Educación en los primeros ocho meses, un salto alarmante superior al 35% en violencia sexual (más de 2000 casos denunciados) y de más del 15% en agresiones físicas y psicológicas respecto al mismo periodo del año anterior, el Perú enfrenta un pico histórico de violencia escolar.
Sin embargo, esta realidad, lejos de constituir un fenómeno aislado o una simple anomalía estadística, se replica de manera inquietante a nivel regional en América Latina, donde el acoso, la intimidación y el ciberbullying continúan erosionando la salud mental, afectiva y espiritual de la juventud.
Frente a esta crisis, la primera reacción del gobierno ante casos emblemáticos como el ocurrido en el Liceo Naval ha sido de carácter estrictamente administrativo: retirar la gestión del centro educativo a la Marina de Guerra para traspasársela de forma directa al Ministerio de Educación. Pero detrás de esta medida coyuntural y reactiva, aún no se avizora una verdadera política de Estado que enfrente el problema de manera integral, permanente y estructural.
A pesar de este vacío de fondo, resulta imprescindible rescatar un signo sumamente alentador expresado por la propia autoridad educativa. Días antes de esta contingencia, el ministro de Educación anunció públicamente que el eje central de la gestión en adelante consistirá en dejar de lado las aproximaciones ideológicas para centrarse decididamente en el enfoque de familia. Este anuncio marca un hito conceptual de enorme trascendencia, pues reconoce por fin que la solución al drama de la violencia no vendrá del intervencionismo estatal ni de modas doctrinales ajenas a nuestra identidad, sino del rescate de la institución familiar como el núcleo formativo y moral primario de la sociedad.
Como era de esperarse, diversas voces desde el progresismo y la izquierda han pretendido politizar el dolor de las familias, asegurando de forma dogmática que esta ola de violencia responde a la falta de implementación de la llamada Educación Sexual Integral (ESI). Lo cierto es que esta narrativa tropieza de frente con la realidad histórica de nuestro propio país.
Durante más de una década, los marcos conceptuales y contenidos de la ESI, ese engendro permeado por la ideología de género y la agenda woke, fueron paulatinamente normados e introducidos en el sistema educativo peruano sin que lograran frenar ni contener la degradación del clima escolar. Pretender hoy que la ausencia de este enfoque ideologizado es la causa del problema no solo resulta insostenible, sino que demuestra exactamente lo contrario: que tras años de experimentalismo social y de hipersexualización temprana de la infancia, las agresiones no hicieron más que multiplicarse. La crisis actual no es el resultado de la falta de difusión de la ideología de género, sino el fruto amargo de haber postergado la formación en el respeto a la naturaleza humana.
Si no se aborda el problema desde esta perspectiva de fondo, cualquier esfuerzo institucional quedará reducido a la mera gestión burocrática de la crisis. La violencia en las escuelas es el síntoma visible de una dolencia mucho más profunda: el paulatino eclipse de la dignidad de la persona humana y el progresivo debilitamiento del hogar. La persona humana no posee un valor utilitario, funcional ni condicionado por el entorno; guarda en sí una dignidad inalienable e intrínseca por el solo hecho de su naturaleza y por su condición eminente de hija de Dios. No es un objeto de dominio, un medio para la gratificación de otros ni un rival en una pugna de poder. Cuando la educación se despoja de esta verdad trascendente y cede ante el relativismo moral, las relaciones interpersonales pierden su brújula ética y el semejante queda expuesto a ser reducido a un blanco de burla, dominación o abuso.
Es precisamente en la familia, santuario natural de la vida y del amor, donde el ser humano aprende a reconocerse valorado por lo que es y no por lo que rinde o aparenta. Un niño que se sabe profundamente amado, corregido con firmeza y respetado en su hogar desarrolla la fortaleza necesaria para no ceder ante la presión de grupo, la capacidad de sentir dolor ante el sufrimiento ajeno y la templanza para dominar los propios impulsos.
Por el contrario, la erosión de la autoridad amorosa de los padres, la ausencia de contención afectiva y el abandono de los hijos ante el flujo ininterrumpido de entornos digitales deshumanizantes e hipersexualizados dejan a la infancia desarmada frente a la agresividad propia y ajena. Son niños que se deshumanizan, carecen de límites y están listos para salir a aplastar a cualquiera o ser aplastados por esa trituradora implacable de la sociedad sin valores construida para el placer sobre la base del más absoluto relativismo.
Vale la pena detenerse un instante a mirar el rostro de aquellos niños que hoy se han convertido en agresores. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que esos mismos niños fueron apenas unos bebés indefensos, la alegría desbordante de su hogar, criaturas puras, limpias e inocentes que llegaron al mundo como un milagro de vida. ¿En qué momento se torció el camino? ¿Qué grietas de abandono, silencio o desamor destruyeron esa pureza inicial hasta transformarlos en capaces de cometer semejantes monstruosidades? Esas almas extraviadas no nacieron para el odio; son también el grito desgarrador de una inocencia robada que hoy nos exige, como sociedad y como padres, volver la mirada al hogar para rescatarlas antes de que sea demasiado tarde.
El Estado no puede, ni debe, pretender sustituir la función educadora y espiritual de los padres. Aplicando el principio de subsidiaridad, la acción pública debe orientarse al fortalecimiento de la familia, reconociendo que ningún protocolo escolar ni ninguna transferencia de administración, por exhaustiva o mediática que sea, posee la virtud de transmitir los principios que se asimilan en la convivencia doméstica cotidiana.
Para traducir el anunciado enfoque de familia en una política pública efectiva, es indispensable superar la visión puramente punitiva y formalista para dar paso a una verdadera pedagogía de las virtudes, educando activamente a nuestros jóvenes en la fortaleza, la justicia, la temperancia y la caridad.
Recuperar la paz y el respeto en nuestras aulas no es una tarea de ingeniería social ni de burocracia estatal. Es un deber moral ineludible que exige superar las respuestas reactivas para consolidar una política de Estado que proteja la misión sagrada del hogar y reconfirme con absoluta firmeza la inviolable dignidad de cada persona humana.





